dissabte, 18 d’agost de 2012

A VUELTAS CON LA MUERTE DE PRIM (I)


Sorprenden de entrada los paralelismos entre las muertes de Prim y de Kennedy: la intuición de que una poderosa urdimbre estaba detrás de ambos magnicidios; la torpeza de las respectivos sistemas policiales y judiciales; la sospechosa eliminación de supuestos sicarios y la desaparición, como si se los hubiera tragado la faz de la tierra, de otros; la sospecha de que los poderes del Estado se dedicaron a obstruir las investigaciones; la creencia popular según la cual en ambos casos se conocía la verdad por parte de los altos poderes Estado, una verdad que estaba ocultándose … Incluso en el terreno de la anécdota histórica, resulta que en ambos casos se intentó echarles la culpa a los cubanos.

Pero aquí se acaban los paralelismos. Estamos probablemente, en ambos casos, ante una conspiración de Estado que tuvo como consecuencia la muerte violenta del primer mandatario de la Nación; unas muertes no resueltas policialmente. Pero lo mismo que, de ser así, explicaría en el caso de Kennedy que aún hoy, casi cincuenta años después, no se haya resuelto el caso, es precisamente lo mismo que en el caso de Prim no resulta explicable, y ahí aparece la primera gran diferencia.

Porque si el asesinato de Kennedy fue una conspiración de Estado, ésta se dio dentro de un régimen que sigue siendo el mismo cincuenta años después. Cabría por lo tanto pensar que las mismas razones por las cuales no se desveló en su momento siguen valiendo hoy como secreto de Estado.

En el caso de Prim es todo lo contrario. En los EEUU no se ha producido ningún cambio de régimen desde la independencia de Inglaterra; en España los ha habido a decenas y de todos los colores en este mismo periodo de tiempo. Así por ejemplo, la razón fundamental que en la novela de Gibbon mueve al periodista Boyd a apresurar su viaje, es precisamente la inminencia de un cambio de régimen. Era sensato suponer que tras una restauración borbónica, el interés por resolver el asesinato de Prim iba a entibiarse mucho. Como efectivamente fue. ¿Pero sólo la Restauración canovista no tenía demasiado interés en perseverar en el caso Prim?

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