dimarts, 8 d’octubre de 2013

EL INFORME PIAAC 2013: ¿DE TAL PALO TAL ASTILLA?



Leía esta mañana en el más que recomendable blog de Gregorio Luri sus lúcidos comentarios a los resultados de esta especie de pruebas PISA para personas adultas, llevadas a cabo también por la OCDE, que son los informes PIAAC. Luego leía en “El Periódico” la noticia de título “Los adultos españoles tienen la peor formación del mundo desarrollado”. "El País", por su parte, no le iba a la zaga. Nada sorprendente, desde luego que no. Pero sí inquietante, ya digo, no por la noticia en sí, que cualquiera mínimamente al caso podía intuir sin necesidad de estadísticas, sino por el sesgo con que, haciendo gala de una reciedumbre moral inasequible al desaliento, y acaso también de un apego desmesurado por la poltrona, algunos se empeñan en negar lo evidente hasta límites que insultan a su propia inteligencia.



Me estoy refiriendo a los comentarios que la noticia le ha merecido al Sr. Francesc Imbernón, a la sazón profesor de Didáctica y Organización Educativa de la Universidad de Barcelona. Se felicita este «experto» por unos resultados que, según él, vienen a demostrar «los progresos hechos por España durante los últimos años», no sin añadir que «somos uno de los países con más titulados universitarios, muchos de ellos a partir de la implantación de la LOGSE que tanto critica el actual Gobierno» y, como colofón, que «somos también uno de los países con más niños de 0 a 3 años escolarizados». Impresionante.

Pero no sólo él parece sentirse reconfortado con estos, no por menos esperados, tan patéticos resultados. Al otro lado de la calle, el Ministerio ha expresado también su satisfacción (?) por boca del alter ego del ministro Wert, su secretaria de estado, la Sra. Gomedio. Eso sí, por razones opuestas a las de Imbermón: que atribuye estos resultados al «efecto negativo de la LOGSE y la LOE» apostillando, cómo no, que ambas leyes fueron «aprobadas por gobiernos socialistas». Ya sólo hubiera faltado añadir que si estamos tan en la cola es porque no participaron en la muestra ni Portugal ni Grecia, lo cual de haber ocurrido nos hubiera situado dos puestos más arriba. Lo dicho, aquí el que no está contento es porque no le da la gana... un cenizo, vamos. Curiosamente, a casi nadie parece preocuparle que el puesto alcanzado por los adultos españoles sea harto homologable con el de sus cachorros. Y si no, al cabo, ya se sabe, “lo importante es participar”, una frase atribuida al barón de Coubertin, pero que él nunca pronunció.

A uno, la verdad, se le antojan mucho más atinadas las valoraciones de Luri. En primer lugar, porque hay en ellas algo de lo que las dos anteriores adolecen: esfuerzo interpretativo; y en segundo, porque van al grano y no caen en el partidismo que rezuma del Sr. Imbermón o de la Sra. Gomedio. Para mí, lo más importante de las observaciones de Luri consiste en la agrupación que hace por cohortes generacionales según la ley educativa bajo la que estudiaron. Y de allí se infieren evidencias en las que pocos parece que quieran reparar.

Por ejemplo, las dos cohortes generacionales que abarcarían la horquilla entre los 55 y los 65 años, quedan bastante mal situadas, pero no así las que están entre los 35 y los 55, en las cuales hay un progreso constante, el mayor de todos los países. Luego, ya por debajo, entra la generación LOGSE y sucede el frenazo y la marcha atrás.

Las dos cohortes entre los 55 y los 65 años estudiaron en un sistema exigente... los que estudiaron. Los niveles de escolarización, y no digamos ya en bachillerato o universidad, eran bajos. Me atrevo a afirmar que si entre estas mismas cohortes se discriminara entre bachilleres, por un lado, y universitarios, por el otro, ambos estarían en posiciones mucho más avanzadas. Las que están entre los 45 y los 55 son, por su parte, la generación del baby boom español -nacidos entre 1958 y 1968- que cursaron sus estudios, ya con unos índices de escolarización mucho mayores y en constante crecimiento, pero, como muy bien apunta Luri, en un sistema educativo que mantuvo los niveles de exigencia anteriores. Son los dos o tres últimos años del antiguo bachillerato de 6 años más COU, y la totalidad de la LGE de 1970, con 8 años de EGB y, 3 de bachillerato más COU o 3+2 de FP.

Las dos siguientes cohortes, de los 35 a los 45, ya de lleno en la LGE, mantuvieron también unos niveles de exigencia que incorporaron, sin grandes problemas, la práctica escolarización universal hasta los 16 años. Aún en la LGE, estamos en las últimas reminiscencias de la Ley Moyano, de 1857, que «aguantó», mutantis mutandi, la monarquía de Isabel II, el gobierno provisional revolucionario de «La Gloriosa», la monarquía de Amadeo I, la I República, la Restauración, la II República y la dictadura franquista, hasta la LOGSE, que en 1990, le dio definitivamente el matarile. Casi nada. Y por debajo de los 35 años, la LOGSE y sus secuelas LOCE, LOE y, según parece, dentro de poco la LOMCE.

Las conclusiones saltan a la vista, al menos en el sentido que lo que ya se sabía, ahora está amparado por un estudio estadístico. Aquí se cambió un sistema educativo que estaba funcionando por otro que ni siquiera empezó a funcionar.

Recuerdo los primeros tiempos de la LOGSE, cuando ante la evidencia incontestable de una caída abismal de niveles, tanto en el ámbito académico como en el de la disciplina, algunos logsistas con un mínimo de lucidez, o en su defecto con cierto sentido de la realidad, se consolaban argumentando que era el precio que había que pagar por la escolarización universal hasta los 16 años. Porque, añadían, antes era un sistema de excelencia, de calidad, pero para unos pocos; si están todos, la calidad acaba resintiéndose, pero han de estar.

Siempre pensé que la cantidad no está reñida con la calidad. Muy al contrario, si no hay cantidad difícilmente habrá calidad. El problema es el nivel de exigencia. Las observaciones de Luri me lo han recordado.

Otro día hablaré de por qué sin cantidad no hay calidad, quod erat demonstrandum.


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