diumenge, 30 de desembre de 2012

PHANTASMATA HISPANIARUM (VI) En todas partes cuecen habas


Lo del Álamo y David Crocket tiene ciertamente su cosa. Ya en las últimas décadas del siglo XVIII, la corona española había favorecido la inmigración de colonos anglosajones en Texas. Cultural y comercialmente mucho más ligados a los EEUU que a los inciertos y truculentos gobiernos mexicanos recién independizados de la metrópoli, lo cierto es que en la década de 1830, la dependencia mexicana de Texas era más testimonial que otra cosa. La consolidación en el poder del dictador López de Santa Ana y sus torpes y brutales intentos de someter a dicha provincia, tuvieron como respuesta inmediata la sublevación de todo Texas, encabezada por los anglosajones Austin y Houston, pero secundados también por buena parte de la población mestiza. Santana se endeudó hasta las trancas para formar un ejército muy por encima de sus posibilidades –así como de sus capacidades militares- y acometer el sometimiento de la provincia rebelde. En este contexto se inscriben los hechos del Álamo en 1836.

El Álamo era una vieja misión en ruinas situada en San Antonio, zona de paso obligada para el ejército mexicano en su marcha hacia el noreste en persecución del incipiente ejército texano de Sam Houston, el cual a su vez iba a armarse con material “generosamente” donado por los norteamericanos. Y en esta vieja misión del Álamo es donde unos doscientos hombres resistieron durante trece días las embestidas del ejército de Santana, hasta caer todos ellos aniquilados y dando lugar a una leyenda heroica cuyo paralelismo con las Termópilas es más que evidente. En ambos casos se trataría de un sacrificio consciente en aras a ganar el tiempo necesario que el propio bando necesita para organizarse.

El héroe del Álamo que ha pasado a la historia es David Crocket, pero en realidad había allí tres grupos de procedencias distintas y, en ocasiones, de difícil convivencia entre ellos. Por un lado estaba el coronel William B. Travis con sus milicias de Texas. Estaba también Jim Bowie, un terrateniente ganadero anglosajón, de más que dudosa reputación, que estaba haciendo la guerra por su cuenta y en cuya partida de voluntarios había, literalmente, de todo –desde esclavos hasta salteadores de caminos-. Finalmente, al frente de un grupo de voluntarios procedentes de Tennesse, se encontraba David Crocket.

De David Crocket se podría decir que era el prototipo del hombre de la frontera y que su muerte en el Álamo lo catapultó a la categoría de héroe y mito nacional. Luchó seguramente bajo las órdenes de Andrew Jackson contra los ingleses en 1815. Posteriormente, participó en las guerras indias que expulsaron a los pieles rojas más allá de los Apalaches y, alternativamente, ejerció de trampero. Pasó luego a dedicarse a la política y llegó llegó a ser congresista. La posterior hagiografía lo ha presentado como el honesto hombre de acción que se desencanta ante la taimada clase política que, justo en el momento que acaba de perder las elecciones y su condición de congresista, y enterado de la sublevación de los texanos, les espetó a sus todavía colegas del congreso: “Señores, no sé qué van a hacer ustedes; por mí pueden irse al diablo. Yo me voy a Texas”. Tenía 50 años.

En realida, lo que subyace a la supuesta epopeya del Álamo y la consiguiente indpendencia de Texas, es que los EEUU les habían echado el ojo a los inmensos territorios del oeste mexicano. Y lo de la independencia de Texas fue sólo la primera parte. Una década después se llevó a cabo la segunda. La anexión de Texas a los EEUU y una segunda guerra con México en la cual se le arrebató a este país más de la mitad de su territorio. A saber, lo que hoy constituyen los estados de –además de la propia Texas- Arizona, Nuevo México y California. Y ello sin contar territorios sobre los cuales la Corona española había tenido una soberanía sólo testimonial, que ahora los EEUU convertirían en efectiva, como Oregón o Nevada. En total,  unos tres millones de kilómetros cuadrados.

Los EEUU iniciaban así la realización de su “destino manifiesto”. Para ello había hecho falta inventarse un país, independizarlo, anexionarlo al cabo de doce años y arrebatarle a su antiguo propietario la mitad de sus territorios sin más apelación que el simple derecho al uso de la fuerza. Y claro, también inventar un mito y un héroe. El mito fue el Álamo, y el héroe David Crocket. Las Termópilas y el Leónidas americanos. Pero lo cierto es que Crocket y el Álamo no resisten la comparación con Leónidas y las Termópilas. Más bien fue, por parte de los norteamericanos, lo que antes de la corrección política se llamaba “una merienda de negros”.
Por cierto, hace unos años apareció la tesis doctoral de un universitario norteamericano, según la cual la muerte de David Crocket distaría mucho de la heroica autoinmolación de John Wayne haciendo volar el polvorín con él dentro para evitar que se la queden los mexicanos. Mucho más prosaicamente, Crocket se habría rendido y habría apelado a su condición de ciudadano de los Estados Unidos y exmiembro del Congreso para librarse del fusilamiento. De ser así, lo cual ignoro y sobre lo cual no opino, resultaría encima que Santa Ana habría facilitado la forja del mito al fusilarlo.
 
Bueno, y ahora que ha hemos visto algunas pajitas en ojos ajenos, a ver si somos capaces de ver las bigas en propio.

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