dilluns, 1 d’abril de 2013

CAÍN Y ESA GENTUZA (III)



En cualquier caso, y volviendo a lo nuestro, no parece que las razones de una situación tan deteriorada como la que ha llevado al descrédito de la política radique en el sistema electoral o en la estructura de los partidos y las listas cerradas. Es cierto que hay desajustes que se pueden y deben corregir, pero que los criterios que deberían aplicarse dependan de cómo a cada cual le vaya en el baile, no parece tampoco de recibo. De modo que ha de haber algo más originario. A ver qué decían los clásicos.

Y los clásicos, cómo no, son Platón y Aristóteles. Para Platón, el gobierno de la polis había de estar a cargo de los mejores. Aristóteles, por su parte y sin excluir la excelencia, se inclinaba por los más ricos. El argumento era muy simple: si ya son ricos, no necesitarán robar del erario público. La plutocracia cartaginesa parecía ser el ejemplo a seguir.

Es evidente que más allá de las categrías propias de la época y de su eventual extemporaneidad trasladadas ad pedem lettera a nuestro tiempo, sí hay algo que, no obstante, llama la atención. Que el conjunto de la clase política española no se caracteriza por incorporar a «los mejores» es tan evidente que hasta ruboriza entrar en detalles. Y tampoco los ricos, por cierto, parecen tener especial interés, al menos en estar en primera plana. Otra cosa es que manejen los hilos.

Por lo tanto nuestra clase política parece más bien constituida por mediocres ávidos de enriquecimiento. Y no parece que con un sistema de lists abiertas y elección mayoritaria fuere a arreglarse el problema. Más bien al contrario. A los mediocres ávidos de riqueza se añadirían los salvapatrias por cuenta propia a costa de los bolsillos ajenos. Y de eso hace ya suficiente tiempo como para que nadie pueda alegar ahora haberse visto sorprendido en su buena fe. Que algunos precedentes hay, tan cierto como que están esperando su oportunidad.

Pero entonces, y admitiendo que estamos en una democracia donde el pueblo elige a sus gobernantes ¿Cómo se explica tanta tolerancia, si no complicidad, con unas corruptelas y unos corruptos que siguen siendo votados? Al menos en una democracia, esto no puede explicarse sin una aprobación tácita de la ciudadanía, ya sea por activa o por pasiva.

Inevitablemente, no se puede sino concluir que esos políticos son un reflejo del pueblo al que representan. Reza un viejo dicho que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen.

La verdad, y concluyendo, tal vez la respuesta esté en Antonio Machado cuando decía

 

La envidia de la virtud,

hizo a Caín criminal,

¡Gloria a Caín! hoy el vicio,

es lo que se envidia más

1 comentari:

  1. Felicidades por el comentario. Refleja perfectamente la situación actual de este engendro que llamamos sociedad. Es imposible dejar de preguntarse cómo es posible que la gente pobre (de cartera y mente) siga votando a un partido de ricos...

    ResponElimina