diumenge, 20 de desembre de 2015

WALDEN «n» 0 LA EUGENESIA EMOCIONAL

 
 
Fue Burrhus F. Skinner (1904-1990) el que se llevó la fama con su novela «Walden dos», que no es una novela psicológica, sino un manual de psicología novelada que presenta, bajo una aparente estructura narrativa, las bases del conductismo psicológico, teoría de cual Skinner es, junto con Watson (1878.1958), uno de sus más conspicuos miembros. La fama, o la mala fama, proviene de que el conductismo se autopostuló como la primera Psicología «científica» que afirma su capacidad de modificar, dirigir, manipular e instrumentalizar la personalidad, la conducta, a través de un «correcto» tratamiento de los estímulos, emblematizados en la archiconocida ecuación «E → R». De ahí la lapidaria frase de Watson: “Dadme una docena de niños sanos para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger .médico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón- prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados”. ¡Qué familiar suena!  En definitiva, técnicas de modificación de conducta, y con ello de emociones, amparadas por la «ciencia».
Lo intentó Watson con el famoso caso del «niño Albert», por cierto cubriéndose de oprobio –es curioso que meterle una fobia a alguien sea más fácil que quitársela luego-. En los mismos tiempos de entreguerras, mientras Watson hacía sus primeros sus pinitos psicológicos y terapias conductuales, Aldous Huxley nos presentaba en su Brave new world (1932) uno de los posibles desenlaces de la realización de tales designios. En definitiva, y a lo que íbamos, la pretensión de los educadores emocionales de trajinar con la personalidad y las emociones humanas no parece ser tan novedosa como se anuncia. Y sus métodos tampoco. Otra cosa es el cebo que pongan en el anzuelo.
Algunos opondrán a esto que el conductismo skinneriano y las teorías de la inteligencia emocional son antitéticas por partir de supuestos y de modelos absolutamente opuestos. Y por tratarse de paradigmas muy alejados entre sí. En principio podría parecer una objeción más que razonable, y no sólo porque el ambientalismo conductista no parece que case nada bien con el supuesto intimismo implícito a la capacidad de controlar de las emociones, sino también porque, correlativamente, la dicotomía se plantearía también en términos de heteronomía psíquica, en el caso conductista, contra la supuesta autonomía psíquica postulada por nuestros coetáneos emocionalistas. Pero en ambos casos, ya se trate de técnicas de modificación de conducta o de moldear las emociones, lo cierto es que hay una heteronomía insoslayable y recurrente. En realidad, la educación emocional no es sino un nuevo conductismo presentado con un pelaje más acorde a los tiempos que corren. Donde unos dicen «emociones» e inteligencia emocional, los otros decían respuesta a un estímulo externo y conducta. En realidad, de Watson y Skinner a Goleman y sus voceros va un trecho, sí, pero sólo en el tiempo.
En definitiva, de Walden dos a Walden tres, hasta Walden n, el Walden emocional. Pero siempre Walden. Y el síndrome de Frankenstein.

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