dimecres, 2 de gener de 2013

PHANTASMATA HISPANIARUM (VII) La chapuza nacional



La construcción del discurso nacionalista español se fundamenta en la idea según la cual las naciones europeas actuales tienen sus origen en las monarquías germánicas que siguen a la caída del Imperio Romano. Una idea en mi criterio peregrina que puede, como mucho, servir para Francia, pero para nadie más.

Situar el momento fundacional español en la(s) monarquía(s) visigoda(s), por analogía con los reinos francos que darán lugar a Francia, es un error que proviene en gran medida del Romanticismo. Una constructo del siglo XIX que aplicado al caso español presenta clamorosos desajustes. Unos desajustes que, simplemente negados, o sobrellevados con obstinación contumaz, generarán un victimismo y un espíritu de resentimiento  que propiciará, a su vez, el surgimiento de los nacionalismos periféricos vasco y catalán del siglo XX, con idénticas taras, por cierto, a las del españolismo que pretenden desbancar.

Ciertamente, los tópicos propios del nacionalismo español que aquí destacaremos no son de ninguna manera  idiosincráticos en exclusiva. Todo lo contrario, se trata de elementos inherentes a todo nacionalismo. Estupideces análogas a considerar al anónimo pintor de Altamira como el primer español en la noche de los tiempos no son tampoco tan raras en otros nacionalismos. Como no lo es la necesidad de construcción de enemigos externos e internos. Ni que en ocasiones esto se haya llevado hasta al paroxismo. Pero el defecto de fabricación ideológico originario ha producido efectos contrarios a los que se supone que en principio se perseguían. Y eso sí que es una particularidad. Como lo es también la sensación de encontrarnos ante una chapuza intelectual sólo superada en su ramplonería por los nacionalismos que se le presentan como alternativos.Y eso sí que es idiosincrático. Se puede reconocer la marca de la casa a cien años luz: la chapuza de siempre.

En Francia sí se puede establecer una cierta continuidad histórica, geográfica y cultural, que transcurriría desde los primeros reyezuelos merovingios hasta la III República. Ello aun a pesar de las truculencias y agujeros negros inevitables al caso si tenemos en cuenta que estamos hablando de un periodo de mil quinientos años. Pero en España no se puede, en cambio, establecer continuidad alguna a partir de unos reinos visigodos que apenas duraron doscientos años y cuyo legado, desde cualquier punto de vista y se mire como se mire, es prácticamente inexistente. Empezando por el de la continuidad.

Se puede contraargumentar, sin duda, que los coetáneos merovingios de “nuestros” visigodos tampoco dejaron nada especialmente significativo. Y es cierto. Pero tampoco lo es menos que los merovingios tuvieron su solución de continuidad en  los carolingios, éstos en los capetos y así sucesivamente hasta la Revolución Francesa. En cambio, el reino visigodo no sólo es que no dejara nada, sino que su trayectoria se truncó.

Del embrionario germen de unidad política que pudieron representar los merovingios en relación a lo que luego fue Francia –con independencia de en qué momento podamos empezar a hablar de Francia como tal- podemos seguir un rastro que, al menos desde una perspectiva nacionalista, es susceptible de ser interpretado como una tendencia o un núcleo originario de unidad política que acabará resolviéndose en lo que más tarde será Francia. Desde una óptica no nacionalista también se puede seguir el mismo rastro, si bien bajo otros criterios. En el caso de los visigodos, no.

Los orígenes de España, de encontrarse en algún lugar, sería forzosamente en el desarrollo de los reinos peninsulares cristianos, fundamentalmente ya durante el bajo mediovevo. Nunca en los visigodos.

Pero eso lo veremos más adelante. Ahora nos detendremos en un ejemplo de perseverancia en el error y en los penosos ejercicios de funambulismo intelectual a que tal contumacia obliga, por ejemplo, en el caso de Ortega y Gasset. Ni más ni menos.

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