diumenge, 24 de juny de 2012

UCRONÍA (IV)








Ahora bien, si hemos asumido a su vez que el estado del bienestar era el resultado de una suavización intencionada del sistema capitalista para garantizar su supervivencia durante la guerra fría, deberemos convenir en que durante este periodo no hubiera podido producirse una crisis autoinducida como la actual, ya que su utilización como subterfugio para destruir el estado del bienestar hubiera representado el suicidio del sistema si, según se entendía y se temía, de no haberse producido el estado del bienestar la bolchevización de las clases populares hubiera ido en aumento, con la amenaza implícita que ello representaba para el sistema.
Sólo cuando el bloque soviético deja de existir, el estado del bienestar del que se había alardeado como constitutivo del sistema -como un modelo de gestión «honrada» del capitalismo- pasa a ser un coste gravoso, insostenible y propio de una sociedad poco dinámica y esclerótica. Ello al mismo tiempo, claro, que los sindicatos otrora garantes de la paz social en tanto que canalizadores y válvula de escape de escape de la conflictividad, pasan a ser considerados los agentes del inmovilismo y contrarios al progreso, aferrados a supuestos derechos corporativos contrarios a las leyes del mercado. Unos sindicatos que, por el otro lado, se habían ido autodespojando de caracterizaciones ideológicas para convertirse en meros gestores de derechos laborales y salariales. Una desideologización que había sido en su momento, cómo no, objeto de elogio por parte de los mismos agentes que los liquidarán junto a los derechos que defendían tan pronto como dejen de ser necesarios. Es decir, desde el día siguiente a la caída del muro de Berlín.
Vamos a suponer ahora que la crisis es real. Ello no en el sentido de que la estemos negando en el primer supuesto, sino asumiendo que va más allá de un simple subterfugio para promover una reestructuración del sistema y que la insostenibilidad del estado del bienestar no es autoinducida, sino absolutamente certera. Y supongamos esto en plena guerra fría, claro.
Lo primero que parece bastante obvio es que si estamos hablando de una crisis real con las dimensiones de la actual, nos estaríamos acercando a un escenario parecido al de las crisis cíclicas que anunciaba Marx, la última de las cuales significaría el fin del capitalismo. En este contexto, una crisis que obligara a liquidar el estado del bienestar por estrictas razones económicas y, por tanto, digámoslo así, contra la voluntad de los agentes del sistema, en un escenario de guerra fría como el que existió hasta 1989, es decir, de competencia abierta entre dos sistemas, hubiera podido significar el colapso del capitalismo y su fracaso definitivo o, lo que es lo mismo, la victoria del modelo socialista. No tanto o no necesariamente por la indefectibilidad de las profecías anunciantes de su fin, sino por la situación de competencia con otro sistema en el contexto de la cual habría perdido la partida.

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