dilluns, 20 de febrer de 2017

Manifiesto por la Educación




He participado en su elaboración y ruego la adhesión a quien esté de acuerdo con lo que allí se dice.

 
 
 

Las nuevas tecnologías como pretexto educativo



Es indiscutible que las nuevas tecnologías han venido para quedarse y que dejarán su impronta en el sistema educativo. Otra cosa es cómo y en qué medida. Para algunos son la panacea que va a resolver todos los problemas del sistema educativo y arrollará con todo lo que en él pervive de obsoleto. Una afirmación, ésta, más ideológica que otra cosa, y propia de ciertos relatos pedagógicos cuya fascinación por las nuevas tecnologías se limita a pretextarlas en provecho propio.

En esencia, lo que desde estos relatos viene a decirse es que el sistema educativo deberá adaptarse a la propia lógica de estas nuevas tecnologías, lo que comporta una transformación a fondo que afecta también a los contenidos. No se trata solo de substituir las viejas pizarras y los libros de texto, por pantallas digitales y ordenadores o móviles, además de al maestro por no se sabe muy bien qué, sino de algo de mucho más calado: la aplicación de las nuevas tecnologías al sistema educativo no afecta solo a «cómo» se aprende, sino también a «qué» se aprende.
Tampoco es que estemos ante ninguna novedosa primicia (...)

El artículo completo, en Catalunya Vanguardista, aquí.

dimecres, 15 de febrer de 2017

¿Martirologio o bufonada?



La verdad es que uno ya no sabe si se las está habiendo con la más redomada de las astucias o con la más vergonzante de las vilezas. En cualquier caso, sí parece que el «procés» se está perdiendo una oportunidad de oro para internacionalizar y difundir la causa indepe en el mundo mundial, aprovechando los torpes errores del contrario. Porque la verdad es que con el proceso chirigota por el referéndum barbacoa, se las están poniendo como a Fernando VII. Y es entonces cuando le atenaza a uno la terrible sospecha de que acaso esta oportunidad de oro se esté malogrando por falta de entusiasmo martirológico en los tres próceres patrios implicados.

No sé a ustedes, pero a uno le cuesta imaginarse a Gandhi alegando ante el tribunal que no era una huelga de hambre, sino que aquel día no tuvo ni para comer; o a Fidel Castro alegando que estaba convencido de que el Fuerte Moncada llevaba años abandonado y que lo suyo fue una partida de caza con unos amigos; o a Nelson Mandela manifestando su profundo respeto por las leyes del apartheid y negando haber tenido la menor intención de transgredirlas, después de liar la que lió…

Y claro, lo lógico era pensar que ahora el «astuto» y sus «astutas» iban a aprovechar la situación para declarar la ilegitimidad de las leyes españolas y su desobediencia a éstas; que iban a dar la cara y que, alto y fuerte, iban a decir que sí, que montaron el referéndum ¿y qué?; que ahí queda eso y a ver si tienen redaños de meterlos en la cárcel; que iban a tener que entrar en la sala esposados y empujados por la benemérita y que estas imágenes se difundirían por todo el mundo como demostración de la opresión nacional que sufre Cataluña, ocupada desde hace tropecientos años por  la fuerzas invasoras españolas. Y que un valiente y dos "valientas" estaban dando la cara por todo un pueblo. Con un par.

Imaginaba asimismo que con esta actitud, el líder y las lideresas, la catalana trinidad «Mas & (Ortega & Rigau)» marcaría el camino hacia la desobediencia inminente que reclaman a los suyos, poniéndose como ejemplo a seguir. Y en definitiva, que iban a reafirmarse en las mismas declaraciones, arengas y bravatas que a diario proferían para enardecer a las masas y conminarlas a la obediente desobediencia debida contra la pérfida España…

Y va y resulta que no, que la catalana trinidad se resuelve en el trío lalalá y que de la tragedia pasamos a la comedia. Porque parece ahora que lo del referéndum fue un malentendido o algo que no iba con ellos, sin que alguno o alguna ni siquiera pasara por ahí. Resulta que el "astuto" alega que no le avisaron de las responsabilidades en que incurría de persistir en un referéndum/mojiganga cuyo mérito se atribuyó jactanciosamente en exclusiva. Al parecer, también ahora resulta que todo fue cosa del populacho y de los voluntarios, que por lo visto abrieron los institutos a martillazos, o quizás, habrá que suponer ante la falta de desperfectos, a la mágica voz del ¡Ábrete sésamo! del celebérrimo Alí-Babá, para improvisarlos como colegios electorales. Y pues eso, que son inocentes, pero no porque no acepten las leyes españolas y asuman orgullosamente haber hecho aquello de lo que se les acusa, sino que fundamentan su inocencia en la negación de haber hecho lo que proclamaron a los cuatro vientos estar haciendo. Lo primero podría ser un juicio político; lo segundo, llámenle ustedes como quieran.

Yo lo llamaría un insulto a la inteligencia, y a los infelices que creían estar obedeciendo el mandato de unos líderes indignos que ahora niegan toda responsabilidad y se la atribuyen a Fuenteovejuna. Y es que no estamos en Fuentovejuna, sino ante un buffo alcalde de Zalamea que niega después haberle dado garrote al capitán tunante, alegando que fue el verdugo quien lo hizo. Por cierto ¿qué hubiera hecho luego el rey con un alcalde de Zalamea tan zafio y cobarde? 

dimecres, 8 de febrer de 2017

Epistócratas (II) (hacia un neocensitarismo de hecho)


 
 
Decíamos a raíz de la crítica «epistocrática» que, aunque a distintos niveles –no es lo mismo un «hobbit» que un «hooligan», después de todo- el problema es que el ciudadano medio vota y «decide» sobre cuestiones cuya comprensión se le escapa y sobre las cuales no está capacitado para decidir. La gente se puede equivocar al votar y ello se debe, en definitiva, a la falta de formación sobre aquello que decide cuando vota. Una falta de formación que puede provenir del desinterés, de la desinformación, de información falaz o distorsionada, ya sea por intoxicación, por manipulación o por pura ramplonería. En definitiva, que se equivoca… al menos cuando vota por el Brexit o por Trump, o por el FN en Francia, en fin. Y equivocarse significa que uno se está pronunciando contra lo que le conviene –o acaso contra «lo que conviene»- por incapacidad de discernimiento sobre aquello que decide. Volvemos, parece, a la moral socrática de manual de la que hablábamos en la anterior entrega: si alguien obra mal o yerra es porque desconoce el bien, por ignorancia...
(El artículo completo, en Catalunyavanguardista, aquí)

divendres, 27 de gener de 2017

Arribando al Far West educativo

Ignoro si se trata del acosador o del acosado, o de una simple reyerta entre gañanes, pero lo cierto es que la inhibición de las autoridades, la desautorización del profesorado, la equiparación entre el agresor y el agredido a través de la "mediación" como si se tratara de una simple diferencia de pareceres, la ocultación sistemática de la realidad en aras al buenismo garantista y a que no cunda el alarmismo, así como demás tonteces que me ahorraré citar, llevará a que tarde o temprano cada cual empiece a tomarse la justicia por su mano.
 
Un joven de 17 años apuñala a tres (o cinco) compañeros de clase.
Con un "currículum académico excelente", se investiga si sufría acoso. 
La noticia completa, AQUÍ y  AQUÍ

dilluns, 23 de gener de 2017

Epistócratas (I)



Se les llama «epistócratas» -por lo de la ἐπιστήμη griega, se sobreentiende-  y cuestionan la idea de democracia en su mismísimo axioma fundante: un hombre, un voto. El problema es precisamente que cualquiera pueda votar y que todos los votos valgan lo mismo. Surgen sobre todo a raíz de las victorias del Brexit y de Trump, sugiriendo que la democracia se está confrontando con sus propios límites. Porque, más allá de que así sea por convención ¿cómo puede tener el mismo valor el voto de un desinformado, un desinteresado o un ignorante, que el de un ciudadano responsable, informado e instruido, siempre meditado y ponderado? Si todos los votos valen lo mismo, vamos mal. Y lo bueno del caso es que no parece que les falte razón. Su apóstol más reciente es Jason Brennan, y su provisional Biblia «Against Democracy» (Princeton University Press, 2016), que como en toda biblia, una cosa son los designios del autor y otra las interpretaciones de los profetas que se difunden entre los adeptos.

Para empezar, no se trata de nada nuevo, pero sí novedoso; las críticas a la democracia son tan viejas como ella misma, como el propio Brennan admite, para desmarcarse de ellas. Lo novedoso estaría en relación al contexto en que se inscribe dicha crítica y la posición desde la cual se plantea: el recorrido histórico de la democracia estaría llegando a su punto final como consecuencia de la inevitable desvirtuación que comporta el despliegue de su propio concepto en todas sus potencialidades, cuyas carencias se manifiestan con más intensidad contra más se desarrolle en su aplicación, y a cuya implosión estaríamos asistiendo en la actualidad. Lo del Brexit o lo de Trump serían los ejemplos de unas carencias conceptuales de mucho más calado; la punta visible del iceberg.
(El artículo completo, en Catalunyavanguardista, AQUÍ)

dilluns, 16 de gener de 2017

Militancia y Yihad (3) (¿Antropología del islamismo?) VI


Otro modelo que guarda muchas analogías con el del terrorista suicida islámico sería el de los jóvenes sicarios al servicio de los señores del narcotráfico, muy especialmente en entornos locales centroamericanos. Rara vez alguno de estos jóvenes sobrepasa los veinte años. Saben que su vida será corta. Asumen una vida mejor que procuran vivir lo más intensamente posible –en lo que para ellos signifique intensamente- que, pobres de solemnidad, no podrían siquiera soñar. Es decir, acaban prefiriendo una vida corta y delictiva, aun sabiendo que más temprano que tarde acabarán muertos de un tiro o a machetazos, pero esnifando coca, a otra acaso más larga, cultivándola en condiciones de vida miserables. Asumido esto, carpe diem mientas dure. A lo mejor, en un primer momento, deciden conscientemente que prefieren una vida breve, intensa, a una inciertamente más larga, pero de pobreza y miseria. Luego, la inercia y la adquisición e interiorización de los hábitos orgánicos, obran como técnicas de modificación de conducta y muy probablemente ni se lo plantean. Es el orden de las cosas. El elemento coercitivo sigue siendo, por supuesto, primordial. Al traidor se lo castiga implacablemente y con especial crueldad; y si hace falta, a su familia también. Éste es, pienso yo, el modelo; el fanatismo religioso es la cobertura, el pretexto.

En el caso de los sicarios de poca monta de las organizaciones del crimen y la droga, el único paraíso que esperan después de su muerte es, en el mejor de los casos, que en su barrio les compongan algún narcocorrido. El paraíso ya lo vivieron, o eso piensan, breve, pero intensamente, en su corta vida. En el de los terroristas suicidas islámicos y sus organizaciones, el modelo es similar. Seguimos bajo los parámetros de una estructura fuertemente jerarquizada y militarizada, donde el elemento religioso juega sólo un papel de pantalla exterior de cara a la identificación con el grupo y a su homogeneización, pero pienso que poca cosa más. En definitiva, no es un tema de fe, sino que la religión es una cobertura para la identificación del individuo en una determinada realidad que le anticipa ocasionalmente en vida un paraíso con el que nadie cuenta más allá de la muerte.

En el caso que nos ocupa, estamos hablando de jóvenes nacidos y criados en barrios europeos, generalmente convertidos en ghettos, de segunda o tercera generación de inmigrantes. En muchos casos aculturizados, para los cuales la identificación en el grupo representa una salida del nihilismo propio de las sociedades en que han crecido y en las cuales, en gran medida, viven en la marginalidad; una marginalidad que pervive en su vida organizativa y militante, pero entonces con sentido. Y acaso este sentido sea su paraíso. ¿Sabe alguien de algún caso en que el hijo de algún multimillonario saudita se haya inmolado en un acto terrorista suicida? Si, puede que tal vez alguno, pero de haberlo, sería para ejemplarizar: siempre hay algún vástago de las élites que ha de caer para que el montaje no se desmonte, pero el resto acostumbra a quedarse a buen resguardo.

¿Y qué tipo de paraíso anticipado es el que se les ofrece a los adeptos destinados carne de suicidio? Algo parecido al de los sicarios del narcotráfico, sólo que, aquí sí, mas atemperado acaso por el rigorismo religioso estético y por la promesa de redención colectiva que, en el caso del sicario, era sólo individual y con incierta fecha de caducidad. Luego, cuando toca, se asume sin más; o sin menos. Que de todo debe haber, y el factor de coerción externo sigue sin duda ahí, por si acaso su interiorización no hubiera acabado de arraigar.

Pensemos, por ejemplo y a propósito de los mismos atentados de Bruselas que los hermanos del vídeo, en «el hombre del sombrero» que apareció en los noticiarios; el desaparecido implicado en los atentados de Bruselas. ¿Se rajó a última hora o estaba allí para controlar? No lo sé, pero apostaría a que, así como al hashshashín le seguía otro para vigilarle, puede que lo mismo, o algo parecido, ocurra con los terroristas suicidas. Y hasta pensable que, tarde o temprano, los explosivos pegados al cuerpo los acabe accionando otro a distancia, no fuera a flaquear el «héroe» en el último momento y dejara de pagar la deuda contraída con la organización. Ignoro si es así, pero lo considero plausible. Y si no es todavía así, seguro que lo será a poco que empiece a haber un porcentaje significativo de rajaos de última hora, como parece que ha ocurrido ya en algunos casos. Si de verdad, como según parece ser, uno de los terroristas de Bruselas se cagó a última hora y dejó las bombas por explotar en el aeropuerto, una cosa les puedo asegurar: durará poco si de sus correligionarios depende. Si estaba para controlar y para despistar, entonces ya sería otra cosa.
Admito que ninguna de estas aproximaciones aporta nada significativo en lo tocante a remediar la plaga del terrorismo islámista. Ello no obstante, creo que el primer paso es conocer la naturaleza y la lógica interna de lo que se quiere combatir. Y verlo como un problema exclusivamente religioso me parece un error. En la foto de la discoteca, los dos hermanos asesinos no estaban pensando en el paraíso del más allá, sino acaso despidiéndose del de más acá. Porque sabían que les tocaba saldar la deuda, cualquiera que fuera, que habían contraído.

dissabte, 14 de gener de 2017

Militancia y Yihad (2) (¿Antropología del islamismo) V


Según las crónicas, semilegendarias, en la fortaleza de Alamud vivía el Viejo de la Montaña. Una especie de Fumanchú árabe, o de Bin-Laden avant la lettre, con un ejército de servidores fanáticamente obedientes, que no dudaban en sacrificar su vida para cumplir la misión que su dueño les había encargado. Generalmente, dichos encargos consistían en asesinar a algún emir o valí que se resistiera a las extorsiones del Viejo. Gobernaba como una especie de capo mafioso, a través del terror, y su sola mención producía un pánico cerval. Todos los gobernantes de la región le temían y obedecían. Sus hashshashín se infiltraban hábilmente y asesinaban en su propio palacio a la víctima, burlando toda vigilancia. Luego, o se suicidaba o lo detenían y torturaban hasta la muerte. Cierto que al emir asesinado esto le importaba ya muy poco; pero sí a su sucesor, que por lo general acostumbraba a acceder al poder con la lección bien aprendida. Parece ser también que el invento no acabó de funcionar con los templarios. Si el Gran Maestre era asesinado, se lo substituía inmediatamente y aquí no ha pasado nada; la estructura ni se inmutaba. Los métodos del Viejo de la Montaña funcionaban contra las estructuras personales de poder, pero no contra las orgánicas.

Estos hashshashín, sabían cuál iba a ser su destino después de haber cumplido su misión, pero había importantes refuerzos positivos –y negativos- que les inducían a cumplir las órdenes de su amo con ciega resolución. Un buen día, y sin que supiera cómo, el elegido se despertaba drogado en una lujosa cámara rodeados de bellas meretrices a su servicio y con todo tipo de manjares a su alcance. Después de una noche de desenfreno, volvía a despertar en sus austeras dependencias. Confundido por los vapores alucinógenos, podía pensar perfectamente que se había tratado de un sueño. Pero no, se le decía, no había sido un sueño, sino un anticipo del paraíso que le esperaba después de morir sirviendo a su señor. Se dice que cuando iban a ejecutar su misión, lo hacían drogados. Sabían, además, que si no cumplían su misión y, por ejemplo, en el último momento se daban a la huida, no sólo ya nunca más regresarían al paraíso que habían vivido efímeramente, sino también que la venganza del Viejo de la Montaña les alcanzaría dondequiera que estuviesen. Y no era cosa de broma. Además, cuando un hashshashín iba a realizar una misión, otro le seguía para cerciorarse de que no se echará para atrás; y a éste, a su vez, quizás otro más…  No había lugar para traidores y desertores.

El modelo de los hashshashín es, creo yo, en el que se basa el del terrorista suicida islámico actual. En el caso de la Al-quaeda de Bin Laden, el modelo parece casi calcado. En los de los últimos tiempos, parece que las nuevas organizaciones han substituido la estructura personal de poder por la orgánica, lo cual, si es así, ciertamente empeora la cosa. Es sólo una intuición -supongo, he de suponerlo, que los servicios de inteligencia disponen de información mucho más amplia y contrastada al respecto-. Por supuesto que todo debidamente secularizado. Sí, secularizado, aunque se trate del islam más radical. Otro error que se acostumbra a cometer. Adaptado a nuestra sociedad compleja y funcionando orgánicamente en red. Incluso a modo de franquicias aparentemente espontáneas, lo que ha seguido desconcertando a los servicios de inteligencia e información occidentales, más acostumbrados a vérselas con grupos clandestinos de estructura organizativa cerrada. Y ahora no es así. Claro que, bien mirado, el funcionamiento en franquicia tampoco presenta, en este aspecto al menos, tantas diferencias. Al fin y al cabo, para acreditar una franquicia se han de asumir unas condiciones frecuentemente más draconianas que las que la empresa matriz suele aplicarse a sí misma.

En realidad, es un modelo que ha funcionado y funciona en otros ámbitos, muy especialmente en los delictivos, y en organizaciones fuertemente jerarquizadas y estructuradas, como la mafia. Es conocido el caso de los sicarios de los señores de la droga: en muchos casos, saben que no saldrán vivos de su misión, pero la llevan a cabo igualmente. A veces a cambio de dinero para la familia, otras para pagar deudas. Si alguno desfallece, la venganza se cierne también sobre sus familiares. Incluso en las tres entregas del Padrino, de Coppola, se dan también supuestos de este tipo. Siempre, a la ciega interiorización de la obediencia, se le añade la coerción exterior, también debidamente interiorizada. Algo de esto nos muestra también Scorsese en «Uno de los nuestros» -Goodfellas (1990)-.
No es imposible imaginar que en el escenario medieval y semilegendario de las Mil y Una Noches propio del castillo de Alamud, los hashshashín creyeran de verdad que a su muerte accedían directamente al paraíso. No hay demasiados problemas en aceptarlo, y que el vigilante estuviera por si le flaqueaba la fe a última hora. Después de todo, es muy posible que estuvieran convencidos de haber estado en el paraíso. Pero no parece sensato pensar que se lo puedan creer, más allá de metafóricamente, cualquiera de los jóvenes terroristas suicidas actuales, nacidos y criados en ciudades europeas. Tampoco han nacido esclavos, a diferencia de los  hashshashín, de modo que en el proceso de cooptación y domeñamiento, y aun con un esquema similar, la fe en una vida eterna no parece que pueda ser una variable determinante. Serán asesinos psicópatas, sí, pero no retrasados mentales.

divendres, 13 de gener de 2017

La estupidez rampante


Interrumpo, provisionalmente, la prevista entrega sobre la imposible antropología del islamismo, para comentar un auténtico notición de ámbito exclusivamente «académico»; o sea, elitista. Aparece en «El País»: «Más Platón y menos Dora, la exploradora». Resulta que la escuela de estudios orientales y africanos de la Universidad de Londres anda transida: el sindicato de estudiantes ha exigido que desaparezcan del programa autores como, entre otros, Platón, Descartes o Kant, por su condición de racistas, colonialistas y «blancos». Ahí es nada. Incluso, prosigue el comunicado de dicho «sindicato», en el caso de que alguien exija estudiarlos y quede algún profesor dispuesto a ello, deberán ser explicados –los de la Ilustración, por ejemplo- y desacreditados por el contexto colonial en que se movieron. Aplausos ¡bien por estos estudiantes! ¡Prometen!

Vaya por delante que si se trata de estudios orientales y africanos, en principio podría parecer que autores como los citados sobran. Lo incomprensible es que se supriman en estudios generales por las andanzas de «emprendedores» que escriben su biografía en vida, que también. Pero si reparamos luego en detallitos como que los estudios helenistas no surgieron en Grecia, sino en Gran Bretaña y Alemania, o que la primera edición escrita de la Biblia fue en griego alejandrino, tal vez debiéramos moderar tan apresurado juicio.

La verdad es que me suena familiar. Cada vez que oigo algo así me viene a la mente –porque está en mi memoria- aquella frase de William Faulkner: “Se puede luchar contra la ignorancia, contra la intolerancia y contra el fanatismo… si vienen por separado. Pero si llegan a la vez y si quiere conservar la salud, lo más recomendable es poner los pies en polvorosa”.

Vamos a ver. De ser cierto esto –lo de Faulkner-, que lo es, a la vista de tales estudiantes, estamos perdidos. Porque de nada servirá aducir que racistas, imperialistas, y de algún color –aunque el blanco no se considere color científicamente hablando- lo han sido desde siempre las antaño denominadas tres razas –blanca, negra y amarilla-, a las que se añadían dos más a modo de suplemento –cobriza y aceitunada-. En realidad, y a ver si miramos de una vez a la historia no sólo con ojos, sino también con cabeza y criterio, aquí el que no ha sido imperialista fue porque no pudo, ya fuera porque en su empeño topó con otro más fuerte que él, o porque en su entorno no se dieron las condiciones como para expandirse. Lo demás son tonterías. Y esto vale para cualquiera. Sin excepciones. Está bien la piedad cristiana de compadecerse del vencido, pero ya nos advirtió Nietzsche, o  Russell, sin ir más lejos, del peligro de creernos que el perdedor o el débil es el bueno, y el vencedor o el fuerte, el malo. El mito del buen salvaje fagocitado por la cultura, realmente, ha hecho estragos. Como la corrección política. Si el término «civilización» hoy en día significa algo, es precisamente la posibilidad real de superar estos estados de salvajismo y barbarie que históricamente han caracterizado a la especie humana.

Más bien me temo que los arqueólogos, antropólogos e investigadores de toda laya que con tanto ahínco buscan las pruebas de una civilización culta negra en Zimbawe –un pleonasmo, no por lo de negra, sino por lo de civilización culta- toparán con una realidad que les sonará a dèjà vu ¿O acaso el ser humano no es el mismo en todas partes? ¿O no es esto lo que estamos diciendo, que no hay diferencias?

Humanamente hablando, no literariamente –ojo con los románticos- ¿Hace algo mejores a los vencedores romanos que a lo vencidos cartagineses? ¿O a los califas de Damasco que a los emperadores de Aquisgrán? ¿O a los nazis –ahora alemanes equivocados y engañados- que a sus vencedores soviéticos y americanos? El mayor genocidio del siglo XX fue el perpetrado por los nazis contra los judíos: seis millones en diez años –en progresión geométrica conforme se anunciaba la derrota alemana, perdón, nazi-. El segundo en tan oneroso ranking fue el de los (ba)hutu contra los (ba)tutsi: seiscientos mil en un fin de semana. Y a machetazos. Son sólo ejemplos, la lista sería inacabable.

No parece muy oportuno vetar a quienes bastante más que algo tuvieron que ver en esta modesta evolución hacia una cierta idea de civilización. También, claro, la imprenta de Gutenberg, que ya se conocía en China siglos antes, fue prohibida en su momento en Europa. Se temía lo que pudiera difundir la extensión de la palabra escrita. Hoy en día ya no existe este problema; afortunadamente para algunos. Porque si los sucesores de los que antaño la reclamaban son hoy los que exigen su prohibición, entonces es que nos han trocado a los mismos perros con distintos collares por los mismos collares con distintos perros. Y lo importante es el collar, no el perro.
Al final, como concluye el artículo citando a Krahen, muchos acabaremos prefiriendo la hoguera. Como mínimo, de hogueras sabemos algo.