dilluns, 22 d’octubre de 2012

PSOE: EN EL PECADO ESTÁ LA PENITENCIA



La némesis del PSOE parece irremisible.  Las sucesivas derrotas electorales se suceden sin tregua y con el valor añadido de arrojar, en cada caso, los peores resultados nunca obtenidos. Y Galicia y Euskadi acaso sólo sean la antesala del próximo 25 de noviembre en Cataluña. Eso sí, el más leve asomo de análisis, siquiera mínimamente lúcido o autocrítico, sigue brillando por su ausencia.

En realidad, lo de Zapatero fue como un veranillo de San Martín. Una de aquellas trampas que nos pone el diablo para que pensemos que no se nos va a castigar por nuestros pecados y así sigamos perseverando contumazmente en ellos. O quizás, más racionalmente, un ardid de la historia. Materia de la astucia de la razón somos, al fin y al cabo, según dijo el viejo Hegel.

Nadie quiso reparar en su momento en algo obvio: la concatenación de hechos que obró la victoria del PSOE de Zapatero en el 2004 tenía, más o menos, las mismas probabilidades de producirse que las que tiene un burro de hacer sonar una flauta. Fue una victoria coyuntural, que habría que agradecer, entre otros, a Acebes y su inapreciable colaboración. El PSOE estaba en falso desde mucho antes. Luego, Acebes y su cuadrilla lo siguieron haciendo tan "bien" que ni la evidencia incontestable de estar habiéndonoslas con un gobierno de orates impidió que hasta mejorara resultados cuatro años después. Un espejismo. Hoy ya nadie habla de Zapatero, excepto para atribuirle la culpabilidad de la crisis. La socialista y la otra. Aquellos polvos trajeron esos lodos. Dicen.

Pero no fueron los polvos de Zapatero -entiéndase sensu stricto según el dicho popular- los que le trajeron al PSOE los lodos actuales, sino otros muy anteriores. Esos sí, acaso más interpretables sensu lato.

La desindustrialización iniciada en los ochenta por los gobiernos de Felipe González -denominada eufemísticamente "reconversión"- y la "cultura del pelotazo" que llevó aparejada, así como la "burbuja del tocho" que fue su secuela de la mano de Aserejé, tienen mucho más que ver en las singularidades de la crisis en España que la ciertamente pésima gestión de Zapatero y sus «miembros y miembras». Mucho más.

Cuando el PSOE perdió sus primeras elecciones generales frente al PP, era un partido desacreditado y minado por la corrupción. Más que un partido, parecía una inmobiliaria o una agencia de colocación. La situación estaba tan degradada que al ungido por dedazo no le quedó más remedio que convocar unas primarias, simulando darles la palabra a las bases. Pero las bases hablaron de verdad, y lo que dijeron no gustó. Se optó por mirar hacia otro lado. Ahí quedó el "caso Borrell" como evidencia para la historia.
 
El PSOE se negó a renovarse a fondo, como requería la situación, haciendo borrón y cuenta nueva después del felipismo. Ignoró su propio estado de esclerótica decrepitud y abortó cualquier atisbo de catarsis. La torpeza de Acebes, perdiendo él solito las elecciones en 24 horas, les hizo creer que la alternancia sería periódica, inevitable, secuencial -algún sociólogo se lo contaría- y que se podían ganar unas elecciones sin rendir cuentas. Esas viejas cuentas que pasan ahora factura. Con intereses de prima de riesgo española.

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