dilluns, 3 de juny de 2013

HERMANN TERTSCH, NAZIS Y COMUNISTAS


 
Se sorprende Hermann Tertsch de la distinta consideración social que merecen los términos "nazi" y "comunista". Así, mientras que tildar a alguien de "nazi" se percibe como un insulto intolerable, no ocurre lo mismo con el de "comunista". Pero en realidad, afirma, se trata en ambos casos de ideologías criminales. Esta asimetría se manifiesta también, para su perplejidad, en los respectivos antónimos. Mientras que el término anticomunista resulta «absurdamente despectivo», el de «antinazi» o, más ad usum «antifascista», siempre tiene connotaciones positivas. De contradictoria y paradójica califica esta actitud, según él, tan generalizada, cuya única explicación parece encontrarse en la «prosaica realidad» (SIC) de que el comunismo ganó la guerra, mientras que el nazismo la perdió.

Eso sí, Tertsch añade que, si bien el comunismo asesinó mucha más gente que el nazismo, el primero fue de una criminalidad primitiva, mientras que la modernidad nazi con su industrialización de la muerte, le incorporó un «valor añadido» mucho más peyorativo, invistiendo al nazismo con un halo más diabólico y siniestro. Pero para el que muere, prosigue Tertsch, aunque le maten de forma diferente, le matan igual. Se trataría, concluye, de dos ideologías igualmente criminales.

A uno lo que le sume en la perplejidad es que un «fino analista» como el Sr. Tertsch, defensor a ultranza del individualismo, pueda incurrir en una ligereza teórica tal como la de hablar de «ideologías criminales» sin discriminación conceptual alguna; porque al hacerlo, soslaya sin más algo que un teórico neoliberal como él no debería desconocer: quienes matan son las personas, no las ideologías; por más que lo hagan en su nombre.

Para hablar de «ideologías criminales», antes hemos de haber determinado si dicha naturaleza criminal es, aristotélicamente hablando, substancial, inherente a ella, o por el contrario, accidental; ya sea en este último caso como consecuencia, nunca justificable, de la propia naturaleza humana o por cualquier otra razón extrínseca, en principio, a la ideología en cuestión. En román paladino, si la ideología incluye en sus mismos genes este carácter criminal.

Porque siguiendo con la lógica del Sr. Tertsch, cabría igualmente atribuir a Jesucristo la responsabilidad de las hogueras de la inquisición o los pogromos;  a Marx los crímenes de Stalin y los gulags; o a Nietzsche y a la música de Wagner, las atrocidades de los nazis. Y no creo que sea sostenible en ninguno de estos casos. Es decir, si los crímenes cometidos en nombre de una ideología la convierten en criminal, tan responsable sería, entonces, el ejecutor como el inspirador de dicha ideología, fuera cual fuere. Claro que también entonces el liberalismo podría ser la «ideología criminal» responsable de la carnicería de la Primera guerra mundial.

No, la realidad es mucho más compleja. Si hablamos de ideologías, o sobre ideologías, estamos en un plano teórico, y lo cierto es que para calificar a una ideología de criminal, no basta con que en su nombre se hayan cometido crímenes, por repugnantes y execrables que sean, sino que este carácter criminal ha de poder encontrarse en sus contenidos esenciales. Y ahí, la equiparación entre comunismo y nazismo, amparada en el factum de los crímenes cometidos por comunistas o por nazis, es falaz sin más. Y tendenciosa.

Que en nombre del comunismo se han cometido crímenes abominables es indiscutible. Y que la catadura moral de muchos de sus líderes, como Stalin o tantos otros, corra pareja a la de los líderes nazis, también. En ambos casos estamos tratando con psicópatas megalómanos que consiguieron hacerse con el poder. Y de unas circunstancias desafortunadas que les facilitaron el acceso a dicho poder. Pero si pensamos que el comunismo o los escritos de Marx llevan inevitablemente al gulag ¿Por qué entonces no podríamos pensar igualmente que los Evangelios llevan a las hogueras de Torquemada o de Calvino? ¿O el liberalismo económico inevitablemente a la guerra?

En el caso del nazismo, su naturaleza criminal es inherente a sus propios fundamentos ideológicos, a partir de postulados tales como los que proclaman la superioridad de una determinada raza sobre otras de naturaleza, ojo, dato importante, no sólo inferior, sino también maligna en algunos casos. De ahí a la exterminación de las razas perversas -léase judíos y gitanos- y a la relegación de las inferiores a la mera condición servil respecto de sus señores superiores arios, va sólo un paso: la ejecución del ideario. Eso no es sólo la realidad, está contenido en los escritos fundantes de la ideología nazi. Y así lo viere quien lo leyere.

No. Que de facto muchas ideologías o religiones hayan instaurado regímenes de terror es una cosa; abyecta, repugnante y execrable, que no merece la menor benevolencia en el juicio, sino la más contundente de las condenas. Pero afirmar sin más que de iure son ideologías criminales es, simplemente, falta de sutileza en el juicio u ofuscación.

A lo mejor es por eso, para sorpresa del señor Tertsch, que a pesar de los crímenes cometidos en sus respectivos nombres, se sigue distinguiendo a los comunistas de los nazis. Quizás en el primer caso se entiende que era una bella utopía cuya realización topó con el insoslayable escollo de la naturaleza humana -con sus grandezas y sus miserias-, mientras que en el segundo, el del nazismo, se trataba de una ideología intrínsecamente criminal.
Que de facto acabaran igual, no implica que de iure lo fueran. Una cosa es cierta, como dice Tertsch: al que matan, lo han matado y está muerto. Pero entonces sería equiparable morir en un accidente de aviación a estrellarse contra las torres gemelas. Y no es así. Puede que para el muerto sí, una vez muerto; pero para los que quedan vivos, no.

1 comentari:

  1. Espléndido el artículo, Xavier. Reconozco que este Tertsch me produce una cierta grimilla. Hace poco abandonó Intereconomía para fichar por la 13. Se enfadó con Verstrynge, personaje que tampoco me cae bien, las cosas como son. Lo curioso es que este tipo, Tertsch, que se rasgaba las vestiduras mientras Verstrynge le hacía una pedorreta (que, como ofensa, tampoco es que tenga tanto recorrido) había llamado "golpista" a la Sexta, así, en general y sin matiz alguno. También pidió que se cerrara. El refranero popular tiene un dicho que viene muy a cuento, aquel de "le dijo la sartén al cazo: apártate que me tiznas". La incoherencia e inconsistencia argumental de determinados contertulios es admirable.

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