dissabte, 30 de març de 2013

CAÍN Y ESA GENTUZA (II)



Qué duda cabe. Unos partidos políticos blindados como los actuales son un campo abonado para las carreras de los mediocres y para la corrupción desbocada. Pero no debemos olvidar que los partidos son esenciales a la democracia, a menos que no empecemos a caracterizarla con predicados «sospechosos», desde las democracias "populares" hasta la democracia "orgánica"...

Nuestro sistema electoral, por otro lado y distando mucho de ser perfecto, no es mejor ni peor en sí que cualquier otro de los conocidos. Se trata de un sistema proporcional con correcciones cuyas circunscripciones de base territorial son las provincias. Como en tantos otros países lo son su equivalente, llámeseles departamentos o como se quiera... Y se trata de un sistema que, aun con sus incorrecciones -como por ejemplo que un diputado por Soria se obtenga con dos o tres veces menos votos que en Madrid o Barcelona- reduce prácticamente a niveles de despreciabilidad matemática la posibilidad de que un partido que no sea el primero en votos lo fuera, sin embargo, en diputados.

Es cierto que se ha dado algún caso de estos, pero a nivel de elecciones autonómicas -en Cataluña, por ejemplo- y debido al escaso número de circunscripciones, las cuatro provincias. Pero incluso así, hay que decir que ni las listas cerradas, ni el sistema proporcional, ni que haya sólo cuatro circunscripciones, tiene nada que ver con el sistema proporcional ni con la ley d'Hondt, sino que, en todo caso, tendría que ver con un criterio extrinseco, destinado a favorecer a los partidos nacionalistas, que establece una clara desproporción entre los diputados por circunscripción y sus respectivas demografias.
Pero ello no es tampoco un criterio que sea transpolable al sistema español, en el cual, al revés que en el catalán, las circunscripciones más penalizadas son precisamente las provincias con más peso demográfico: Madrid y Barcelona, fundamentalmente. Y ello ya desacredita per se a los que piensan que hay un exceso de partidos nacionalistas periféricos en el  parlamento español, debido a un sistema electoral injusto que prima la concentración del voto y penaliza su dispersión. Porque entonces la única solución sería, desde esta perspectiva, infrarrepresentar a Cataluña y a Euskadi, o suprimirlas sin más del mapa electoral. Una medida, ésta, de más que dudosa legitimidad democrática, pero que acaso gozaría de altos niveles de aceptación a ambos lados de las trincheras nacionalistas, ya que acabaría convirtiendo sus respectivas sinrazones en razones.

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