dijous, 17 d’octubre de 2013

MÁS SOBRE FALACIAS EDUCATIVAS: CANTIDAD VS CALIDAD (II de III)



No, lo que ocurrió en el 92 no fue el resultado de unas inversiones en deportistas de alta competición que se hubieran previsto hacia el 86, cuando se produjo la adjudicación de las Olimpíadas. Es decir, sí que fue así, pero había una realidad dada que consistía en una aceptable cantidad de práctica deportiva entre la población, sin la cual los proyectos de alto rendimiento hubieran carecido de objeto. ¿Y cómo se había producido esta realidad que lo permitió? Vamos a ser muy claros, aunque la traducción al ámbito educativo, mutatis mutandi, les pueda parecer una blasfemia a algunos.

En realidad, y más allá de la asignatura de Educación Física -por entonces todavía una «maría»- no se obligó a nadie a adscribirse a ningún tipo de práctica deportiva. Pudo incentivarse, eso sí, y en cierto modo acabó instalándose como un lugar común social. Pero quienes se iniciaban en la práctica de algún deporte, lo hacían movidos por las más variadas motivaciones. Desde, simplemente, para hacer algo, porque es saludable y todo esto, hasta para competir hasta donde uno pueda y quiera llegar. Para unos podía ser una afición, para otros una religión. Muchos, llegado el caso de tener que optar entre la abnegación y férrea disciplina necesarias para aspirar a la alta competición, y la incerteza de conseguirlo, optaban por quedarse a medio camino; otros no, perseveraban en su apuesta. De entre estos últimos, algunos, los menos, lo conseguían... La mayoría, consciente de sus limitaciones, se quedó con una práctica de media o baja intensidad.

En definitiva, el nivel de práctica al que cada cual se adscribía venía dado por la propia opción personal y, también inevitablemente, por la propia consideración de las capacidades de uno y su disposición a acometer el reto. Para muchos lo más importante eran los estudios, y el deporte un complemento; para otros al revés... La opción, en cualquier caso, era personal.

En conclusión, la práctica deportiva se realizó, y se realiza, a muy distintos niveles, pero al haber cantidad, se pudo obtener de ella la calidad necesaria para afrontar dignamente unas Olimpíadas. Y no se obligaba a nadie, cada cual elegía su propia opción. Tampoco el éxito del que optaba por la alta competición estaba garantizado. Más bien al contrario, era y es un mundo altamente competitivo, como su nombre indica, y terriblemente selectivo. Sólo los mejores llegaban.

¿Y qué tiene todo esto que ver con la educación? Pues me temo que mucho, porque nos encontramos ante una simetría especular casi perfecta en el sentido que, en un caso, podemos decir que la cantidad llevó a la calidad a partir de una determinada manera de hacer las cosas. En el otro, la educación, la aportación de cantidad produjo resultados opuestos, también debido a otra manera de hacer las cosas.

En Educación se decidió que todo el mundo debe estar escolarizado, como mínimo, hasta los 16 años. De entrada no parece una idea descabellada. Algo así, siguiendo con nuestra analogía, como si se decidiera la obligatoriedad de practicar algún deporte también hasta esta misma edad. Ahora bien ¿qué deporte y a qué nivel? En Educación se optó por una universalización uniforme, con unos requisitos minimalistas que garantizaran que a la práctica totalidad de la población su consecución en condiciones de igualdad como punto de llegada.

Todos sabemos que quien aspire a ser algo en algún deporte, y más hoy en día, debe haberse iniciado en él a cierta edad temprana. No parece probable que nadie que se inicie en la natación, por ejemplo, a los 17 años, vaya a llegar demasiado lejos en este deporte. Ni en éste ni en cualquier otro. Y todos sabemos también que el aprendizaje escolar pasa por una serie de fases, según la edad, la superación de las cuales permite el acceso a la siguiente, como si de los peldaños de una escalera se tratara.

Como en el caso de la práctica deportiva, tampoco parece probable que, por regla general, alguien que aprenda a sumar y a restar a los 16 años, vaya a estar en condiciones de ser un matemático excelso a la edad en que los profesionales de la matemática son intelectualmente más productivos, entre los 30 y los 45. Todo aprendizaje, sea físico o intelectual, y toda práctica en este aprendizaje, es un proceso que consta de diferentes fases cada una de las cuales es necesaria para su correcta asunción.
Dicho más claro, ni los institutos están -o más bien no deberían estar- para enseñar a sumar y a restar, o a leer y a escribir, aprendizajes que se corresponde a una fase anterior, ni las facultades de matemáticas están para enseñar raíces cuadradas. Exactamente de la misma manera que los centros deportivos de alto rendimiento no están para enseñar las reglas del baloncesto o de los 400 metros vallas.

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