diumenge, 6 de gener de 2013

UN RATO PARA LA VERGÜENZA EN TELEFÓNICA






Este país, definitivamente, no tiene arreglo. Así como no tienen sus oligarquías decoro ni vergüenza. Ni siquiera para cubrir las apariencias. Esta es la gran diferencia entre las oligarquías de aquí –centrales, periféricas o estratosféricas- y las de allá. Me estoy refiriendo, claro, al nombramiento de Rodrigo Rato como asesor “externo” de Telefónica. Vergüenza torera es poco. Nauseabundo.

Corruptelas las ha habido, las hay y las habrá siempre en todas partes, aquí y allá. Pero “allá” –entiéndase más allá de los Pirineos- está mal visto hacer gala de ellas. Y si te pillan, cascas. Es lo de predicar con el ejemplo de la mujer del César. En realidad nunca sabremos si es o no honesta; sólo si lo parece. Porque uno, socialmente al menos, es lo que parece, lo que se ha decidido que es. Sea lo que sea “ontológicamente” hablando.

Aquí, en cambio, estas finezzas nunca han prosperado. La desfachatez con que se alardea de corrupto impune no es un simple hecho diferencial hispánico, sino el hecho diferencial hispánico por excelencia. Ahora Telefónica ha colocado a Rato. El penúltimo de los amiguetes de Aznar que faltaba por colocar en Telefónica. El último es Rajoy… Tiempo al tiempo. Si nadie lo remedia, claro.

Rodrigo Rato es un tipejo de estos que piensa que las leyes están sólo para los otros. Lo demostró desviando un río para que pasara justo por debajo del salón de su casa solariega. Eso fue cuando todavía estaba en la oposición de mano derecha de Aznar –la izquierda era Álvarez Cascos- con el “¡Váyase señor González!”. Luego, como ministro económico y vicepresidente del gobierno durante los años del aznarato, fue culpable activo de la cultura del tocho y la burbuja inmobiliaria que acarreó. Eran los tiempos de las grandes privatizaciones y del (como a ellos les iba bien) “España va bien”.  No tocado por el “dedazo” aznárico, emigró a la presidencia del FMI, de donde tuvo que salir al poco tiermpo nocturnamente y por piernas. Pero los “amigos” ya le habían preparado una colocación a su medida: Bankia, el buque insignia de la cólera de Dios, que acabó por hundir a los pocos meses. Eso sí, cobrando una cuantiosa indemnización que pagaremos entre todos los contribuyentes. Imputado por sus presuntas responsabilidades en este último fiasco, se incorpora  ahora al refugio que sus amigotes Zaplana y Acebes le han arreglado en Telefónica.

Telefónica, o Movistar, como la llaman ahora. La empresa pública privatizada a precio de saldo para luego colocar en ella a los que la vendieron. La misma que con unos beneficios de más de cuatro mil millones de euros, despide trabajadores. Ahora sabemos por qué. Había que hacer un sitio en las cuentas para la nómina y las dietas de Rato… Y de Urdangarín, y de Zaplana, y de Acebes. ¿cómo es posible tanta desvergüenza?  ¿En qué otro país civilizado puede pasar algo así sin que se haga nada? ¿Qué ha de pasar para que esto no pueda ocurrir?
No lo sé. Pero sí sé no quiero ser cliente de una empresa que coloca chorizos notorios y desaprensivos en su nómina, carcajeándose de cada uno de nosotros haciéndonos pagar sus dietas en nuestros recibos. Lo de Rato ha sido la gota definitiva que ha colmado el vaso. Mañana me daré de baja de Telefónica. Todos deberíamos hacerlo.

2 comentaris:

  1. Enhorabuena por el post. En mi modesta opinión, representa la clase de contundencia que solo es posible hallar en la verdad monda y lironda y carece de desperdicio alguno. Esto es una nave a la deriva acribillada de agujeros en la línea de flotación.
    Y también gracias por el ejemplo, pues cundirá entre muchos que asimismo nos daremos de baja y nos iremos a otra compañía. Un saludo y buenos augurios para lo que nos queda.

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  2. Gracias por los ánimos. Y lo de darme de baja, ya sé que, muy probablemente, no servirá para nada. Pero cuando me llamen de Telefónica para preguntarme por qué me doy de baja, me daré el gustazo de responderles que porque no quiero trabajar con una empresa dirigida por chorizos que contratan a más chorizos como Rato. Si lo hicieran unos cuantos miles, otro gallo nos cantaría.
    Saludos.

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