dissabte, 24 d’octubre de 2015

MAS Y LA LÓGICA DE LA TRANSGRESIÓN



Decía Kant que la mentira tiene como condición de la posibilidad un marco discursivo de presunción de verdad. Efectivamente, de no ser así, no sólo la mentira sería imposible, sino que también lo sería la propia posibilidad de discurso. De ahí infiere que la mentira está subordinada a la verdad.

No se trata de ninguna moralina. Esto, cuando se explicaba Historia de la Filosofía en el Bachillerato, les costaba de entender a los alumnos, que lo veían como la ingenuidad propia de alguien que, como Kant, no sabía de qué iba la vida. Con la cantidad de mentiras que decían ellos ¡qué les iba a contar Kant! Pero cuando se les explicaba la analogía que estableció Ortega, al menos los más espabilados caían en la cuenta de que para ingenuidad, la de ellos. Ortega comparaba la mentira con la moneda falsa. Y así como ésta precisa de la existencia de moneda de curso legal, sin la cual no podría siquiera ser ni moneda ni falsa, aquélla precisa de la verdad para poder ser mentira.

Pero hay ciertos supuestos bajo los cuales se quiebra esta analogía tan pronto como pasamos del concepto al agente, de la mentira al mentiroso y de la moneda falsa al falsificador. Es decir, cuando entramos en el ámbito de la percepción de ello desde el propio psiquismo del mentiroso o del falsificador. No porque deje de haber analogía, sino porque ésta se traslada a otro plano.

Para que haya transgresión, ha de haber un marco que fije unos límites más allá de los cuales ciertos comportamientos quedan proscritos o se consideran reconvenibles. Es decir, sin un marco «moral» previo –en su sentido originario de «costumbre» o «common life» humeana- a partir del cual se constituya lo «legal», escrito o consuetudinario, la noción de transgresión carece de sentido en la misma medida que la de mentira sin presunción previa de verdad. Que la constitución de este marco requiera de alguna forma de consenso formal, no debe, sin embargo, implicar que incurramos en la ingenuidad de asumir una aceptación implícita universal de «las reglas del juego», sino simplemente explícita, con la a su vez implícita eventualidad de transgresión, incluso bajo estas mismas reglas o pretextando ajustarse a ellas.

Para entendernos, siempre queda la posibilidad de «la mano de Dios», sin que ello aluda a ningún tipo de providencialismo, sino  al famoso gol de Maradona con la mano en el Mundial del 86. Un gol que no lo era, pero que computó como tal. Es decir, que la mentira pase por verdad, que la moneda falsa suplante a la de curso legal, o que la transgresión en definitiva, pase desapercibida.

Por lo general, el mentiroso o el falsificador de moneda son conscientes de su condición. Cierto que un mentiroso compulsivo puede acabar tomando sus mentiras por verdades, pero entonces estamos ante una patología de la personalidad. La confusión del fin con el medio. Cuando uno miente, lo hace con un objetivo; si miente por mentir, si el único objetivo es mentir, entonces es un enfermo. ¿Y el falsificador de moneda?

Ciertamente, no es imposible imaginar a un falsificador que acabe creyéndose que sus monedas sean de curso legal. Pero parece más sensato pensar que lo que pretenderá es ingresarlas en un banco colándolas subrepticiamente como verdaderas, en cuyo caso acaban siéndolo, como mínimo en el haber de su cuenta corriente, que es de lo que se trataba. Ahora bien, cuando un pelanas ingresa repentinamente un millón de euros sin poder acreditar que le ha tocado una Primitiva, entonces se encienden todas las alarmas; o bien es moneda falsa, ilegal, o lo es el origen de su posesión.

En una comedia teatral que pasaron hace muchos años por el viejo «Estudio Uno» de TVE, unos hampones de medio pelo consiguen construir una máquina falsificadora perfecta. Para no llamar la atención, desestiman fabricar billetes de mil y de quinientas pesetas. Pero si sólo los producían de cien, entonces no cubrían gastos. Y en un raptus de lucidez digno de muchos economistas actuales, deciden producir billetes de 155 pesetas. Las ventajas eran evidentes: no llamaban la atención como la llamarían yendo por la vida con fajos de billetes de mil –ellos, unos matados-; cubrían gastos y les quedaba un beneficio de cincuenta pesetas por billete. Y se pusieron en faena. Huelga decir que acaban todos detenidos a las primeras de cambio. Eso sí, no se sabe si por falsificadores o por gilipollas.

Por lo tanto, el mentiroso es tan consciente de estar mintiendo como el falsificador de que sus monedas son falsas; psicópatas y gilipollas aparte. Pero igual que un mentiroso puede llegar a creerse el único que miente, y hasta a considerarse el único con derecho a mentir, también el transgresor sistemático puede llegar a considerarse el único y astuto transgresor con «derecho» a transgredir, en lo que es una transposición de planos consecuencia de la pérdida de sentido de la realidad.

Y trasladando todo esto al ámbito de la política, no estaríamos en el plano de legitimación de un fin por cualesquiera medios –como burlar la ley, por ejemplo, que es otra cosa-, sino que, una vez más, topamos con Kant: también una república de diablos tendría sus leyes. De hecho las tiene, porque entre diablos anda el juego y esto es lo que hay. Y resulta que si uno, en sus delirios, se cree el único diablo y así lo anuncia, lo que a primera vista pudiera parecer una actitud astuta o  taimada, según del lado que se mire, acaba en realidad siendo la más cruda explicitación de una ingenuidad enternecedora, y estremecedora, por su ramplonería implícita: desconoce las reglas del juego.

Ayer, haciendo zapping, apareció de repente en la pantalla el Sr. Mas compareciendo para «explicar»(?) los recientes escándalos de corrupción que apuntan directamente hacia él. Y como si más allá de su autoproclamada astucia, el cálculo hubiera aconsejado fabricar billetes de 155 euros en aras a la causa que dice defender, estaba diciendo en el mismo momento que apareció en mi pantalla, entre airado y ultrajado:

[(…) també ens podríem preguntar] per què no busquen en d’altres”.

Es decir, “(También nos podríamos preguntar) por qué no buscan en otros sitios”. O sea, Why me?  Para a continuación hacerse fuerte proclamando que en diez años, no han podido (“Ellos”, Madrid) encontrar nada.

Vamos a ver. Prescindiendo de que en diez años sí se han «encontrado» cosas que han llevado a más de un allegado suyo a la cárcel, la pregunta es qué le induce a advertirnos implícitamente que sí van «encontrar» algo en el undécimo y porqué precisamente a él.

¿Pero qué te pensabas? ¿Que esto iba a ser como el solitario en el que te haces trampas a ti mismo con billetes de 150 euros? ¿O nos vas a decir que de tanto mirarte el ombligo, no sabías que esto es una república de diablos?

¿Y la lógica de la transgresión? ¡Ah! sí, la de toda la vida; la que le recuerda el viejo pistolero de los westerns al joven temerario que cree serlo. Siempre habrá alguno más rápido que tú; o más astuto que tú, más aún si es el que reparte el juego. Son las reglas: tú no eres el único transgresor.

La maldición «gazieliana» persiste: ¿Mal suertudo o pésimo jugador?


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