diumenge, 6 de gener de 2013

PHANTASMATA HISPANIARUM (VIII) El error de Ortega



Podríamos haber elegido a otros autores, como Sánchez Albornoz o Américo Castro. Si hemos preferido a Ortega es por varias razones, todas ellas plenamente confesables. Se trata de uno de los intelectuales más brillantes que ha producido España. Además, su condición de filósofo añade a la necesidad de fundamentación y legitimación, la exigencia de unos mínimos requisitos de coherencia lógica. Nos ahorramos así las siempre enojosas apelaciones pasionales y sentimentaloides a que otros acostumbran a recurrir cuando la razón no alcanza con sus argumentos. Como es bien sabido, allá donde la “razón nacionalista” no llega, acostumbra a relevarla, por regla general, el pathos y sus recurrentes apelaciones al sentimiento o a la testoterona, según el caso. Como mínimo, con Ortega esto nos lo evitamos. Y también porque Ortega ha sido considerado un regeneracionista de posiciones nacionalistas consideradas, no sin fundamento, como “castellanocéntricas”. Veamos.

Nos remitiremos a algo que afirma en su “España Invertebrada”. Una obra que no abordaremos a fondo aquí -quizás en otra ocasión- más allá del “error inducido” en que incurre por mor de su contumacia, pero sobre la cual sí diré que, en mi opinión, es de lectura ineludible. Y ello no porque yo coincida con sus planteamientos, lo cual no es el caso, sino porque en el pecado está la penitencia. En los propios plantemientos de Ortega, incluso en el manido "topicario" que evacúa, se oye como chirrian los goznes del modelo en el cual se sustentan.

Como es bien sabido, la “España Invertebrada” ha sido calificada de panfleto centralista y por ello denostada como objeto de las iras de los nacionalismos catalán y vasco. Es decir, desde planteamientos simétricos a los explícitos de Ortega. Pero aquí nos interesan los implícitos. Y éstos no los captaron la mayoría de "críticos".

Porque en la "España Invertebrada", contra lo que se suele decir y más allá de las veleidades “frivolonas” inherentes al personaje, hay palos más que razonables y fundamentados para todo el mundo, no sólo para catalanes y vascos, empezando acaso por el propio Ortega ¿Autocrítica inconsciente o inconfesable en alguien más bien fatuo? Lo ignoro. O quizás sea lo dicho más arriba, que en el pecado esté la penitencia. Si uno quiere ser rigurosamente coherente, puede que acabe volviéndose contra si mismo. Si es inteligente, se le nota. Si es tonto, entonces no. A Ortega se le nota.

¿Y cuál es este “error forzado” de Ortega? Simplemente, su consideración tópica de los visigodos como subterfugio ad hoc para salvar un modelo que, de lo contrario, no se sostiene; se le cuela entre los dedos de las manos. Tal vez a otros se les siga sosteniendo, pero a alguien con el rigor de Ortega, no. Y por esto el detalle es especialmente significativo. Vamos a por él.


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