dimarts, 23 d’abril de 2013

A PROPÓSITO DE "EXCEL Y LENTEJAS": DE LA ECONOMÍA A LA TEOLOGÍA (I)



En el ámbito que aquí nos ocupa, los errores de cálculo están una posición similar a la de los errores conceptuales y de valoración. Y ello no sólo porque Reinhard-Rogoff se reafirmen en sus tesis, eso sí, algo atemperadas, con independencia de los resultados que pueda arrojar un cálculo matemático, sino porque su función incorpora el propósito de llegar a lo que se quería llegar, es decir, a la verdad teológico-económica según la cual hay que evitar el déficit a cualquier precio y primar la austeridad. Y si resulta que el cálculo matemático coincide con sus apriorísticos postulados, tanto mejor. Y si no, peor para las matemáticas.

Cuando la ideología se enmascara de ciencia, nos las tenemos con la peor de las manipulaciones. En su teoría de la adequatio, Aristóteles definía la verdad como la adecuación de un enunciado a un estado de cosas. Pero si este enunciado contiene elementos valorativos previos de una naturaleza tal que me obliga a forzar el "estado de cosas" para que se «adecue» a él, lo que estoy haciendo es, simple y llanamente, ideología. Y si la revisto de matemáticas para darle un toque de cientificidad, entonces es ideología de la peor especie.

Alguien podría decir que también en el experimento científico se fuerzan los hechos. Y es cierto, sí. Pero más allá de los requisitos metodológicos y de verificación o falsación -que se diría en popperiano- de las leyes que pretenda establecer en base al comportamiento de unos hechos determinados, la diferencia radica en la naturaleza de los fenómenos con que nos las estemos habiendo. Creo que aún queda mucho que decir sobre la condición nomotética o idiográfica de los saberes humanos y de sus sendas funciones de descripción (Erklären) o comprensión (Verstehen), según se trate de Naturwissenschaften o Geisteswissenschaften; saberes (ciencias) de la naturaleza o saberes (ciencias) del espíritu.

Las primeras, las Naturwissenschaften, se corresponden a lo que conocemos genéricamente como «ciencias», y su lenguaje es la matemática. Las segundas, las Geisteswissenschaften, remitirían a aquellas disciplinas del conocimiento humano cuyo ámbito, sensu lato, se corresponde con los propios saberes sobre el hombre y sus realizaciones, no susceptibles, de entrada al menos, de ser tratados como lo que cartesianamente llamaríamos res extensa, aunque su proyección sí pueda serlo en parte o incluso totalmente. Podemos encontrar en este segundo ámbito denominaciones genéricas -«ciencias» del espíritu, artes, humanidades, «ciencias» sociales...-, o más progresivamente acotadas disciplinarmente en función de su objeto -historia, sociología, psicología, antropología, economía... y tantas otras-.
Está claro que la utilización del lenguaje matemático en las Geisteswissenschatf ha supuesto un gran avance en la comprensión de los fenómenos que constituyen su(s) objeto(s). Pero de ahí a la grosera equiparación-homologación que muchos de sus profesionales pretenden establecer con respecto a las ciencias propiamente dichas, hay un abismo. Porque son cualitativamente distintas. Un abismo que acaso se podría explicar desde la posición autorreferencial de inferioridad de unas respecto a las otras, que ha acabado incurriendo en el absurdo según el cual, por el simple hecho de que esté utilizando algún cálculo o modelo matemático para abordar mi  objeto, ya se supone que estoy haciendo «ciencia»... Claro, dicen, porque igual que los físicos, los economistas o los sociólogos utilizan las matemáticas para comprender los fenómenos que estudian. Ello sin reparar en la naturaleza cualitativamente distinta de uno y otro objeto. O para darle apariencia de verdad científica a lo que en realidad es una posición ideológica. (Continuará)

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