dimarts, 22 de gener de 2013

EL NACIONALISMO TRÁGICO I (Phantasmanta Hispaniarum XI)



El concepto de España que se construirá a lo largo del siglo XIX por analogía con el de Francia, presentará, ya desde un primer momento, una inevitable variante trágica. El proceso histórico se trunca en el año 711 con la invasión árabe y serán necesarios ocho siglos hasta que se vuelva al punto de partida inmediatamente anterior a la ruptura causante de la anomalía. Son los que van desde Don Rodrigo hasta los Reyes Católicos.

Ortega atribuye esta anomalía a la falta de vigor de los visigodos porque eran un pueblo ya excesivamente romanizado –es decir, debilitado- en los tiempos que asoman por Hispania. El Romanticismo, más proclive a interpretaciones de naturaleza pasional, construye a un Don Rodrigo libidinoso que al violar a la Cava, estimula las veleidades felonas de su padre Don Julián, gobernador de Ceuta, que en venganza acuerda abrirles las puertas de España a los árabes. Las pasiones humanas y la traición desencadenan la tragedia. Una tragedia que requerirá ocho siglos de reparación, de penitencia.

Una construcción, ésta, que acaso estaba más pendiente de la situación del presente que se estaba viviendo que del pasado en el que se proyecta. Una nación sumida en el caos y la decadencia, en el fanatismo y la ignorancia, donde las revoluciones y contrarrevoluciones se alternan y simultanean con una guerra civil intradinástica que se extenderá a lo largo de todo el siglo... 

No pretendo aquí hacer ningún descubrimiento excepcional, pero me pregunto hasta qué punto la reconstrucción histórica que se hace de la monarquía visigoda de principios del siglo VIII, con las guerras civiles entre “witizianos” y “rodriguistas”, altos dignatarios más o menos felones y ávidos de poder que van apareciendo y desapareciendo de escena en un contexto de caos, desgobierno y decadencia, mientras el enemigo acecha esperando su oportunidad, no estará determinada por las guerras carlistas, los espadones del XIX y sus conspiraciones, la liquidación del imperio ultramarino y, por qué no, la todavía por entonces reciente disputa entre el rey y su heredero, que había concluido ni más ni menos que con la ocupación napoleónica. En resumen, las inquietudes del presente trasladadas al pasado fundacional.

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