divendres, 26 d’abril de 2013

CLAUSEWITZ Y EL FÚTBOL COMO NÉMESIS



Si como afirmaba Clausewitz en el siglo XIX, la guerra es la continuación de la política por otros medios, también habría que incorporar hoy al fútbol entre estos "otros" medios. Religión, signo identitario, ejército simbólico... sublimación, en definitiva, aquí, allá y acullá. Y metáfora tendente a la transgresión de su estatus.

No sólo en el fútbol se da esta propensión a ser considerado como un campo de batalla simbólico que con frecuencia va mucho más allá del simbolismo. El duelo ajedrecístico entre Bobby Fischer y Boris Spasky, por ejemplo, fue en su momento una escenificación de la guerra fría entre los EEUU y la URSS hasta el punto de provocar auténticas pasiones en función del posicionamiento de cada cual en función de sus filias y fobias sobre este respecto. Fue un fenómeno ante el cual sucumbieron durante un tiempo personas que no sabían, ni sabrían nunca, qué era "matar un peón al paso" o qué significa ajedrecísticamente el término "gambito".

En el caso del fútbol, y muy particularmente en este pintoresco país empeñado cada vez más en imitarse a sí mismo, la identificación del fútbol con elementos extradeportivos ha sido de tal intensidad que hasta podríamos hablar de una inversión conceptual -como los hombres arrodillándose ante los dioses que ellos mismos habían inventado-, incluso ontológica, llegando a unos extremos de paroxismo muy propios del pathos hispano. No es ya que la política se proyecte en el fútbol, sino que uno tiene la sensación de que cada vez más, es el fútbol quien se proyecta en la política. Y parodiando a la patria de Clausewitz cuando se decía que Prusia no era un país con ejército, sino un ejército con país, acaso podríamos decir hoy que no es que el fútbol sea un reflejo de la política, sino que la política es un reflejo del fútbol.

Veamos si no. Las recientes y apabullantes derrotas del Barça y del Madrid en los partidos de ida de la Champions frente a sendos conjuntos teutones alejan, yo diría que de forma prácticamente definitiva, no sólo la tan ansiada final Barça-Madrid con la que tantos se relamían, sino incluso la posibilidad de que alguno de ellos quedara apeado en semifinales y fuera el otro el que -el peor de los supuestos para forofos de uno u otro lado- se hiciera con el ansiado título. Así que todos tristes, tragedia colectiva, pero menos, porque la tristeza del otro mitiga la propia.

No sólo hay pues en esta «debacle», que también, como apunta Jorge en su blog, una cierta justicia poética y, desde luego, que nos ahorremos unas semanitas de insoportables arengas nacional-futbolísticas. Creo que hay algo más: nuestra Némesis. Una Némesis que, no me cabe la menor duda, ni unos ni otros sabrán leer.

Y si la política es hoy en día, como digo, un reflejo del fútbol, se me ocurre entonces una idea. En 1898, después de la consumación del desastre colonial, al gobierno de turno se le ocurrió declarar duelo nacional y prohibir durante unos días las corridas de toros. La reacción airada de las masas fue inmediata: los tumultos y algaradas se sucedieron por doquier en las principales capitales españolas. Entiéndase bien, no contra un gobierno incompetente y corrupto que había estado llevando a miles de jóvenes a la muerte y que acababa de hacer el mayor de los ridículos con la más estrepitosa y grotesca de las derrotas; no, de ninguna manera. Las protestas eran contra la «intolerable» prohibición de las corridas de toros mientras durara el duelo.
Bueno, pues ya que el fútbol es ahora quien prima sobre la política, quizás se podría declarar duelo nacional y, al revés que en el 98, prohibir la política por un tiempo. Al menos por un tiempo. No se perdería gran cosa. En realidad, Política,  lo que es Política -con mayúsculas- aquí apenas la hubo nunca. ¿Qué falta nos iba a hacer si ya tenemos el fútbol, o antes los toros, los herejes, los judíos...? Con un vecino a quien odiar ¿Para qué la política?

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