dissabte, 16 de juny de 2012

UCRONÍA (II)






Y llegó lo que llegó. El bloque del «socialismo real» empezó de repente a caerse como un castillo de fichas de dominó. Lo que nadie entendió entonces fue que el éxito de la Unión Soviética había sido el nivel de vida alcanzado en la Europa occidental por miedo a ella. Alemania se reunificó y acabó  comprando la Mitteleuropa que había intentado en vano conquistar durante siglos. Y los pueblos empezaron a pagar el precio que impone todo nacionalismo: la pérdida progresiva de derechos en pro del amor a la patria. Una patrias emblematizadas por unos estados que ya no le servían para nada al capital: habían dejado de ser necesarios porque ya no tenía que protegerse frente a nada, como no fuera de su propia voracidad insaciable.

El resto es de sobras conocido. La pérdida de importancia estratégica militar de Europa occidental fue pareja al inicio de su proceso de periferización en beneficio de otros centros que emergían en la nueva economía global, con el sistema capitalista ya sin más trabas que sus propias insuficiencias y su propia lógica autofagocitadora. La época de la contención autoimpuesta se había acabado, y con ello ya se podían pasar a cobro viejas cuentas pendientes. Tanto charlatanear sobre que si el socialismo de rostro humano o inhumano, no nos dábamos cuenta de que lo que habíamos vivido y ya no volveríamos a vivir había sido un capitalismo con máscara humana que ahora había quedado ya liberado de cualquier servidumbre y que, por si no habíamos caído en la cuenta, nos íbamos a enterar. Y desde luego que nos enteramos.

Casi de la noche a la mañana, lo que hasta entonces había sido la manifestación más prístina de la naturaleza bondadosa del sistema económico, el estado del bienestar, se empezó a presentar como una rémora insoportablemente costosa que anquilosaba el crecimiento de la economía. Sin necesidad ya del disfraz con que se había vestido el último medio siglo, el sistema empezó a desplegarse con toda su implacable lógica. La crisis actual no es sino el subterfugio al que acogerse para justificar la definitiva supresión del estado del bienestar. Huelga decir que todo esto, a la izquierda o a lo que quedaba de ella, transmutada en «ejército de salvación» o en inmobiliaria, pero siempre apuntada a la sopaboba propia de la doctrina social de la iglesia que tanto había combatido antaño, la pilló con el paso cambiado.

Además, con estas últimas reestructuraciones se está anulando conscientemente el único instrumento que, en teoría al menos, hubiera podido estar en condiciones hacer frente a la voracidad del sistema poniéndole freno: la institución del Estado, tal como la hemos conocido en los últimos cincuenta años del siglo XX. Éste es el objetivo de la última reestructuración del sistema que se esconde tras el subterfugio de la crisis, aniquilar el Estado como entidad política.

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