dimecres, 18 de setembre de 2013

A VECES LLEGAN CARTAS...



Hubo un tiempo en que escribir una carta era la forma usual de comunicarse con alguien que estuviera alejado, incluso a veces aunque fueran sólo unos pocos kilómetros. Desde los negocios o el conocimiento, hasta el amor o la amistad, pasando por la conspiración o la impostura, el universo epistolar adquirió una naturaleza que acabó tematizada en sí misma como género.  Desde "la carta robada"  de Edgar A. Poe, hasta "Un jeune facteur est mort, l'amour ne peut plus voyager, il a perdu son messager" de Moustaki, lo epistolar ha pasado prácticamente por todos los posibles registros, precisamente por ser en sí mismo un género que incorporaba todos los posibles mundos, los mejores y los peores.

Que lo epistolar fuera un género en sí mismo lo demuestra el hecho de que produjo su propio registro. Eso sí, sin contaminar al resto. Nadie hablaba como escribía, a diferencia de lo que ocurrió luego con los e-mails, cuya jerga ramplona acabó contagiando al resto de registros lingüísticos, hiriéndoles de muerte, por no hablar de los sms o del más moderno whatsapp...

Hoy nadie escribe ya cartas. Y como ellas, el lenguaje epistolar ha pasado a la historia. Hasta los e-mails son ya algo así como el paleolítico para cualquiera con menos de cuarenta años. Por ello,  sobrepasada ya con creces esa edad  a partir de la cual Pavese le consideraba a uno responsable de su propia cara, es imposible no quedarse perplejo ante la ramplona polémica epistolar con que han decidido entretener al personal ese par de ínclitos prohombres que son Mariano Rajoy y Artur Mas, jugando a ver a quién le toca ahora escribir y, lo que ya es el colmo del cutrerío, airerando públicamente los contenidos de sus misivas incluso antes de escribirlas o de que lleguen a su destinatario teórico ¿Será posible tanta zafiedad?

Cualquiera de mi generación sabe que las cartas eran algo privado. Eso era así hasta tal punto que las consecuencias de airear los contenidos de cierta correspondencia podía acarrear consecuencias imprevisibles, por lo general siempre indeseadas. Tampoco era infrecuente que el autor de una carta se guardara un duplicado, a salvo de indiscreciones, que acreditara su contenido para que nadie pudiera tergiversarlo después. Ha habido testamentos en los que el legado principal era la copia de las cartas que se enviaban. Y sirvieron acaso para esclarecer entuertos urdidos por herederos poco escrupulosos.

Y aunque es cierto que desde siempre hubo metomentodos que hurgaban en la correspondencia ajena con fines inconfesables, desde el descubrimiento del cuerno  hasta el secreto de estado, también lo es que la privacidad que le era propia costaba mucho más de violar que el correo electrónico personal, el whatsapp o el recorrido biográfico de cualquier ciudadano por las páginas de internet, tal como demostró y denunció Snowden recientemente. 
Por todo eso le parece a uno el colmo del patetismo que este par de políticastros hayan decidido ahora, por un lado, comunicarse a través de correspondencia postal, y por el otro, anunciar a los cuatro vientos los contenidos de sus misivas incluso antes de que pasen por la estafeta. Pero a ver ¿es no tienen móvil? ¿no están en whatsapp? ¿A qué entonces esta fantochada de ceremonial epistolar trasnochado y casquivano con que pretenden tomarnos el pelo?

Francamente, me parece un ultraje al modelo epistolar, que tanto juego dio en su momento y que, precisamente por eso, es acreedor a mejor trato. Señores Mas y Rajoy, vuelvan al sms o a sus televisiones respectivas, pero por favor, dejen de enviarse cartitas.

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