dijous, 14 de juny de 2012

UCRONÍA (I)







Imaginar la crisis actual en plena guerra fría es tan imposible de pensar como un círculo cuadrado, entre otras cosas porque esta crisis no es sino el resultado del desenlace de la guerra fría con la desintegración del bloque soviético. Pero no sólo por eso sería impensable esta ucronía, sino también porque de ninguna manera se hubieran producido las deslocalizaciones empresariales y la circulación de capitales que han permitido los ascensos de China e India o, en menor medida, Brasil y otras economías emergentes. Y no se hubieran producido simplemente porque ciertas frivolidades no se hubieran permitido. Porque el sistema no se las podía permitir, sin más. Porque el centro era el centro y la periferia era la periferia en el mundo anterior al advenimiento del mercado libre global. Pero aun así, vamos a tratar de imaginarlo.

Esta es la primera crisis en la cual se produce un retroceso significativo, tanto cualitativo como cuantitativo, de los derechos ciudadanos y de los trabajadores, que se están concretando en la liquidación pura y dura de lo que se vino a llamar el estado del bienestar. Un sistema social garantista y avanzado que fue el resultado del pacto tácito entre las democracias cristianas y las socialdemocracias, para evitar la bolchevización de las clases populares en Europa occidental después de la segunda guerra mundial. Un estado del bienestar que produjo unas cotas de distribución de la riqueza y de universalización y gratuidad de servicios sociales nunca vistos antes y que, casi con toda seguridad, nunca volveremos a ver. El estado del bienestar quedará allí, en los anaqueles de la historia, como ha quedado la Atenas de Pericles: como uno de los momentos cumbre de la historia de la humanidad, como un periodo fugaz de esplendor que pasó y nos dejó un recuerdo por el que nos sentiremos fascinados y cuyo influjo seguirá actuando como un referente sin punto de retorno.

Porque el estado del bienestar no era la manifestación natural del sistema capitalista, ni siquiera una tendencia accidental desviada de la ortodoxia del libre mercado. No, fue un disfraz, una  adaptación provisional que el propio sistema se autoimpuso para asegurar su supervivencia en la confrontación con el otro gran modelo en unos momentos que dicha supervivencia no estaba asegurada.

Y como en las leyendas de las lágrimas de cocodrilo que simulan el lloriqueo de un niño pidiendo auxilio, o del canto de las sirenas que engañan a las desprevenidas víctimas, los pueblos europeos creyeron que aquel bienestar coyuntural iba a ser estructural. Que pertenecía a la naturaleza del sistema. Que el capitalismo podía tener un rostro humano si se gestionaba de forma que el estado ejerciera unos mecanismos de control en la redistribución de la riqueza y en la prestación de servicios.

Y los mercados no decían nada, se estaban quietecitos incluso cuando en plena crisis energética se aumentaron las prestaciones sociales o cuando en la propia España, a caballo entre la crisis internacional y sus propios déficits estructurales, universalizó la seguridad social. Un gasto que nadie discutió y un aumento del endeudamiento que no pareció preocuparle a nadie. Porque lo importante era salvar al sistema a cualquier precio. Ya llegaría el momento de resarcirse.

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