dijous, 18 d’agost de 2016

¡Hasta siempre, Capitán!

 
 


Murió ayer. Se llamaba Víctor Mora y fue el creador del Capitán Trueno. Durante muchos años firmó como Víctor Alcázar, que más que un nombre artístico fue «contranombre de guerra» para poner sordina a su militancia clandestina y a su condición de expreso político en una lista negra de la que se aprovecharon los de siempre. No fue el único en sufrirlo, Marcial Lafuente Estefanía, por ejemplo, había sido general del ejército republicano durante la guerra civil y también lo padeció.

Dicen algunos que todo gran lector ha padecido en su infancia de algún forzado período de reposo que inicia en la lectura para combatir el aburrimiento, y que el vicio se queda pegado al alma. Una perversión, vamos, al menos en el sentido originario del término: desviación de los fines naturales. Ellos sabrán, los rousseaunianos…

Por mi parte, obviando por supuesto lo de «grande» y quedándome en mero «lector», puede que algo haya de esto. Me aficioné al Capitán Trueno con motivo de un forzado período de reposo que tuve que guardar durante tres o cuatro meses debido a una fea fractura de fémur que sufrí a los ocho años. Alguien me trajo un ejemplar una revista juvenil con distintas historietas de cómic de aventuras, humor y reportajes; un magazine, que diríamos hoy. Se trataba de «El Capitán Tueno (EXTRA)». Y así me enganché. Lo demás vino solo.
El Artículo completo, aquí.

 

dimarts, 2 d’agost de 2016

Lecturas estivales: Elliot, la rebelión de los catalanes y las galeras de Barcelona



A veces se pregunta uno si la semblanza entre los franceses radica en que todos hacen queso, o si la diferencia se encuentra en el «abismo» que separa un camembert de un rochefort; y acaba uno sucumbiendo a la sensación de que el énfasis en lo uno o en lo otro tiene, por lo general, poco de objetivo. Y depende de estados de intersubjetividad inducida mucho más aleatorios, a la vez que dirigidos, de lo que la mayoría de adeptos estaría dispuesto a admitir.

Viene esto a propósito de las lecturas y relecturas estivales a las que está uno dedicando este verano: bibliografía sobre esto que se le llama «el problema español», y más concretamente el «problema catalán», a cargo de hispanistas británicos. Uno de los mejores, el mejor sin duda alguna, es John H. Elliot, con su impagable «La rebelión de los catalanes: historia de la decadencia de España (1598-1640)» (2013, 2ª ed.). Una obra maestra cuya lectura sume inevitablemente en una tediosa y fatalista sensación, no sé si de «déjà vu» o de eterno retorno de lo mismo, con pandereta incorporada, pero tediosa en cualquier caso, no por la obra, todolo contrario, sino por su lucidez y por lo incontrovertible de los datos que maneja. Datos de historiador, no de mitógrafo. La obra trata de los hechos que llevaron a la revuelta conocida como «La Guerra dels Segadors» (1640-1652); unos episodios tan glorificados por la mitografía nacionalista catalana, como denostados por el nacionalismo españolista.

Pero no dramaticemos, que estamos en verano y de vacaciones, así que me referiré simplemente a una grotesca anécdota que acaso ayude a entender la simpatía de ciertos políticos actuales por los dirigentes de entonces: el de las galeras de Barcelona.

Felipe III había concedido a la ciudad de Barcelona el privilegio de fletar cuatro galeras de guerra con la finalidad de defender las costas catalanas de la incursiones de los piratas berberiscos –una auténtica plaga por entonces-. La concesión fue acogida con gran entusiasmo porque permitía disponer de una fuerza naval propia. Dicho sea de paso, estas galeras aparecen en la segunda parte del Quijote.

La realidad fue algo más prosaica, y la verdad es que suena a rabiosamente actual. Aunque se dotó la correspondiente asignación presupuestaria para construirlas, armarlas y tripularlas, de las cuatro galeras sólo llegaron a construirse dos, que jamás fueron ni armadas, ni tripuladas, sino que permanecieron ancladas y enmoheciendo. Poco después, algunos espabilados sugirieron que se utilizaran para fines comerciales, a lo cual el virrey de entonces, Alcalá, se negó, arguyendo que eran naves militares, no comerciales. Esto desagradó a los que ya se deleitaban con los pingües beneficios que obtendrían comerciando con naves públicas utilizádolas para sus privados y lucrativos fines. Vamos, dicho en términos actuales, fue una imposición de «Madrid» y, como tal, un atentado a los fueros y libertades bla bla bla. No me resisto a citar textualmente los pasajes de Elliot que describen el «glorioso» final del par de galeras. Nos está hablando de la situación a la llegada de un nuevo virrey a Barcelona, en 1623.

“Fontanet se encontró con una provincia descontenta (…) Además, el orgullo nacional había sido seriamente dañado por la pérdida de dos galeras catalanas a manos de los moros de Argel en julio de 1623. La pérdida había tenido lugar en las circunstancias más escandalosas, y confirmaba de lleno el buen sentido de la negativa de Alcalá, durante la época de su virreinato, a dejarlas zarpar sin su permiso.
En vez de hacer el trabajo que tenían encomendado de defender la costa catalana contra los piratas, habían sido utilizadas como barcos mercantes y cargadas con mercancías pertenecientes a la compañía privada de Canoves y Morgades, para su venta en Sicilia. Al estar no solo cargadas, sino sobre-cargadas, habían sido incapaces de escapar cuando los veleros moros aparecieron en el horizonte, y habían caído intactas en manos de los musulmanes.(…)
«Déu ho ha permès, puix allí tots hi són lladres…» señaló el Doctor Pujades (…)”

Por lo visto, el empeño por las empresas patrióticas no es nuevo y hay ilustres antecedentes a Banca Catalana, Hispanair, PetroCat, Andorra y tantas otras. Lo dicho: ¿Eterno retorno o déjà vu?
Una realidad, la de Cataluña en el XVII que describe Elliot, muy distinta al idílico paisaje con fuente que nos narran desde hoy en día los amanuenses del nacionalismo.


divendres, 22 de juliol de 2016

Puyol español



No recuerdo en qué película, o novela, una compañía de actores de teatro ha de representar una obra teatral ante un público de garrulos anarquistas. Se trata de una obra de alto contenido social y con un personaje pérfido donde los haya: el despiadado empresario que maltrata a los obreros y abusa sexualmente de las obreras. En un momento de la representación, un grupo de espectadores indignados ante tanta maldad, la emprende con el actor que está representando al empresario, se levantan de sus asientos y se dirigen hacia él con la intención de lincharlo allí mismo.

Al percatarse del peligro real que le amenazaba, el acojonado actor interrumpe su interpretación y prorrumpe en toda una declaración de principios izquierdistas, manifestando su repugnancia por el papel que le adjudicaron para interpretar, que él no quería, pero que eran cosas del guion y todo esto. Con ello consigue calmar al personal y salvar el pellejo.

Viene esto a cuento del reciente spot futbolero protagonizado por Carles Puyol, ex jugador del Barça y de la Selección. Se trataba, al parecer, de publicitar la liga de fútbol española en China, o algo así, y se le eligió a él por ser, también según parece, el futbolista vivo más laureado. Empezaba presentándose: “Soy excapitán del Fútbol Club Barcelona. He ganado seis ligas. He ganado tres Copas de Europa, un Mundial y una Eurocopa. Soy Carles Puyol, soy español. Soy español, soy Carles Puyol”.

Todo un anatema en los ambientes del nacional-futbolismo rampante que campea por los pagos catalanes, porque resulta que Puyol es catalán, y esto se supone que un buen catalán no debe decirlo, ni siquiera en broma; ni siquiera en un anuncio. Y claro, los amigos de rasgarse las vestiduras y los celosos inquisidores especializados en la localización de traidores y renegados a la causa, no han tardado en ponerlo a caer de un burro y montarle una campaña de linchamiento mediático en toda regla a través de las redes, señalándolo como traidor y renegado, de botifler, por decirlo en términos suaves.

Como en la obra de marras que citaba al principio, en la cual un público cenutrio confundió al actor con el personaje al que interpretaba, la fanatizada  parroquia indepe ha cargado contra el pobre Puyol por haber interpretado un guion en el que tocaba proclamar su condición de español. Con una diferencia decisiva: aquí no se trata de un recurso para denunciar la estupidez en una obra de ficción, sino de manifestarla pura y simplemente en toda su cruda realidad.

De momento, Puyol no ha hecho como el pobre actor de teatro y no se ha disculpado, sino que se ha limitado a decir que imaginaba que el vídeo sólo se vería en China. ¡Pero es que vamos a ver! ¿quién cojones es nadie para decidir lo que uno se siente o, peor aún, para recriminarle lo que diga de acuerdo con el guion de un spot publicitario cuya finalidad era, además, promover la Liga española en China? ¿Y cuál es el problema si se siente español?

La verdad es que me la suda que Puyol se sienta español, catalán o ciudadano de Pernambuco. Igualmente, mi interés por el fútbol es más bien tenue. Pero el nazional-futbolismo es distinto, y una cosa está clara, ciertos fanatismos son un auténtico peligro social porque viven del enfrentamiento y sólo en la radicalización encuentran su sustento. Y si la sociedad no reacciona contra ellos, es que está enferma.

Lo gracioso del caso, si es que una tal manifestación de fanatismo e intolerancia puede considerarse graciosa, es que esos mismos garrulos que ahora se meten con Puyol, estarían ciscándose en la pérfida España si el anuncio lo  hubiera realizado, por ejemplo, Iker Casillas. Y ahora mismo estarían sentenciando concluyentemente «¿Lo veis? Han elegido a uno del Madrid porque para los españoles los catalanes no cuentan… porque, a ver, si el que tiene más títulos es Puyol, ¿por qué no lo eligieron para el anuncio? ¿No lo sabéis? ¿No se os ocurre? ¡Pues claro, hombre! porque es catalán y fue jugador del Barça…»
Es decir, lo mismo, pero al revés, que el inefable Torrente, en aquella impagable escena cuando, ante la tumba del Fary poniéndole al corriente de lo sucedido desde su muerte, concluye: «Y prácticamente nada más, Fary… Bueno, sí, ganamos el Mundial, pero eran casi todos del Barça, así que no cuenta». Sólo que, una vez más, Torrente es ficción, aunque tanta gente pugne por parecérsele, mientras que la ira de los beocios independentistas no lo es, aunque vivan en ella. ¡Vaya tropa!

divendres, 15 de juliol de 2016

Una princesa en Niza



En Niza nació Garibaldi, cuando era italiana. Luego los ingleses, con su invención del turismo de masas, dieron nombre a su principal paseo, “la Promenade des anglais”. La Côte d’Azur, ya se sabe… Allí mismo, y aun más al lado, en Montecarlo, están los ubérrimos jeques árabes.

En «Una princesa en Berlín» (Arthur R.G. Solmssen, 1980), hay una escena que tal vez sea repetitivamente premonitoria; y lo de repetitivamente es porque ya lo fue una vez. Berlín, año 1922; inflación desbordante hasta un dólar por mil millones de marcos; la gente va a comprar con el carrito repleto de billetes que no valen nada porque hay tantos, o porque hay tantos no valen nada. Eso a la gente no le importa, simplemente saben que no valen nada y que no pueden comprar casi nada. Miseria, malestar y crisis posbélica, y posrevolucionaria. En un cabaret, un grupo de turistas norteamericanos, apostados en la barra, se dedican a tirar monedas de centavo de dólar para que las bailarinas, y las que no lo son, alemanas, se agachen para recogerlas y así mofarse –y regodearse- cuando les asoman las bragas al inclinar los cuartos traseros. Al fondo, un grupo de alemanes, con su consumición agotada y sin dineros para otra, se lo miran de refilón circunspectamente y con semblante humillado. El narrador dice a propósito de la escena: “Entonces comprendí que alguien iba a pagar por esto”…

La princesa sobrevivió a Berlín, quizás para ser luego atropellada ayer en Niza por un fanático psicópata nada aislado. No sé si alguien pagará por esto, pero de momento todo suena a mensajes de dolor, condolencia, recitado de mantras manidos y pusilanimidad de políticos mediocres y prisioneros de sus intereses y limitaciones tan evidentes. De momento pagó la princesa. Pero el petróleo del EI, o como se le llame, sigue consumiéndose por acá.

Hasta que no enteremos de que nos han declarado la guerra y sigamos sin atrevernos siquiera a mirarle a la cara al enemigo, envolviéndonos en flatus vocis tan vacuos como manidos, estaremos perdiendo esta guerra y seguiremos sin haber entendido nada. Y claro, en Francia, votos para Le Pen, cómo no. Y en otras partes.

Esta mañana, debido a las horas que me he tenido que tirar en carretera, he estado escuchando prácticamente todas las declaraciones que nuestros preclaros líderes, políticos y mediáticos, han tenido a bien evacuar, a cuál más pusilánime y estulta. No eran tan poco animosos cuando los atentados eran de ETA… Y me pregunto por qué.
¡Pobre princesa!

dilluns, 4 de juliol de 2016

En busca del sorpasso perdido



Como si del Arca o del tiempo perdido se tratara, andan ahora en Podemos metidos de lleno en la tarea de desentrañar el porqué del último fracaso electoral. Tal vez la primera lección que deberían extraer sea que no hicieron bien los deberes y que los politólogos también pueden equivocarse. Claro que como lo de los deberes no les va, o al menos esto es lo que se infiere del hecho que apostaran por suprimirlos en la escuela, acaso no busquen por tales pagos. «Hay que ser más humildes», les espetaba aquel cura porteño a sus feligreses en el sermón dominical, previniéndoles contra su idiosincrática petulancia. «Haced como Jesucristo: pudo haber nacido en Buenos Aires, pero no quiso», les aconsejaba.

A medida que las llamadas ciencias sociales se van desprendiendo progresivamente de sus dependencias filosóficas, muy especialmente en los curricula universitarios, donde la Filosofía o no está ni se la espera, o simplemente se trivializa hasta límites académicamente aberrantes, cada vez se tiende más a considerarlas unas nuevas ciencias exactas –apelativo que ni los matemáticos aceptan hoy para su disciplina-, y luego, claro, pasa lo que pasa.

Que todo un profesor universitario como Pablo Iglesias no hace ni siete meses le recomendara públicamente a su contrincante, en un debate electoral televisado, «La Ética de la Razón Pura» (sic), de un tal Kant, sin pestañear ni autocorregirse, demuestra que fue algo más que un mero lapsus linguae. Y no mejora precisamente la cosa que el gazapo surgiera  porque el otro candidato –el ciudadano Ribera- acabara de afirmar que Kant era para él un referente ineludible, admitiendo a continuación –ante la inoportuna pregunta de un estudiante- no sólo que no había leído nada de este autor, sino manifestándose incapaz de citar, siquiera de memoria, algún título suyo, y que ante tal bochorno, Iglesias se ofreciera amablemente a recomendarle «bibliografía». Ahora ambos andan a la búsqueda de una respuesta «científica» que explique su reciente fracaso…

Si carecemos de la menor idea sobre la fundamentación de conocimientos cuyas aplicaciones utilizamos a diario, corremos el riesgo certero de incurrir, tarde o temprano, en una fetichización, si no sacralización, de lo que es un simple instrumento. Dicho en otros términos, a la manera de Hegel, si en el templo del conocimiento no hay un sanctasanctórum, cualquier santo puede acabar encumbrado en Dios, y esto, pese a los estragos que ha causado el politeísmo católico, sigue siendo idolatría; en términos epistemológicos, también. Y esto es lo que les pasa a estos chicos.

Ahora buscan con ahínco acertar en qué erraron, pero lo buscan en el manual de instrucciones de uso, para saber cuál fue el paso que no siguieron correctamente según dicho manual. La posibilidad de un error conceptual de fondo, previo al manual e inherente a él, no se les pasa por la cabeza ni por asomo. Y éste es un error de nivel de abstracción superior a cualquier otro de instrumentalización práctica que puedan eventualmente haber cometido.

Quizás porque el error de base sea de comprensión, no de descripción. El clamoroso bluf de las encuestas, por ejemplo, no se puede solo describir, sino que previamente requiere ser comprendido. Ímproba tarea tienen por delante, tendrán que estudiar mucho antes. Y hacer deberes. Es lo que hay.

dissabte, 2 de juliol de 2016

Más sobre el Brexit




Hablábamos en la anterior entrega de las paradojas que sugiere el Brexit ¿Pero y el referéndum?

Según los datos que se han publicado, la distribución del voto en el referéndum ofrece claros contrastes, generacionales, territoriales, «nacionales» y, cómo no, de clase. Las cohortes generacionales más jóvenes -acaso por haber crecido crecido ya de lleno en el proyecto europeo- se han pronunciado mayoritariamente por el «remain», mientras que las de más edad lo hicieron por el «exit». Por territorios, a su vez, arroja otro dato altamente significativo: las poblaciones urbanas de las grandes ciudades apostaron por la permanencia, las más provincianas y rurales optaron mayoritariamente por la salida. Es decir, ha sido la Inglaterra profunda la que ha ganado el referéndum. No así en Escocia e Irlanda del Norte, donde ganó el «remain» -¿Algo más que un voto simplemente anti-inglés?-, lo cual puede traer nuevos problemas añadidos si, como parece, Escocia plantea con motivo del brexit una nueva consulta independentista, que esta vez ganaría con claridad, o si Irlanda del Norte opta por alguna forma de integración en la República de Irlanda que le permitiera seguir en la UE.

Finalmente, por grupos sociales, empresarios, clases medias más o menos cultivadas y universitarios, parecen haber optado por Europa, frente al brexit de las clases trabajadoras más humildes, castigadas por la crisis y las políticas neoliberales de sus gobiernos -desde los tiempos de la manifiestamente antieuropea Margaret Tatcher-, que ven en la UE y en la inmigración el origen de todos sus males. Es decir, algo así como si las víctimas propiciatorias de las políticas neoliberales hubieran decidido darle una patada a Tatcher en el culo de Europa. Toda una ironía. Ello sin olvidar a significativos ejemplares de la aristocracia más rancia, familia real incluida, partidarios también del Brexit, pero por otras razones.

En cierto modo, podría decirse que la vieja Inglaterra, siempre recelosa del Continente, ha decidido poner fin al progresivo proceso de europeización que su población estaba experimentando, antes de que fuera demasiado tarde. Pero tampoco es que hubiera en la UE ningún inminente proceso de convergencia o integración que resultara inasumible para el espíritu británico. Incluso más bien todo lo contrario. Además, mantenía su libra esterlina en una cómoda situación de independencia frente al euro del que parasitaba. ¿Por qué entonces el Brexit? ¿Nostalgia imperial? ¿Imposibilidad psicológica de admitir la supremacía de una Alemania con la que sintonizaba perfectamente, cada cual desde sus respectivas posiciones?

¿Y cuál es el escenario que se abre ahora? Algunos parecen temer que otros países, espoleados por sus respectivos populismos, puedan sentir la tentación de seguir el ejemplo inglés, como Holanda, Dinamarca, o incluso Francia, lo cual abriría, quizás irreversiblemente, una brecha definitiva. Otros afirman que el Brexit será malo para la UE, pero peor para el Reino Unido o lo que quede de él. Europa, al fin y al cabo, podrá superarlo y hasta es posible pensar que, sin Gran Bretaña haciendo de escudero de Alemania, se abriera una etapa más social en lo que hasta ahora había sido sobre todo la Europa de los mercaderes; o la famosa Europa a dos velocidades, con un núcleo duro en la zona euro y una periferia externa a ella. ¿Hasta qué punto el ingreso precipitado de tantos países no habrá sido contraproducente para la idea de Europa? ¿Y quiénes la propiciaron?

En fin, no parece que el brexit sea una buena idea para el Reino Unido, y esta es la razón por la cual pienso que se trata de un postureo que, al final, no irá a mayores. Muy especialmente porque donde se cuecen las habas británicas -la City y el gran capital financiero- la salida de Europa resulta particularmente enojosa. Y desde el mundo neoliberal de la UE, lo mismo. De modo que creo que, al final, el Brexit no se consumará. Como mínimo explícitamente, al menos en la medida que lo implícito está siendo un «eurexit», en la línea de lo apuntado hoy mismo por Manuel Castells en un excelente artículo.

¿Y cómo se las arreglarán para subvertir el resultado de un referéndum vinculante? Muy fácil. Permítanme aventurar algunas hipótesis. Una posibilidad sería otro referéndum –no deja de ser curioso que un 7% de los votantes mostrara, sólo dos días después de la votación, su «arrepentimiento» por haber votado brexit. Pero es que no creo que ni siquiera haga falta organizar un nuevo referéndum. Vamos a imaginar el siguiente escenario.

La salida de la UE es un proceso laborioso que llevaría al menos dos años hasta ser efectivo, y en este tiempo pueden pasar muchas cosas. El apremio de la Comisión Europea instando al gobierno británico a actuar con celeridad no ha de verse, desde esta perspectiva, sino como una ayudita al gobierno británico. En unos meses, el primer ministro David Cameron hará efectiva su anunciada su dimisión y, o bien le sucede quien designe el estado mayor tory, o se convocan nuevas elecciones. En el primer caso, el sucesor debería pilotar la desconexión con Europa; en el segundo, ya veríamos.

Hasta ahora, los populismos han estado difundiendo los males que supuestamente provenían de la pertenencia a la UE, ante la relativa pasividad de los partidarios de seguir en ella y de una clase política vagamente europeísta, por convicción o conveniencia- pero algo atolondrada. Ahora las tornas pueden cambiar pasando acaso al primer plano los inconvenientes y problemas que derivarán de salir de ella. Imaginemos que se convocan nuevas elecciones y, con Cameron o no al frente de los tories, se anuncia como punto primero e irrenunciable del programa electoral la permanencia en la UE. Y que lo mismo hacen los labour y hasta los desaparecidos libdem. O si se quiere, con la promesa de convocar rápidamente un nuevo referéndum para revocar el anterior. Eso sí, con la debida salvaguarda de los irrenunciables intereses británicos... que comportaría una modificación no sólo del estatus británico, sino de todos lo miembros.

Puede parecer un órdago muy peligroso, pero con todo el establishment  metido en faena ¿alguien piensa verdaderamente que el UKIM ganaría las elecciones? No sé, a mí me parece del todo improbable. Y más si se empieza a anunciar que Escocia y el Ulster se largan; que las consecuencias de salir de la UE serán mucho peores que la que comporta permanecer en ella etc. Los ingleses puede que sean muy suyos, pero no son tontos; lo han demostrado muchas veces a lo largo de la historia. Y hasta puede que la generosa Europa, bajo presión alemana y de otros disidentes, haga de su capa un sayo y les apañe algún que otro privilegio estatutario a cambio de la permanencia. Así que, salvado el honor, se quedan y todos contentos. Y es que, después de todo, Inglaterra es tan Europa como el que más.

¿Estamos ante una astuta estratagema inglesa para mejorar su posición en la UE? ¿O simplemente ante una fantasía delirante? Pues no lo sé, la verdad, pero a mí me da que lo primero. Sólo que a lo mejor la estratagema no es sólo inglesa y de lo que se trata es de salvar los negocios guardando las apariencias, y encubriendo un innombrable «eurexit».

divendres, 1 de juliol de 2016

La paradoja del Brexit




El Brexit produce en principio una sensación ambivalente y contradictoria. Por un lado, y desde una perspectiva que genéricamente denominaremos como «europeísta», parece claro que una de las razones primordiales que indujeron en su momento a Gran Bretaña a entrar en la UE fue la de evitar que la cosa fuera a mayores. Que quedara como una unión económica al servicio de los grandes poderes y evitar a cualquier precio que se avanzara en cualquier atisbo de proyecto que, siquiera remotamente, apuntara hacia una unificación política. No en vano, la política británica durante los últimos cinco siglos ha consistido en jugar las cartas necesarias para evitar que en el «Continente» -como ellos lo llaman- surgiera una potencia hegemónica que amenazara con unificarlo más o menos. No se trata de valoraciones, sino simplemente de constataciones.
Publicado en Catalunyavanguardista. El artículo completo, aquí.
 

dilluns, 27 de juny de 2016

Desvaríos poselectorales



Aducir que la fecha de las elecciones favoreció la abstención, y ésta la victoria de la derecha, no es sólo una frívola banalización de la democracia, sino también, y sobre todo, una excusa de mal pagador. Que en muchas comunidades –no en todas- fuera un fin de semana con puente, verbenas y hogueras, sin duda propició una mayor abstención entre aquellos que prefirieron irse a la playa en lugar de quedarse en casa y votar, pero no veo en qué habría favorecido esto a la derecha ¿O acaso los ciudadanos con segunda residencia son mayoritariamente de izquierdas?

Igualmente, que a estas alturas haya todavía quienes se rasguen las vestiduras preguntándose cómo es posible que la gente siga votando mayoritariamente a un partido de derechas y apestado por la corrupción como el PP, lo único que demuestra es que, si alguien no ha entendido nada, son precisamente los que se hacen esta pregunta.

Lo mismo que el Brexit, un comodín multiuso que, a falta de datos, sirve igualmente para explicar cualquiera de los posibles resultados que las elecciones hubieran podido arrojar, incluidos los que señalaban las encuestas previas y a pie de urna. Por cierto, y hablando de encuestas, ya va siendo hora de que, en lugar de tanto «cocinar», las empresas del sector emprendan un ayuno riguroso y cuelguen el cartelito «cerrado por incompetencia manifiesta».

Lo de Cataluña es como lo de la pregunta del segundo párrafo, pero empeorado. Preguntarse cómo Convergencia y ERC pueden haber conseguido mantenerse es ignorar los efectos acaso irreversibles que siglos de carlismo e iglesia montserratina, más los decenios recientes de pujolismo y LOGSE, han ejercido sobre la población de tan aciagas tierras. «Dissortada terra nostra», que decía Espriu.

Con todo, el batacazo del ciudadano Rivera ha conseguido que pase más desapercibido el de Podemos, creo yo que de efectos mucho más devastadores para su futuro inmediato -sin que el futuro de C's sea tampoco muy esperanzador, pero sí más previsible-, a poco que consideremos la posibilidad de que sus «confluencias» empiecen a abandonar un barco cuyas vías de agua ellas mismas contribuyeron a abrir.

Lo de Ciudadanos entra dentro de la lógica de la política: la gente siempre acaba prefiriendo el original a una (mala) copia. Todo circo mediático tiene sus límites, y Ciudadanos los ha traspasado con creces sin que vaya camino de aprender. Escuchar a Rivera decir ahora que nunca hubo un veto a Mariano Rajoy es, además de patético, altamente indicativo. Lo de Podemos, en cambio, aunque afectados por igual en lo tocante al circo mediático, se me antoja mucho peor, porque las dimensiones de su desastre son de mucho mayor calado, muy especialmente si pensamos en la envergadura del proyecto que decían acometer.

Para empezar, el frustrado «sorpasso» al PSOE ya se había producido el 20-D: los votos de Podemos y sus confluencias sumados a los de Izquierda Unida, superaban a los del PSOE, de modo que haber obtenido ayer los mismos escaños juntos que hace seis meses por separado no es un estancamiento, sino un retroceso en toda regla. Si sumando los votos que obtuvieron por separado les correspondían entre 85 y 95 diputados, y se han quedado en 71, es que han «perdido» entre 15 y 20, que no es moco de pavo. Y es que sus expectativas de crecimiento, no sólo no se han producido, sino que han sido incapaces de mantenerse. Toda una invitación a la autocrítica. A menos que asumamos, claro, que los domingueros que no perdonan un puente son mayoritariamente electores podemitas, lo cual sería toda una ironía.

Podemos corre el serio riesgo de entrar en un proceso de implosión agravado por las propias características del movimiento. Porque su principal problema es que es un movimiento, no un partido. Y la verdad, no creo que el error haya sido el pacto con Izquierda Unida, al menos no esta vez, sino que se encuentra en la propia dotación genética de un movimiento que, reivindicándose como la nueva izquierda, en la práctica sólo ha incorporado a su proyecto los restos del naufragio de la vieja izquierda, así como el sincretismo posmarxista y antiilustrado en que ésta se ha movido durante las últimas décadas. Tal vez Podemos pudo haber sido el nuevo partido de izquierdas que el país necesitaba, de haber sabido metabolizar un proyecto más serio y vertebrado… Mucho me temo que va a ser que no.

Y aunque el PSOE haya obtenido los peores resultados de su historia desde 1977, el derrumbe de Podemos ha consolidado en cierto modo su posición, ocultando momentáneamente su precaria y declinante trayectoria. Su destino es ahora el de la gran coalición como única tabla de salvación ante un incierto futuro que no parece capaz de sacudirse: el de convertirse en el PRI de la mitad sur de España. Pedro Sánchez tal vez siga, pero maniatado por los barones meridionales y con el aliento de Susana «Díez» en el cogote. Tampoco se le auguran perspectivas muy halagüeñas.

Al final resulta que el único que ha salido fortalecido es el PP de Mariano Rajoy –para desgracia de Aguirre y sus acólitos-, por el simple procedimiento de esperar a que los otros se estrellaran. Ha demostrado, si no ser el más listo, sí el menos tonto y el más curtido en lides tan procelosas como las del politiqueo hispano. Y ha sido, hay que reconocerlo, el más serio de los candidatos. Su estrategia ha consistido, como en aquel cuento oriental, en sentarse a la puerta de su casa y esperar a que pasara la procesión del entierro de sus rivales. Se lo han puesto fácil.
Además, ahora tiene la gran coalición al alcance de la mano, y todos los números para ser su máximo beneficiario.

Así, mal, muy mal.



Acaba de afirmar Pablo Iglesias, en directo, que la estrategia de las confluencias se ha manifestado como la más adecuada y que en ella van a perseverar. Pues discrepo, aunque yo no sea nadie como para discrepar: más bien pienso que éste ha sido el error que le ha llevado hasta el revolcón de hoy; al menos «revolcón» según las expectativas autoproclamadas.

Es duro tener que decirle a un líder político de izquierdas que aspiraba al «sorpasso», y que además es profesor universitario en ciencias políticas, que el electorado de izquierdas es en el fondo jacobino; es lo único que le une, la vieja conciencia de clase, aunque esté algo desclasado y, por supuesto, pero precisamente por ello, escasamente proclive a convertir a la izquierda en una jaula de grillos, o de confluencias de intereses inconfesables. Bastaba con ver, o escuchar, pocos minutos antes, las declaraciones de la que tiene por nombre el de la madre de San Agustín –y tan parecida a ella en talante-, o las de la (H)Ada convencida de sus poderes futuribles, para entender que lo de las confluencias es el peor error que cometió Podemos desde sus más tiernos inicios. No se trata de negar identidades, pero menos de regodearse en ellas a lo Susana «Díez» (lo del PSOE lo dejo para otro día). Hubiera sido un buen momento para la autocrítica que no apareció… ¿No querías sopa, pues dos platos? Eso sí, sin deberes… Es decir, sin autocrítica. Luego, si no se aprende de los errores, de qué se aprenderá ¿de los éxitos hipnagógicos?

Es también duro, pero no exento de comicidad, tener que recordar que el término «sorpasso» en estas elecciones ya concluidas, ha estado falseado y adulterado «pro domo sua»  por los medios de siempre, y que los genios mediáticos de la confluencia podemita mordieron el anzuelo como pardillos. Porque el «sorpasso» en la Italia del momento, era que el PCI adelantara en resultados a la DCI, no al PSI que, pobrecillo, se comía las migajas de la izquierda y las ostras de la derecha que le ofrecía la DCI –véase el caso Bettino Craxi-. Vamos, que si erre que erre, aquí no se corrige nada.

Hay un vencedor, Mariano Rajoy. El mismo al que el canal que hoy babeaba por su «éxito», puso a caer de un burro hace una semana por negarse a asistir a un patético espectáculo debatiendo con la familia Cebolla-Sarasa –entre otras-, al cual se prestaron gustosamente los otros tres candidatos. Y augurándole los coach’s y los tertulianos profesionales, por este desprecio a las «familias», que esto le iba a costar muy caro electoralmente. Al final, la seriedad, aun fingida, sale rentable.
Conclusión: hay derecha, pero no es C’s; y no hay izquierda… sigue sin haberla.