dimecres, 16 de desembre de 2015

MATANDO MOSQUITOS A CAÑONAZOS (MERCADO Y EDUCACIÓN) (III)



Seguimos con lo de matar mosquitos a cañonazos. Pero es que quién lo haga, o es un estúpido o persigue otras finalidades, acaso pergeñadas por terceros y víctima de ellas. Si resulta que quien me aconsejó el uso de la artillería luego se me ofrece como albañil para tapar el boquete que el proyectil dejó en la pared de mi casa, parece juicioso colegir que su objetivo no era librarme de tan enojosos dípteros, sino conseguir un trabajo.

Para que la LOGSE fuera la solución, hubo que vender antes, como problema, una «realidad» educativa anacrónica y desfasada, elitista y excluyente, obsoleta e ineficaz, basada en una imposible transmisión de conocimientos a su vez inútiles, que provenía de una dictadura y que no se correspondía con las necesidades del momento ni tenía encaje en una sociedad democrática como la nuestra. Frente a esto, la solución pasaba por la escolarización universal hasta los 16 años, un sistema educativo transversal, atento a la diversidad, motivador, integrador e inclusivo. Es decir, toda la retahíla de conceptos «mágicos» y artes taumatúrgicas propios de las pedagogías alternativas, presentadas como «progresistas», frente a un sistema retrógrado como problema a superar. Ahora bien ¿Era esto verdaderamente así?

Hay muchísimos datos que, no sólo indican que no, sino también que muchas de las propuestas «progresistas» que se proponían como señuelo alternativo no eran tales novedades, sino que se estaban impostando del sistema que se denostaba. Por ejemplo, José Manuel Lacase, estudioso y especialista en análisis de datos, demuestra a partir de los informes PIAC –el PISA para adultos- que durante la aplicación de la LGE de 1970, España era el país de la OCDE que más estaba avanzando, y ello con el valor añadido de estar incorporando a la enseñanza reglada población no escolarizada, sin que por ello se resintieran los niveles académicos. Un progreso que se trunca con la implantación de la LOGSE y que se troca en caídas espectaculares.

Tampoco el argumento de la escolarización obligatoria hasta los 16 es demasiado consistente. El porcentaje de población escolar fuera del sistema educativo entre 15 y 16 años era de entre el 4 y el 5%. Integrar a esta población tampoco requería del gigantesco despliegue que se organizó. Otro fraude de la LOGSE es su declaración de principios en el preámbulo. Se trataba de promocionar la Formación Profesional y desmasificar la Universidad. Desde entonces, la FP ha empeorado y las universidades se han reproducido como setas por toda la geografía comarcal española, hasta el punto que quien no tenga hoy en día universidad, no es nadie.

No es mi intención hacer ninguna hagiografía del sistema anterior; tenía sus carencias y requería retoques, algunos de bastante calado, pero sí mostrar cómo se falseó la realidad para presentar un problema que justificara la solución preconcebida de antemano. Había que ponerlo muy mal, no sólo para justificar el cambio, sino también, premonitoriamente, los problemas que la presunta solución iba a generar, de magnitud muy superior a los que pretendía resolver, como el fracaso o el abandono escolar que vendrían... Que no era un sistema perfecto y que requería de reformas, es evidente, pero que no eran las que se aplicaron, también. No era un sistema tan anacrónico como para que no pudiera ser la base sobre la cual promover las necesarias reformas.

Porque una cosa es alargar la escolarización obligatoria hasta los 16 años, como se hizo, y otra, completamente independiente de la anterior, que todos pasen por un sistema único hasta dicha edad. Lo mismo en lo referente a la inclusividad, una cosa es un sistema educativo inclusivo, es decir, que «incluya» a toda la población en edad de escolarización, y otra muy distinta el modelo pedagógico llamado «escuela inclusiva», que consiste en la mezcla indiscriminada de todo tipo de alumnado en un mismo espacio bajo un mismo programa de estudios. Una vez más, el solucionador de problemas lo es por doble partida. Por un lado, se ofrece a solucionar un problema, real o inducido; por el otro, es también el solucionador de los problemas que su solución generará. Que los problemas sobrevenidos sean de mayor envergadura que el que se suponía que iba a solucionar, eso parece no importar.
Pero antes de proseguir, hemos de hacer un breve excurso sobre la puesta en el mercado de la escuela y las motivaciones que indujeron a ello. Insisto, no es inocente matar mosquitos a cañonazos.
(To be continued...)

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