dissabte, 31 d’octubre de 2015

MUNDO, DEMONIO Y CARNE...



...Eran los enemigos del alma y libraron contra ella numerosas guerras de incierto resultado. Como incierto ha sido el destino posterior de los viejos contendientes. Del alma nadie sabe muy bien qué ha sido, y los que se acuerdan de ella de vez en cuando, lo hacen para denostarla frente al amasijo de nervios y corrientes eléctricas que dicen que ahora somos; tampoco hay noticia del demonio, aunque es de suponer que decidió pasar desapercibido una vez cayó en la cuenta de que su mejor trampa era convencernos de que no existe. El mundo y la carne siguen ahí, pero ya no son lo que fueron. El mundo, pobre, cada vez más deteriorado y camino de convertirse en la némesis de su antigua aliada la carne. Y la carne... ¡ay, la carne!

La carne fue quizás la más enconada enemiga del alma. El mundo y el demonio siempre fueron en el fondo más comprensivos con ella, y partiendo de aquella sabia sentencia que nos decía que a enemigo que huye, puente de plata, hasta las más de las veces le facilitaban la retirada. Pero la carne no. Con la carne era la guerra total. Era además un enemigo duplicado. Según bajo qué aspecto se le apareciese materializada al alma, podía inducirla a la lujuría o a la gula, los dos sin duda más terribles de entre los siete pecados capitales.

La lujuria ya no le preocupa hoy a nadie. La administra el sistema en la dosis oportunas para mantener al personal tan entretenido con ella que, por eso mismo precisamente, ha dejado de atención. La democratización de la estupidez ha sido decisiva en la neutralización de la lujuria.

Sólo quedaba, pues, la carne que induce a la gula como auténtico enemigo a batir, ya no por el alma, sino por el amasijo de nervios, proteínas y electricidad que constituye el yo individual posmoderno. La trivialización de la lujuria la había dejado convertida en la única superviviente de los otrora temibles enemigos del alma. Esta semana, la OMS le dio el aldabonazo definitivo: la carne produce cáncer, así que a comer hierbajos. Ahí queda eso.

Al final, el amasijo como sujeto resulta más complicado que su antecesora el alma. Porque ésta, al ser simple y no poderse, por tanto, descomponer en partes más simples, era inmortal. Era invulnerable al tabaco, al alcholol o al sexo; y a sus seccuelas en forma de respectivos castigos impuestos por la providencia, el cáncer, la tuberculosis, la cirrosis, la sífilis o el SIDA. Estas cosas sólo podían afectar a la res extensa, al cuerpo, carne también en definitiva y al fin y al cabo. Pero no al alma, que éramos nosotros, que era el «YO».

Ahora en cambio, la cosa es muy distinta, porque el amasijo de nervios, electicidad y fluidos, quiere ello no obstante ser inmortal como la antigua alma. Pero no. Eso es imposible porque como res extensa que es, está sujeta al segundo principio de termodinámica, a la entropia. Pero se empeña en no reconocerlo. Y sigue haciendo el ridículo. Si la carne produce cáncer ¿no será que somos nosotros el cáncer?

¡Qué tiempos aquellos en que el alma se batía con sus tres grandes enemigos, y alternaba victorias con derrotas. Porque uno no sólo se define por sus amigos, sino también, y acaso sobre todo, por sus enemigos. Y mundo, demonio y carne, eran grandes, admirables y dignos enemigos. No como ahora, que no podremos ni comer carne tranquilos -apuesten a ver cuanto falta para que algún imbécil proponga erradicarla de los menús-, total, para vivir como vegetales unos años más y morirnos de otra cosa. Son las promesas/remedo de la posmodernidad.

Allá cada cual. Yo, esta noche me voy a poner un chuletón bien rojo entre pecho y espalda. A la salud del segundo principio de termodinámica.


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