dilluns, 16 de gener de 2017

Militancia y Yihad (3) (¿Antropología del islamismo?) VI


Otro modelo que guarda muchas analogías con el del terrorista suicida islámico sería el de los jóvenes sicarios al servicio de los señores del narcotráfico, muy especialmente en entornos locales centroamericanos. Rara vez alguno de estos jóvenes sobrepasa los veinte años. Saben que su vida será corta. Asumen una vida mejor que procuran vivir lo más intensamente posible –en lo que para ellos signifique intensamente- que, pobres de solemnidad, no podrían siquiera soñar. Es decir, acaban prefiriendo una vida corta y delictiva, aun sabiendo que más temprano que tarde acabarán muertos de un tiro o a machetazos, pero esnifando coca, a otra acaso más larga, cultivándola en condiciones de vida miserables. Asumido esto, carpe diem mientas dure. A lo mejor, en un primer momento, deciden conscientemente que prefieren una vida breve, intensa, a una inciertamente más larga, pero de pobreza y miseria. Luego, la inercia y la adquisición e interiorización de los hábitos orgánicos, obran como técnicas de modificación de conducta y muy probablemente ni se lo plantean. Es el orden de las cosas. El elemento coercitivo sigue siendo, por supuesto, primordial. Al traidor se lo castiga implacablemente y con especial crueldad; y si hace falta, a su familia también. Éste es, pienso yo, el modelo; el fanatismo religioso es la cobertura, el pretexto.

En el caso de los sicarios de poca monta de las organizaciones del crimen y la droga, el único paraíso que esperan después de su muerte es, en el mejor de los casos, que en su barrio les compongan algún narcocorrido. El paraíso ya lo vivieron, o eso piensan, breve, pero intensamente, en su corta vida. En el de los terroristas suicidas islámicos y sus organizaciones, el modelo es similar. Seguimos bajo los parámetros de una estructura fuertemente jerarquizada y militarizada, donde el elemento religioso juega sólo un papel de pantalla exterior de cara a la identificación con el grupo y a su homogeneización, pero pienso que poca cosa más. En definitiva, no es un tema de fe, sino que la religión es una cobertura para la identificación del individuo en una determinada realidad que le anticipa ocasionalmente en vida un paraíso con el que nadie cuenta más allá de la muerte.

En el caso que nos ocupa, estamos hablando de jóvenes nacidos y criados en barrios europeos, generalmente convertidos en ghettos, de segunda o tercera generación de inmigrantes. En muchos casos aculturizados, para los cuales la identificación en el grupo representa una salida del nihilismo propio de las sociedades en que han crecido y en las cuales, en gran medida, viven en la marginalidad; una marginalidad que pervive en su vida organizativa y militante, pero entonces con sentido. Y acaso este sentido sea su paraíso. ¿Sabe alguien de algún caso en que el hijo de algún multimillonario saudita se haya inmolado en un acto terrorista suicida? Si, puede que tal vez alguno, pero de haberlo, sería para ejemplarizar: siempre hay algún vástago de las élites que ha de caer para que el montaje no se desmonte, pero el resto acostumbra a quedarse a buen resguardo.

¿Y qué tipo de paraíso anticipado es el que se les ofrece a los adeptos destinados carne de suicidio? Algo parecido al de los sicarios del narcotráfico, sólo que, aquí sí, mas atemperado acaso por el rigorismo religioso estético y por la promesa de redención colectiva que, en el caso del sicario, era sólo individual y con incierta fecha de caducidad. Luego, cuando toca, se asume sin más; o sin menos. Que de todo debe haber, y el factor de coerción externo sigue sin duda ahí, por si acaso su interiorización no hubiera acabado de arraigar.

Pensemos, por ejemplo y a propósito de los mismos atentados de Bruselas que los hermanos del vídeo, en «el hombre del sombrero» que apareció en los noticiarios; el desaparecido implicado en los atentados de Bruselas. ¿Se rajó a última hora o estaba allí para controlar? No lo sé, pero apostaría a que, así como al hashshashín le seguía otro para vigilarle, puede que lo mismo, o algo parecido, ocurra con los terroristas suicidas. Y hasta pensable que, tarde o temprano, los explosivos pegados al cuerpo los acabe accionando otro a distancia, no fuera a flaquear el «héroe» en el último momento y dejara de pagar la deuda contraída con la organización. Ignoro si es así, pero lo considero plausible. Y si no es todavía así, seguro que lo será a poco que empiece a haber un porcentaje significativo de rajaos de última hora, como parece que ha ocurrido ya en algunos casos. Si de verdad, como según parece ser, uno de los terroristas de Bruselas se cagó a última hora y dejó las bombas por explotar en el aeropuerto, una cosa les puedo asegurar: durará poco si de sus correligionarios depende. Si estaba para controlar y para despistar, entonces ya sería otra cosa.
Admito que ninguna de estas aproximaciones aporta nada significativo en lo tocante a remediar la plaga del terrorismo islámista. Ello no obstante, creo que el primer paso es conocer la naturaleza y la lógica interna de lo que se quiere combatir. Y verlo como un problema exclusivamente religioso me parece un error. En la foto de la discoteca, los dos hermanos asesinos no estaban pensando en el paraíso del más allá, sino acaso despidiéndose del de más acá. Porque sabían que les tocaba saldar la deuda, cualquiera que fuera, que habían contraído.

dissabte, 14 de gener de 2017

Militancia y Yihad (2) (¿Antropología del islamismo) V


Según las crónicas, semilegendarias, en la fortaleza de Alamud vivía el Viejo de la Montaña. Una especie de Fumanchú árabe, o de Bin-Laden avant la lettre, con un ejército de servidores fanáticamente obedientes, que no dudaban en sacrificar su vida para cumplir la misión que su dueño les había encargado. Generalmente, dichos encargos consistían en asesinar a algún emir o valí que se resistiera a las extorsiones del Viejo. Gobernaba como una especie de capo mafioso, a través del terror, y su sola mención producía un pánico cerval. Todos los gobernantes de la región le temían y obedecían. Sus hashshashín se infiltraban hábilmente y asesinaban en su propio palacio a la víctima, burlando toda vigilancia. Luego, o se suicidaba o lo detenían y torturaban hasta la muerte. Cierto que al emir asesinado esto le importaba ya muy poco; pero sí a su sucesor, que por lo general acostumbraba a acceder al poder con la lección bien aprendida. Parece ser también que el invento no acabó de funcionar con los templarios. Si el Gran Maestre era asesinado, se lo substituía inmediatamente y aquí no ha pasado nada; la estructura ni se inmutaba. Los métodos del Viejo de la Montaña funcionaban contra las estructuras personales de poder, pero no contra las orgánicas.

Estos hashshashín, sabían cuál iba a ser su destino después de haber cumplido su misión, pero había importantes refuerzos positivos –y negativos- que les inducían a cumplir las órdenes de su amo con ciega resolución. Un buen día, y sin que supiera cómo, el elegido se despertaba drogado en una lujosa cámara rodeados de bellas meretrices a su servicio y con todo tipo de manjares a su alcance. Después de una noche de desenfreno, volvía a despertar en sus austeras dependencias. Confundido por los vapores alucinógenos, podía pensar perfectamente que se había tratado de un sueño. Pero no, se le decía, no había sido un sueño, sino un anticipo del paraíso que le esperaba después de morir sirviendo a su señor. Se dice que cuando iban a ejecutar su misión, lo hacían drogados. Sabían, además, que si no cumplían su misión y, por ejemplo, en el último momento se daban a la huida, no sólo ya nunca más regresarían al paraíso que habían vivido efímeramente, sino también que la venganza del Viejo de la Montaña les alcanzaría dondequiera que estuviesen. Y no era cosa de broma. Además, cuando un hashshashín iba a realizar una misión, otro le seguía para cerciorarse de que no se echará para atrás; y a éste, a su vez, quizás otro más…  No había lugar para traidores y desertores.

El modelo de los hashshashín es, creo yo, en el que se basa el del terrorista suicida islámico actual. En el caso de la Al-quaeda de Bin Laden, el modelo parece casi calcado. En los de los últimos tiempos, parece que las nuevas organizaciones han substituido la estructura personal de poder por la orgánica, lo cual, si es así, ciertamente empeora la cosa. Es sólo una intuición -supongo, he de suponerlo, que los servicios de inteligencia disponen de información mucho más amplia y contrastada al respecto-. Por supuesto que todo debidamente secularizado. Sí, secularizado, aunque se trate del islam más radical. Otro error que se acostumbra a cometer. Adaptado a nuestra sociedad compleja y funcionando orgánicamente en red. Incluso a modo de franquicias aparentemente espontáneas, lo que ha seguido desconcertando a los servicios de inteligencia e información occidentales, más acostumbrados a vérselas con grupos clandestinos de estructura organizativa cerrada. Y ahora no es así. Claro que, bien mirado, el funcionamiento en franquicia tampoco presenta, en este aspecto al menos, tantas diferencias. Al fin y al cabo, para acreditar una franquicia se han de asumir unas condiciones frecuentemente más draconianas que las que la empresa matriz suele aplicarse a sí misma.

En realidad, es un modelo que ha funcionado y funciona en otros ámbitos, muy especialmente en los delictivos, y en organizaciones fuertemente jerarquizadas y estructuradas, como la mafia. Es conocido el caso de los sicarios de los señores de la droga: en muchos casos, saben que no saldrán vivos de su misión, pero la llevan a cabo igualmente. A veces a cambio de dinero para la familia, otras para pagar deudas. Si alguno desfallece, la venganza se cierne también sobre sus familiares. Incluso en las tres entregas del Padrino, de Coppola, se dan también supuestos de este tipo. Siempre, a la ciega interiorización de la obediencia, se le añade la coerción exterior, también debidamente interiorizada. Algo de esto nos muestra también Scorsese en «Uno de los nuestros» -Goodfellas (1990)-.
No es imposible imaginar que en el escenario medieval y semilegendario de las Mil y Una Noches propio del castillo de Alamud, los hashshashín creyeran de verdad que a su muerte accedían directamente al paraíso. No hay demasiados problemas en aceptarlo, y que el vigilante estuviera por si le flaqueaba la fe a última hora. Después de todo, es muy posible que estuvieran convencidos de haber estado en el paraíso. Pero no parece sensato pensar que se lo puedan creer, más allá de metafóricamente, cualquiera de los jóvenes terroristas suicidas actuales, nacidos y criados en ciudades europeas. Tampoco han nacido esclavos, a diferencia de los  hashshashín, de modo que en el proceso de cooptación y domeñamiento, y aun con un esquema similar, la fe en una vida eterna no parece que pueda ser una variable determinante. Serán asesinos psicópatas, sí, pero no retrasados mentales.

divendres, 13 de gener de 2017

La estupidez rampante


Interrumpo, provisionalmente, la prevista entrega sobre la imposible antropología del islamismo, para comentar un auténtico notición de ámbito exclusivamente «académico»; o sea, elitista. Aparece en «El País»: «Más Platón y menos Dora, la exploradora». Resulta que la escuela de estudios orientales y africanos de la Universidad de Londres anda transida: el sindicato de estudiantes ha exigido que desaparezcan del programa autores como, entre otros, Platón, Descartes o Kant, por su condición de racistas, colonialistas y «blancos». Ahí es nada. Incluso, prosigue el comunicado de dicho «sindicato», en el caso de que alguien exija estudiarlos y quede algún profesor dispuesto a ello, deberán ser explicados –los de la Ilustración, por ejemplo- y desacreditados por el contexto colonial en que se movieron. Aplausos ¡bien por estos estudiantes! ¡Prometen!

Vaya por delante que si se trata de estudios orientales y africanos, en principio podría parecer que autores como los citados sobran. Lo incomprensible es que se supriman en estudios generales por las andanzas de «emprendedores» que escriben su biografía en vida, que también. Pero si reparamos luego en detallitos como que los estudios helenistas no surgieron en Grecia, sino en Gran Bretaña y Alemania, o que la primera edición escrita de la Biblia fue en griego alejandrino, tal vez debiéramos moderar tan apresurado juicio.

La verdad es que me suena familiar. Cada vez que oigo algo así me viene a la mente –porque está en mi memoria- aquella frase de William Faulkner: “Se puede luchar contra la ignorancia, contra la intolerancia y contra el fanatismo… si vienen por separado. Pero si llegan a la vez y si quiere conservar la salud, lo más recomendable es poner los pies en polvorosa”.

Vamos a ver. De ser cierto esto –lo de Faulkner-, que lo es, a la vista de tales estudiantes, estamos perdidos. Porque de nada servirá aducir que racistas, imperialistas, y de algún color –aunque el blanco no se considere color científicamente hablando- lo han sido desde siempre las antaño denominadas tres razas –blanca, negra y amarilla-, a las que se añadían dos más a modo de suplemento –cobriza y aceitunada-. En realidad, y a ver si miramos de una vez a la historia no sólo con ojos, sino también con cabeza y criterio, aquí el que no ha sido imperialista fue porque no pudo, ya fuera porque en su empeño topó con otro más fuerte que él, o porque en su entorno no se dieron las condiciones como para expandirse. Lo demás son tonterías. Y esto vale para cualquiera. Sin excepciones. Está bien la piedad cristiana de compadecerse del vencido, pero ya nos advirtió Nietzsche, o  Russell, sin ir más lejos, del peligro de creernos que el perdedor o el débil es el bueno, y el vencedor o el fuerte, el malo. El mito del buen salvaje fagocitado por la cultura, realmente, ha hecho estragos. Como la corrección política. Si el término «civilización» hoy en día significa algo, es precisamente la posibilidad real de superar estos estados de salvajismo y barbarie que históricamente han caracterizado a la especie humana.

Más bien me temo que los arqueólogos, antropólogos e investigadores de toda laya que con tanto ahínco buscan las pruebas de una civilización culta negra en Zimbawe –un pleonasmo, no por lo de negra, sino por lo de civilización culta- toparán con una realidad que les sonará a dèjà vu ¿O acaso el ser humano no es el mismo en todas partes? ¿O no es esto lo que estamos diciendo, que no hay diferencias?

Humanamente hablando, no literariamente –ojo con los románticos- ¿Hace algo mejores a los vencedores romanos que a lo vencidos cartagineses? ¿O a los califas de Damasco que a los emperadores de Aquisgrán? ¿O a los nazis –ahora alemanes equivocados y engañados- que a sus vencedores soviéticos y americanos? El mayor genocidio del siglo XX fue el perpetrado por los nazis contra los judíos: seis millones en diez años –en progresión geométrica conforme se anunciaba la derrota alemana, perdón, nazi-. El segundo en tan oneroso ranking fue el de los (ba)hutu contra los (ba)tutsi: seiscientos mil en un fin de semana. Y a machetazos. Son sólo ejemplos, la lista sería inacabable.

No parece muy oportuno vetar a quienes bastante más que algo tuvieron que ver en esta modesta evolución hacia una cierta idea de civilización. También, claro, la imprenta de Gutenberg, que ya se conocía en China siglos antes, fue prohibida en su momento en Europa. Se temía lo que pudiera difundir la extensión de la palabra escrita. Hoy en día ya no existe este problema; afortunadamente para algunos. Porque si los sucesores de los que antaño la reclamaban son hoy los que exigen su prohibición, entonces es que nos han trocado a los mismos perros con distintos collares por los mismos collares con distintos perros. Y lo importante es el collar, no el perro.
Al final, como concluye el artículo citando a Krahen, muchos acabaremos prefiriendo la hoguera. Como mínimo, de hogueras sabemos algo.

diumenge, 8 de gener de 2017

Militancia y Yihad (¿Antropología del islamismo?) IV

Poco después de los atentados de Bruselas, la CNN difundió un vídeo de los hermanos que lo habían perpetrado. Lo habían grabado unos amigos de los terroristas durante una noche de fiesta en una discoteca, días antes del atentado suicida que se los llevó por delante junto con sus víctimas. Se les ve bailando, bebiendo y ligando, todo a la occidental manera. Es decir, transgrediendo flagrantemente los preceptos de la religión por la cual mataron y se mataron. Si queremos entender el fenómeno yihadista estrictamente desde la perspectiva del fanatismo religioso, parece evidente que la cosa no cuadra. Y de ahí en parte el desconcierto de la opinión pública occidental tras la difusión del vídeo y sus fotos. Se trataba, como en tantos otros casos de atentados de este tipo, de jóvenes nacidos o crecidos en Europa, y en este sentido, plenamente occidentalizados. Unas actitudes que sorprenden porque no casan con la idea del integrismo religioso que se nos transmite sobre los terroristas islámicos. ¿Una doble vida? Ciertamente es una posibilidad, y los hechos posteriores parecen corroborarla. Pero a la vez parece insuficiente como explicación.

Tradicionalmente, los considerados como grupos terroristas clásicos –IRA, ETA, Baader-Meinhof, Brigadas Rojas…- lo primero que planificaban antes de un atentado era la huida. El terrorismo suicida islámico desconcertó rompiendo este esquema, y se recurrió a su condición supuestamente religiosa para explicarlo. Como hay terrorismo político, lo hay también religioso. Y dada la «espiritualidad» y el carácter trascendente de la religiosidad, hiperreforzado por el fanatismo, el nivel de compromiso alcanza hasta el punto de asumir la certeza de la propia muerte, en lugar de la eventual o, incluso, más que probable. Es decir, el riesgo es cero porque se conoce el desenlace. La explicación más fácil, sin duda pero totalmente incorrecta a mi parecer. Al menos si recurrimos exclusivamente a su explicación desde la práctica de una fe religiosa fanatizada.

Porque una cosa es el fanatismo religioso y otra el integrismo islámico terrorista. Lo primero presupone la creencia estricta en los dogmas religiosos y su observancia; lo segundo, en cambio, se corresponde con un sentido de pertenencia a un determinado grupo o colectivo. No digo que no puedan coincidir, pero pienso más bien que para aproximarnos al psiquismo interno del individuo que acciona la bomba que lleva pegada al vientre, autoinmolándose para matar a cuantos estén a su alrededor, el factor religioso es prescindible. Lo segundo, en cambio, el sentido de adscripción y pertenencia a un determinado grupo, con sus propias jerarquías y códigos, me parece determinante. 

Para intentar aproximarnos a este fenómeno, tal vez lo más adecuado sea tratar de encontrar analogías con comportamientos humanos similares en otros contextos; comportamientos individuales, psíquicamente hablando, pero gregarios y, por tanto, también culturales. Hay ciertamente una diferencia cualitativa entre el terrorista que prepara su huida como un aspecto más, y fundamental, en la planificación de un atentado, aun asumiendo un alto riesgo de captura o muerte, y el que no se molesta en prepararla porque asume su muerte como algo inherente a la propia ejecución del atentado. Pero acaso no tanta como puede sugerir la errónea focalización en el elemento religioso. A menos, claro, que asumamos que el terrorista suicida está convencido de que su inmolación le abrirá las puertas del paraíso. Pero si esta explicación no nos convence, entonces habrá que buscar otras explicaciones más verosímiles que expliquen las causas últimas de tales conductas.

En realidad, y valoraciones morales aparte, el psiquismo del terrorista suicida no es tan distinto que el de los miembros del batallón de infantería en primera línea que recibe la orden de cargar contra el nido de ametralladoras, y aun sabiendo que van a morir con toda probabilidad, siguen avanzando. Sí, claro, en un caso se hablará de patriotismo, heroicidad, sentido del deber, supeditación del individuo a lo colectivo y, cómo no, de la coerción implícita que bajo el nombre de disciplina impone la obediencia; todo ello en una lógica de guerra. Pero es que así se percibe también desde el bando contrario, más allá del hecho que la guerra sea con cuartel o sin él, o de que no haya reconocimiento del enemigo por parte del otro bando y el hecho de guerra en sí se denomine «terrorismo». Si prescindimos de categorizaciones morales, por más repugnante que nos resulte, y a veces es preciso hacerlo si queremos entender una determinada realidad, deberemos reconocer que, en ambos casos, se trata de comportamientos individuales con clara dependencia gregaria, arraigados en la psique humana en su más pleno sentido. Sólo falta que haya quienes los instrumentalicen y los impongan activándolos.

Nietzsche apelaría probablemente a la estratificación sedimentada de valores a lo largo de la historia, que seguirían rigiendo nuestro comportamiento. Y muy probablemente tenga razón, toda vez que incluyamos entre ellos la coerción y su aceptación o asunción plenamente interiorizada en el individuo. Se dice que si el hijo cae en un pozo, la madre se tira al pozo; si quien cae al pozo es la madre, el hijo avisa a los vecinos. Pues bien, y por más nauseabunda que nos pueda parecer la analogía, el terrorista suicida no está, formalmente hablando, tan lejos de la madre que sacrifica conscientemente la vida para (no) salvar la de su hijo, aunque sus motivaciones sí sean completamente distintas. Decía Nietzsche que en algún estrato dentro de una escala de valores «genealogizada», para un “yo” puede ser más importante algo ajeno a él, pero interiorizado como propio, que la supervivencia del propio «yo».

Bien, pero volvamos a la infantería que avanza hacia las ametralladoras enemigas; es un comportamiento gregario, sí, pero al sentimiento de pertenencia colectiva o a la prioridad de la causa sobre la propia vida, hay que añadirle también el elemento de coerción, a su vez debidamente interiorizado. Aunque se pueda entender la necesidad del sacrificio, nadie voluntariamente seguiría allí si pudiera evitarlo. ¿También el terrorista suicida?

Y aquí entraría Hobbes. Siempre, en toda coerción, por extrema que sea, hay algún tipo de transacción, por más desequilibrada y descompensada que se nos antoje; desde el condenado a muerte que sube por su propio pie al patíbulo, hasta el soldado que carga sabiendo que va a morir, o el terrorista que se inmola de forma «voluntaria», supuestamente en el nombre de Alá. El condenado a muerte sabe que lo menos malo que le puede pasar es subir por su propio pie al patíbulo; el soldado, a su vez, sabe que si retrocede huyendo, el oficial le descerrajará el cargador del arma corta que lleva para este fin, y que su viuda e hijos se quedarán sin pensión y estigmatizados socialmente. Así que puestos a decidir si le ha de matar el enemigo o su propio oficial, parece menos complicado que lo haga el enemigo. ¿Pero y el terrorista suicida? Pues desde la interiorización, subjetivamente objetivada, de dicha lógica, prácticamente lo mismo.

En la película «El gran dictador», de Charles Chaplin, hay una escena que ilustra a la perfección lo que estoy intentando explicitar. Un grupo de conjurados –judíos a los que se ha unido un oficial del ejército- decide que es necesario matar al dictador para evitar males mayores. Todos saben que es una misión muy arriesgada, pero hay que hacerlo y deben decidir quién la llevará a cabo. El oficial propone para ello un antiguo ritual de los longobardos, que consiste en introducir una moneda en el cazo de la comida. Aquél que encuentre la moneda en su plato, será el elegido. El barbero que interpreta Chaplin se la encuentra y, disimuladamente, introduce la moneda en el plato del comensal que está a su derecha, que a su vez hace lo mismo, y así sucesivamente hasta que la moneda da la vuelta entera a la mesa y recae nuevamente en el plato del infeliz barbero, que esta vez ya no puede escabullirse y resulta elegido.

Detengámonos un momento en la escena y su contexto, al margen de la genial clave de humor que la preside. Todos están de acuerdo en que hay que matar al dictador, para el bien suyo y de la humanidad; saben que han de hacerlo, que conlleva un alto riesgo y asumen que la misión la tendrá que llevar a cabo necesariamente uno de ellos. Pero ninguno de ellos desea ser el elegido. Sólo la aceptación de unas determinadas reglas del juego permitirá que se decida quién es el sacrificado. Es la típica y eterna contraposición entre lo individual y lo colectivo. Una vez designado, el elegido no tiene otra opción que cumplir con el deber que se le ha encomendado o convertirse en un renegado y un cobarde. Aquí el procedimiento de designación es aleatorio; en la realidad suele ser más arbitrario.
(To be continued)

dijous, 5 de gener de 2017

El Procés y el esperpento como fase superior de la farsa


Ayer recibí por whatsapp el texto de más abajo. Al principio pensé que se trataba de una inocentada que llegaba con retraso. Pero no. Y aunque pueda parecer lo contrario, es altamente significativo y creo que marca un antes y un después en el recorrido del Procés: el tránsito de la farsa a la fase superior del esperpento.  O esto o alguien se ha pasado de la raya estas fiestas con substancias psicotrópicas. Ahí va el texto.

4/1/17, 21:39 - Xose Díaz: MOLT IMPORTANT FER-HO CÓRRER!!

ALERTA! El jutge Vidal destapa en una conferència a Granollers part dels plans secrets del govern per la independència. QUE CORRI QUE ANIMARÀ LA TROPA!!

Conferència senador/jutge Vidal ahir a Granollers.
Per carregar bateries els que creiem en l'independència. Això és imparable i a Madrid ho saben. Seguim ferms. Tot està quasi llest (85-90% fet): 31 comissions, treballant en 19 àmbits diferents sota supervisió d'en Pi Sunyer (ex vicepresident del Tribunal Constitucional, no ho oblidem).
A partir del febrer (de l'aprovació dels pressupostos) tot s'accelerarà i començarem a tenir més informació del que s'ha fet durant tot aquest temps. Una dada, pels indecisos: a partir de l'endemà de la proclamació d'independència l'ingrés mínim per a tothom (aturats, pensionistes, pirmi, viuetats, etc...) serà de 1.000 €. Els estudis econòmics estan fets pel Col.lectiu Wilson (catedràtics catalans d'aquí i d'arreu del món i empresaris de prestigi) i estan avalats per, com a mínim, tres institucions internacionals serioses, poc sospitoses de ser amigues, com el Deutsche Bank.
Els números surten, i surten bé. Actualment, Espanya està en el 14è lloc dels 28 estats d'Europa quant a renda per càpita i resta d'indicadors econòmics. Catalunya estarà en el lloc 8è si obté l'independència, i Espanya baixarà fins el 21è lloc. Que se sapiguen aquests números, ja que tenen a veure, perquè ajudaran a resoldre-la, amb la pobresa energètica i de milers d'avis del nostre país. No lligarem els gossos amb llonganisses, que consti, però disposarem de més diners, els que no aniran a Espanya, i fiscalment també volen ser més contundents en la lluita contra el frau.

MÉS: Hi ha un país, no Europa, no es vol dir, no especialment pro-Espanya, que està disposat a financar-nos per si el govern d'Espanya talla l'aixeta del finançament sense voler negociar. Són negocis, ens prestaran i els pagarem interessos. I en tenen molts, de diners.

MÉS: en el referèndum que hi ha d'haver, perquè així ho exigeixen els països amb els quals s'ha contactat, i que ens reconeixeran quan sigui el moment, la participació mínima hauria de ser del 60%, assolible. Els vots a favor del sí, aleshores, n'hi ha prou amb la meitat + 1. Hi ha 31 països dels 194 de l'ONU, que ens reconeixeran l'endemà, si es guanya el referèndum (que se celebrarà sota supervisió de 500 observadors internacionals, tots persones concretes que estan llestos ja des d'ara per participar-hi).

MÉS: disposa ja, el parlament, del cens electoral i en un any màxim els residents a l'estranger podran votar electrònicament. Més, pel pagament d'impostos no caldrà que patim per si els paguem a Espanya o a Catalunya. Ens deslliuraran d'aquest dilema i de les possibles repercussions penals. Tothom pagarà al banc, i ja està resolt que en virtut de la nova legalitat catalana, aquestes entitats liquidaran els impostos a Catalunya. No s'hi oposaran, perquè ells només volen fer negocis.

Bé, família, i parlo pels que voleu la independència, hem d'assegurar que guanyarem el referèndum convencent el màxim d'indecisos. Els contraris no cal, ja s'ho faran.
Podem fer-ho, i fer-ho bé. No hi ha cap motiu per seguir vinculats a Espanya. Emocionalment sempre ho estarem, però quant a la resta, millor que ens ho fem nosaltres tot sols.

Bien, muy bien, pasemos al «análisis» del texto.

Lo primero que cabría destacar es que los indepes no las tienen todas consigo y que deben ser ciertas las encuestas según las cuales el número de adeptos va en descenso. También, que hay consciencia de que la opinión pública percibe todas estas comisiones y charangas como un comedero para para paniaguados que viven del momio, mientras al resto de la ciudadanía se la sigue machacando a recortes.

Y es que sólo así se explicaría que todo un prohombre del independentismo como el senador/juez (sic) Vidal, haya desvelado los planes secretos del gobierno de la Generalitat para la independencia. Porque digo yo que una vez revelados, dejan de ser secretos ¿Y no ha pensado el juez/senador que tan valiosa información puede caer en manos de la pérfida España, siempre al acecho, si se hace pública? ¿Tan mal está la situación como para que tenga que irse de la boca con el fin de, como reconoce el propio mensaje, «animar a la tropa» con arengas de este jaez? Claro que si admitimos que es para darle ánimos a la parroquia, se comprende. Pero entonces ocurre que si lo reconocemos explícitamente, pasa como con el efecto placebo: si sé que es mero placebo, deja de surtir efecto. Así que, bueno, ustedes verán…

Porque aunque se nos informe que todo está a punto para la independencia en un 85-90%, sí parece, ello no obstante, que está cundiendo un cierto desánimo entre las filas independentistas, de ahí la siguiente confidencia: Al día siguiente de la proclamación de la independencia, se implantará en Cataluña la renta mínima de 1000€. Esto, se nos dice, está avalado por estudios de prestigio, como el colectivo Wilson (!) –que son de la casa- y por tres instituciones internacionales, entre las cuales, ni más ni menos, el Deutsche Bank, al cual se cita precisamente remarcando que su condición de no-amigo del independentismo le da más solvencia. Aunque delate a su vez que los autores son conscientes de la nula credibilidad que tienen los informes «amigos», incluso entre sus propias filas.

Se añade aún más información «confidencial». Seremos el octavo país de la UE en renta per cápita -¿pero estaremos en la UE?-; y además, por si alguien lo dudaba, se asegura que el nuevo estado será más contundente en la lucha contra el fraude fiscal. La inclusión del «más», que se supone que al acentuarlo no va con segundas, hemos de entenderlo como «más» que España. Y ahí le duele, porque es verdad que España ha sido muy tibia en la persecución del fraude y la corrupción: ahí están Millet y los Pujol, sin ir más lejos, riéndose de todos nosotros y campando a su anchas ¿Es esto lo que nos aseguran que se va a acabar?

Pero hay un problema con la renta mínima de 1000€. ¿Y si ahora que España se ha enterado, va y decide poner una renta mínima de 1200€ para contrarrestar, qué pasa? ¿Eh? Filtrar información tan confidencial es una imprudencia. Se entiende que después de tanto recorte y privatización, el personal esté mosca y haya que ablandarlo con promesas avaladas por prestigiosos estudios y revelando planes secretos, pero ahora España conoce nuestros planes, y esto es peligroso, muy peligroso…

O no tanto, porque nuestros astutos líderes han pensado en todo. Como no contemplan que España decida implantar una renta mínima superior para contrarrestar el entusiasmo que suscitaría tal medida, sino sólo que cierre el grifo dejando a la Generalitat sin un euro, han buscado financiación en el exterior… Y la han encontrado. Y aunque no nos digan dónde, el entusiasmo delata una vez más al bueno del juez Vidal: no puede ser sino China o Quatar –este último ya ha tenido tratos con el Barça, así que… ustedes verán-. Y nada, que tenemos allí fondos sin límite a nuestra disposición para ir tirando de tarjeta de crédito. No sé qué quieren que les diga, pero me parece que además de las substancias psicotrópicas a las que aludía más arriba, alguien está extrapolando libremente con el juego del «amigo invisible» del día de la cena de empresa navideña.

Y vamos entrando en materia. Hay 31 países que reconocerán al nuevo estado catalán con carácter inmediato. No se no dice cuáles, pero queda claro que están con ellos en tratos muy avanzados. Exigen, eso sí, un mínimo de un 60% de participación en el referéndum, al cual asistirán como observadores internacionales 500 personas concretas (sic). Es muy importante la aclaración de que son personas «concretas»; de lo contrario podríamos pensar que se trata de personas «abstractas», lo cual podría introducir algún que otro problema conceptual, como que el referéndum fuera a ser igual de abstracto que las personas que iban a observarlo, o hasta que incluso los votantes fueran personas abstractas… Pero no, y además, muy importante, estas personas concretas ya están listas para venir en cualquier momento. Se pregunta uno si ya estarán también cobrando por el stdby…

Así que manos a la obra. Sólo falta que participe un 60% en el referéndum y tenemos la independencia. Pero claro, como los españolazos y los «unionistas» van a boicotearlo, conseguir un 60% de participación se antoja algo más que un mero trámite. Vamos, que dista mucho de ser pan comido. Pero hay que hacerlo (el referéndum), porque así lo exigen los países «amigos». Si no, pues ni haría falta, va el Parlament, proclama la independencia y ya está… Pero, ya se sabe, hay que guardar las formas.

Aunque complique las cosas el prurito ese del 60%. Porque nadie será tan imbécil como para ir a votar «no», sabiendo que con ello aumenta el porcentaje de participación. Y si a la abstención técnica de siempre le añadimos que los del «no» están, según las encuestas, entre el 50 y el 60%, pues ahora resulta que, cuando ya lo teníamos todo al alcance de la mano, crédito, reconocimiento internacional y líderes de talla, la cosa se va a joder por un quítame allá un 60% de participación… ¿Sería una lástima, verdad?

Y este es precisamente el mensaje final del texto, que sería una lástima que hay que evitar a cualquier precio. De ahí la imperiosa exhortación al proselitismo que se les hace a los convencidos: han de convencer a los indecisos. A los españolazos del «no» no hace falta, pasando de ellos… si conseguimos el 60& de participación, incluso mejor que no vayan. Porque de lo que se trata es de que la participación llegue al 60%.

La verdad, si no fuera por el esperpento, y por la bendita ingenuidad de tanta gente que está enviando este bodrio porque se lo cree, uno pensaría que algunos ya están buscando excusas y culpables. La excusa: Como resulta que, si lo hay, volverá a ser un referéndum barbacoa –aunque puede que esta vez las urnas hasta sean clandestinas-, no se llegará ni de lejos a la participación que se han inventado que algunos países «amigos» nos requieren. Una excusa de doble filo, por cierto, que les permite a unos levantar el campo y a otros seguir en él con la DUI (declaración unilateral de independncia), aduciendo que España nos prohíbe el referéndum y que así no hay manera, pasando de referéndum y proponiendo el salto a la unilateralidad y a lo que sea… incluso a los cascos azules. Y claro, los culpables: los de siempre, los «botiflers», los catalanes traidores a su patria… por culpa de los cuales no fue posible el sueño.

Cuando se está al borde del abismo, dar un paso hacia delante puede resultar problemático. ¿Esperpento o exhortación final? Puede que ambas cosas, o puede que ninguna de ellas; tal vez se quede en un juego de rol, con el problema de que algunos no quieren salir del juego porque les va muy bien allí dentro, con una realidad imaginada que han conseguido que un hatajo de incautos se la crea, y que piensen, convencidos, que han desconectado de España, cuando en realidad han desconectado con su cerebro. Beatus Ille… ¡Santa inocencia!

El problema es que han ido tan lejos que ya no pueden detenerse y quedarse quietos; o huyen hacia atrás, o hacia adelante. Este es el problema.

dimecres, 4 de gener de 2017

Los límites de Occidente (¿Antropología del islamismo?) III


Como muy acertadamente remarcó André Glucksman, estamos ante un explícito discurso del odio y del rencor; contra Occidente, pero no entendiendo por tal ninguna abstracción, sino una muy materializada concreción: el modelo de sociedad abierta, en el cual no puede encajar de ninguna manera un modelo teocrático como el del Islam. Porque el islam, como el cristianismo, se caracteriza por su vocación universal, y como se ha demostrado históricamente, no puede resignarse a ser una secta más entre tantas; va contra su propia esencia. Y ello vale también para la religión considerada desde una perspectiva materialista y como el trasunto ideológico de un modelo social.

Pero es también un error propio de la corrección política propia de estas sociedades abiertas, obsesionadas por no culpabilizar y estigmatizar a toda una comunidad religiosa, el empeño en focalizarlo exclusivamente como fenómeno terrorista, y tratar de entenderlo sólo en esta dimensión, como una manifestación aislada de radicalismo y fanatismo explicable por sí misma, lo que ha contribuido a impedir que se perciba en su auténtica naturaleza: la de un conflicto cultural entre dos civilizaciones. Un conflicto que será parcial y restringido, o global y generalizado; minoritario o unánime, unilateral, bilateral o multilateral… como se quiera, pero conflicto al fin y al cabo.

Y es también un conflicto  en el cual está muy claro cuál es uno de los bandos en liza, pero no tanto cuál es el otro, en gran parte por la negativa a reconocerse a sí mismo; y ello no sólo porque no admita dicho conflicto, sino también, y muy especialmente, por la falta de autorreconocimiento en sus propios valores y modelo, adulterados y diluidos en un magma sincrético de supuesta multiculturalidad y corrección política, que le lleva a incurrir en una monumental metonimia conceptual, confundiendo el fin con los medios; o algo que no es sino un talante, una disposición, como la tolerancia, con los límites del propio discurso, cuyas categorías constitutivas se ven así metamorfoseadas, de su solidez conceptual originaria, al estado líquido propio del sujeto débil posmoderno.

En este sentido, el creciente auge del islamismo en las sociedades occidentales ha sido más bien el resultado de la debilidad de dichas sociedades en la defensa de sus propios valores y modelo, incurriendo autoinducidamente en la falacia de derivar conocimientos y categorías a partir de principios. Es decir, como diría Kant, dándole uso constitutivo a lo que es sólo regulativo. Sería el caso, por ejemplo, del relativismo cultural, que de ser un modus operandi, ha pasado a constituirse en categoría fundante de todo posible discurso, alrededor de la cual han de orbitar, subordinadas, el resto de categorías. Todo ello so pena de incurrir en el nefando pecado de etnocentrismo y verse metido en ruidos con el nuevo Santo Oficio de la corrección política por decir, por ejemplo, que la ciencia occidental es un discurso más avanzado e intelectualmente superior a la cosmología de los dogones, o que entender funcionalmente el concepto de cultura no autoriza a equiparar epistemológicamente la medicina occidental con el chamanismo de la islas Trobriand... O que las sociedades musulmanas están todavía en gran medida bajo un modelo teocrático muy similar al que imperaba en la cristiana Europa del siglo X…

Algunos, generalmente desde la derecha política más extrema, consideran que este estado de indefinición es el resultado del abandono, por parte de las sociedades occidentales, de sus valores cristianos originarios y fundantes, cuyo extravío ha propiciado el relativismo y el nihilismo actuales. Y es un error. Porque los valores que Occidente ha perdido no son precisamente estos, sino los fundantes de la actual civilización occidental: los propios de la Ilustración, igual de cuestionada desde fuera que desde dentro de las sociedades que han resultado de ella. Volveremos sobre esto en la próxima entrega.

Porque la incompatibilidad real del islamismo no es con el cristianismo, sino con los valores ilustrados; exactamente de la misma manera que las sociedades occidentales actuales no son el resultado de la evolución y progresiva secularización del cristianismo –una religión tan insecularizable como la musulmana-, sino de su negación y superación dialéctica desde el humanismo renacentista de los siglos XV y XVI, y el racionalismo y la revolución científica del XVII, que cuajarán en el XVIII en los valores de la Ilustración.

En realidad, la Ilustración es el gran enemigo de todo modelo teocrático, sea cristiano, musulmán o tibetano. Que el cristianismo se haya secularizado no debería llevarnos a confusión. Más que secularizado, el cristianismo –en sus distintas formas- fue domeñado por las propias sociedades y sus valores dominantes, y se tuvo que resignar a adaptarse a una realidad que históricamente le había superado. Lo que cambió no es el cristianismo, sino los valores y el modelo de sociedad. Un proceso de superación dialéctico por el cual no han transcurrido (al menos todavía no) las sociedades islámicas con respecto a la religión mahometana.
Así pues, la diferencia real entre las religiones cristiana y musulmana no se encuentra tanto en sus respectivos credos, sino en los valores y en los respectivos modelos de sociedad donde se encuentran arraigadas. Las sociedades occidentales pasaron por la Ilustración, las musulmanas no. Lo paradójico de Occidente es precisamente que después de siglos de revoluciones -culturales, científicas, políticas, sociales, económicas…-, y de haber conseguido domeñar al cristianismo, se le esté colando ahora el islamismo por la puerta trasera de la inmigración y no se quiera dar cuenta de que se trata de una segunda versión de lo mismo.

No sorprende tanto, en cambio, que la izquierda romántica y anarcoide, hoy lamentablemente hegemónica, tienda a ver al islamismo con simpatía: comparte su aversión por el espíritu de la Ilustración. Sólo así se explica el contraste entre su inquietud por el hecho de que las mujeres no puedan presidir los rituales religiosos cristianos, y su culpable silencio por la situación de las mismas en los países musulmanes; o que sólo se condenen las condenas cristianas de la homosexualidad... 

Se trata, en definitiva, de mucho más que de una simple guerra entre religiones.

(To be continued)

dissabte, 31 de desembre de 2016

El discurso del rey



Me entero de que TV3 no emitió este año el «tradicional» discurso de Navidad y Año Nuevo del rey Felipe VI a los españoles, y leo también algunas de las variopintas y heteróclitas reacciones que tal no-evento ha suscitado a ambos lados de las respectivas trincheras. La verdad es que dichas reacciones, quizás sea por las fechas, no dejan de resultar entrañables, ora estén a favor, ora en contra, aunque no por ello menos inquietantes.

A uno, que tiene por costumbre no «visionar» ni este ni ningún otro discursillo de marras de estos, con independencia de quien sea su «lector», lo que le ha evocado este episodio es una anécdota vivida hace muchos años, allá por los tiempos en que empezaba TV3.

Me encontraba de viaje por Aragón, al norte y algo más allá de la denominada «Franja» donde ahora hablan el LAPAO. Mi acompañante, que era de por allí, se encontró casualmente con una amiga y antigua compañera de estudios. Lo típico entre personas que hace un tiempo que no se ven, que si qué tal, que cómo va todo, que si que es de aquél o de aquélla… y pronto la conversación derivó hacia TV3. Aquella TV3 cuyos informativos fueron en sus tiempos lo más (lejanamente) parecido que ha habido jamás en España a los de la BBC, la misma que emitía las obras de Shakespeare en el inglés original subtituladas en catalán…

Resultaba que en su pueblo, para nada catalanoparlante, había surgido una enconada polémica entre los partidarios de poder sintonizar TV3 y los que no. Por su condición de televisión autonómica, la cobertura de transmisión se limitaba inicialmente, y legalmente, al territorio catalán. Fuera de él, sintonizar TV3 requería de un repetidor ad hoc que, claro, había que pagar. Podría recordar ahora el bochornoso y cutre espectáculo que los blaveros valencianos dieron al respecto, pero no lo haré. Volvamos pues al caso.

Resulta que el pueblo de marras estaba dividido sobre TV3, pero no por quien iba a pagar el repetidor que permitiría sintonizarla; esto ya estaba claro, lo iban a pagar en cuestación popular los que querían verla, aunque luego cualquiera la pudiera sintonizar en su casa. No, el problema era otro. Y es que los partidarios del «no» rechazaban no sólo verla ellos en su casa –a lo cual nadie está obligado, al fin y al cabo-, sino también que pudieran verla los que así lo deseaban. En otras palabras, que ni yo quiero verlo ni quiero que tú lo veas. Como se ve, todo muy español.

En eso que salió a colación una amiga común de las conversantes, que por lo visto hacía de locutora en una emisora de radio local –o comarcal, no lo recuerdo-, que había hecho suya la bandera del «no» a TV3 y lideraba la campaña. “Pues como ha cambiado”, comentó mi acompañante. “Ni te lo imaginas”, le replicó su amiga. “Ésta, si pudiera, lo que pondría es una antena para impedir que se recibiera TV3, no fuera a haber un día con buena señal y se viera sin repetidor”.

Ignoro cómo acabó la historia. Lo relevante para mí ahora mismo son las similitudes que actitudes como esta guardan con ciertas de las actuales por acá.  A mí, las reacciones a la no emisión del discurso del rey me llevaron algo más allá de mi mera opinión sobre un hecho anecdótico que no me interesa lo más mínimo. Y es que muchos, demasiados, no sólo quieren decidir lo que quieren ver, sino que también quieren decidir sobre lo que los demás han de poder ver o no. Y ahí, claro, se me disparan las alarmas

Y me pregunté cuántos en Cataluña, si pudieran, estarían hoy por prohibir la recepción de TVE –muy especialmente- u otras cualesquiera emisoras foráneas. Ignoro la respuesta exacta, pero la que barrunto, me inquieta y mucho.
Pues eso. Que cada cual mire esta noche la cadena que quiera; y quien lo desee, pues hasta que apague la tele (quizás la mejor opción). En fin, feliz año 2017.

divendres, 30 de desembre de 2016

¿Antropología del islamismo? (A propósito de los atentados de Berlín) II



Cuando digo que la fe no es un factor relevante, y acaso ni siquiera accesorio, me estoy refiriendo a la fe religiosa y a las creencias que comporte según sea su discurso. Y lo de accesorio, entiéndase en el sentido de una confesión pública que aporta cobertura, legitimación, pero que no forma parte esencial de él, aunque se presente como su aspecto más característico. Incluso bajo un modelo o una propuesta teocrática, como es el caso. Hay otros modelos bajo los cuales los individuos actúan de forma similar sin necesidad de ninguna una fe religiosa, implícita ni explícita.

En este sentido, quizás deberíamos distinguir entre una fe psicológica y una fe sociológica. La primera nos remite a la «fe» propiamente dicha, las convicciones y creencias internas más íntimas de un individuo –creer en la existencia de Dios, por ejemplo-, mientras que la segunda, la sociológica, se corresponde con la manifestación externa de dicha fe, compartida (intersubjetivamente) en un determinado entorno social y que se concreta en las prácticas y costumbres de lo que David Hume denominaba la «common life». Pero contra lo que podría parecer, ni siquiera en la más delirante de las teocracias importa lo más mínimo –o al poder, al menos- que el individuo profese en su fuero interno las creencias de las cuales se supone que emanan toda una serie de actitudes, usos y costumbres cuya observancia se legitima moralmente a partir de ellas. En otras palabras, que un individuo crea o no crea, para sí, en Dios, en Alá o en Yahvé, es algo que carece de importancia, entre otras razones porque es indeterminable. Lo que sí es relevante, y decisivo, es que se comporte como si creyera en ello, en lo tocante a la observancia de la conducta que impone como reglas morales en el contexto de un determinado orden social. 



Esto sería la fe sociológica. Que luego, a la inversa de lo que desde cierta fundamentación metafísica podría parecer, se produzca un proceso de interiorización de lo sociológico en la psique del individuo, eso ya sería otra cosa. El mismo Hume se planteaba el caso de un padre que no quiere a su hijo, y que, a su pesar, no puede «decidir» quererlo, llegando a la conclusión de lo insondable y arbitrario de las emociones humanas, para concluir que lo verdaderamente relevante no es que este padre quiera o no a su hijo, sino que actúe como comúnmente se entiende que actúa un padre con respecto su hijo. Lo mismo, mutatis mutandi, en el más atroz de los modelos teocráticos. Lo importante no es que se profese íntimamente una determinada fe, sino que se actúe profesándola de acuerdo con unos patrones sociales y culturales preestablecidos, que luego el individuo interiorizará o no, pero que externamente deberá acatar. Al menos desde esta perspectiva, la religión no sería, en el caso del islamismo, ni en cualquier otro, ni relevante ni decisoria en su sentido teológico, sino una coartada que se ampara en otros ámbitos, ya sean identitarios, victimistas, socioeconómicos, culturales… Eso sí, una coartada, la que sea, ha de haberla siempre. Y también, qué duda cabe, coadyuva a la interiorización del discurso de fondo, del metadiscurso implícito a ella. Pero no teológicamente, sino sociológicamente.
(To be continued)