dijous, 12 de setembre de 2013

¿QUÉ LLEVÓ REALMENTE AL 11 DE SEPTIEMBRE DE 1714? (II de III)



La Francia del 1700 era la potencia hegemónica en el continente europeo, pero había llegado tarde a la colonización de las Américas, que corrió fundamentalmente a cargo de españoles y portugueses, pero también de ingleses, holandeses y, en menor medida, de suecos, daneses y escoceses. Luis XIV había intentado remediar esta situación promoviendo la colonización del Canadá, por un lado, y de la Luisiana, por el otro, pivotando esta última sobre Nueva Orleans, con el proyecto de enlazar a través del Mississippi y el Missouri -San Luis-, la Luisiana con el Canadá, en lo que era el sueño de una gran América del norte francesa que se extendiera desde el golfo de México hasta la península del Labrador.

No escatimó medios para ello, pero  el proyecto se resolvió en un fracaso más que parcial comparativamente a la dimensión del proyecto originario. La inapetencia de los franceses por emigrar a ultramar quizás fuera una de las razones, los intereses ingleses y holandeses, dueños del mar, la otra. Sea como fuere, la implantación francesa en estos territorios -con la probable excepción de Nueva Orleans- fue siempre precaria. Cuando setenta años después, tras la guerra de los siete años, Francia pierde sus posesiones continentales americanas -que luego recuperará sólo parcialmente y por breve tiempo- la presencia francesa en estos territorios se reducía a unos pocos miles de colonos. Por entonces, las colonias atlánticas inglesas de las que surgirán los Estados Unidos, tenían una población estimada de tres millones de habitantes.

El caso de Francia guardaba, en cambio, una simetría especular casi perfecta con respecto a España. España era una potencia agonizante, sin estructura económica ni capacidad para el comercio, pero disponía de unos territorios que sólo había aprovechado ínfimamente y que ofrecían grandes oportunidades a quien las supiera aprovechar. La mayor parte del comercio, y del contrabando, en las colonias españolas estaba en manos de ingleses y holandeses. Francia era, por su parte, un país con gran vigor demográfico, la primera potencia continental y empezaba a disponer de una burguesía con capacidad para administrar y enriquecerse con un imperio colonial, pero carecía de él. El proyecto de Luis XIV consistía en poner las colonias españolas bajo el control comercial francés. Pero esto era precisamente lo que ni Inglaterra ni Holanda iban a permitir bajo ningún concepto.

Siguiendo las indicaciones de su abuelo, Felipe V suprimió los monopolios de comercio con las Indias que habían funcionado durante el reinado de los Austrias en España y que habían acabado arruinándola. Hoy en día, diríamos que introdujo medidas de liberalización del comercio. Liberalización sólo en cierta medida, claro, puesto que los grandes beneficiarios de las nuevas concesiones fueron, tal como estaba previsto, las compañías francesas. Esta fue la política del primer año de reinado de Felipe V, como consecuencia de la cual se produjo el estallido de una guerra a escala europea como no se había visto desde la de los treinta años. La que se conoció como la guerra de sucesión española, aunque en realidad, la península ibérica fue sólo uno de los muchos escenarios donde se desarrolló este conflicto.

Cuando el trato de favor a las compañías francesas se hizo evidente, cundió la alarma en el resto de potencias coloniales, léase Inglaterra y Holanda, así como en menor medida, Portugal.  Un imperio tan vasto competentemente administrado en última instancia por Francia amenazaba con romper el status quo implícito desde la guerra de los treinta años: Francia como potencia continental e Inglaterra y Holanda como potencias marítimas. Si ahora Francia se hacía con la gestión económica y comercial de las colonias españolas, el equilibrio iba a romperse tarde o temprano en perjuicio de Inglaterra.
Austria, por su parte, era el único país que no había reconocido a Felipe V, y además, les tenía echado el ojo a las posesiones españolas del norte de Italia, que atacó por su cuenta y riesgo. No es hasta 1703 cuando Inglaterra, Holanda y Portugal, se deciden, en defensa de sus intereses, a reconocer y a apoyar las pretensiones al trono del Archiduque Carlos de Austria, que fue nombrado rey de España en septiembre de 1703.

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