dimarts, 2 d’octubre de 2012

EL ASESINATO DE PRIM: LA ÚLTIMA PISTA (2ª parte) (A vueltas con la muerte de Prim - XVI)


Parece evidente que dicho interés sólo podía consistir en proteger a alguien que pudiera estar relacionado a la vez con el régimen y con el magnicidio. Pero es que entre 1870 y 1960 van noventa años; tres generaciones. No quedaba nadie vivo que hubiera podido estar implicado. Tampoco la (i)legitimidad del régimen franquista estaba en juego ni iba a quedar más o menos en entredicho de descubrirse que el asesino hubiera sido cualquiera de aquellos hacia los que apunta Pedrol Rius.  ¿A qué, entonces, tanto interés en ocultarlo?
Que Prim no era un icono del régimen franquista parece evidente, pero tampoco era uno de sus demonios familiares. Su estética africana incluso alimentó ciertos tópicos franquistas. ¿En qué medida podía  un  asesinato perpetrado hacía un siglo comprometer al régimen? Que fuera Montpensier, Serrano o ambos, no le afectaba para nada. ¿Para qué, entonces, hacer desaparecer documentación comprometedora? ¿Comprometedora para quien?
Quedan los borbónicos. No parece que el descubrimiento de una eventual autoría intelectual de Isabel II en el asesinato de Prim pudiera tampoco inquietar a nadie. La expresión es además un oxímoron paradigmático. La eventual culpabilidad de una reina defenestrada y de execrable memoria, también entre muchos sectores franquistas, no iba a inquietar al régimen, ni siquiera los monárquicos. Tampoco parece, además, que de haber tenido la capacidad de urdir la trama hubiera podido disponer los recursos para llevarla a cabo. No le quedaban seguidores. A ella no, cierto, pero a la causa borbónica sí. Si apuntamos hacia los borbones, el problema nunca podría ser Isabel II.
Pero la restauración monárquica que se llevó a cabo en la persona de su hijo, Alfonso XII, esta sí que podía comprometer al franquismo, precisamente porque en aquellos momentos el régimen estaba planeando  su perpetuación bajo la forma de una nueva restauración borbónica. Y ésta no podía quedar manchada porque se descubriera que la anterior restauración -en cuya legitimidad se fundamentaba- estaba asentada sobre un magnicidio tramado por sus propios arquitectos.

Sólo esto, y nada más, podía impeler a la destrucción de documentación del sumario de un asesinato llevado a cabo noventa años antes. Parece claro quién es el hombre.

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