Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris "El Procés". Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris "El Procés". Mostrar tots els missatges

dijous, 23 de novembre del 2017

El "Procés": ficción y realidad


Siempre me ha parecido que el «procés» y sus personajes resultan mucho más evocables cinematográficamente que literariamente. Literariamente lo primero que le viene a uno es Valle-Inclán y lo que hubiera podido hacer de haber conocido el tema. Pero bien mirado, hay en el esperpento una cierta dimensión trágica de la vida que no acaba de encajar con la estética del «procés». Acaso porque sus protagonistas más notorios no precisen de énfasis alguno en la necesaria caricaturización literaria que requiere cualquier forma de parodia. Piensa uno en Max Estrella, en Tirano Banderas o en el inefable Bradomín, y la verdad, hay algo de real en cada uno de ellos que contrasta con la irrealidad histriónica de Puigdemont, Junqueras o, sin ir más lejos, del tándem «Rull & Turull». Frente a personajes literarios de primera fila como los citados, se les ve carentes de entidad, como impostados. No sé… tal vez literariamente encajarían en los dramas bufonescos de Gozzi, o en las sátiras de Sharpe, pero no en el noble género del esperpento.
En cambio, sí lo veo mucho más claro cinematográficamente, o como serie televisiva. Berlanga hubiera podido sin duda sacarle mucho partido, y los Hermanos Marx también. Boadella, sí, acometió la tarea en el teatro muchos años antes de que se iniciara la fase actual del «procés»… pero sin desmerecer a los anteriores, me quedo con los Monty Python. ¿Se imaginan por un momento a Graham Chapman en el papel de Puigdemont, a John Cleese en el de Artur Mas, a Michael Palin en el de Marta Rovira,  a Terry Jones alternándose en los de Pujol, Junqueras, Forcadell y «Rull & Turull», y a Eric Idle en el de Lluis Llach cantando «L’Estaca» en versión “…always look on the bright side of life”, todos ellos dirigidos por Terry Gillian y el propio Jones? Solo de pensarlo ya le viene a uno la risa. ¡Qué gran obra maestra nos hemos perdido!
Una lástima que Graham Chapman lleve muerto casi treinta años, y que el resto de los Python ya no estén para muchos trotes. Claro que, bien mirado, también es posible que no le hubieran encontrado materia parodiable al «procés» ni a sus protagonistas, porque en su irrealidad constitutiva ya son una representación que no admite parangón, impidiendo con ello cualquier tipo de creatividad al llevarla a la ficción; porque sus personajes ya son en sí ficciones y el «procés» ya es la obra representada. Y no hay nada que satirizar porque ya es una caricatura perfecta interpretada por caricatos igual de perfectos.
Dicho en otras palabras, la ficción literaria o cinematográfica interpreta la realidad desde un determinado punto de vista y perspectiva. Un autor puede escribir una obra sobre Julio César, sobre Jesucristo o sobre el rey Arturo, enfatizando en cada caso algunos aspectos del personaje que le interesen especialmente según el mensaje que quiera transmitir y la naturaleza de dicho menaje, ensalzándolo o satirizándolo, enalteciéndolo o caricaturizándolo. Sería el caso del Julio César de Shakespeare o del que aparece en las historietas de Astérix; o del Jesucristo de la ‘Historia más grande jamás contada’ y el de su réplica en ‘La vida de Brian”; o del rey Arturo que nos presenta ‘Excalibur’ y el de ‘Los caballeros de la mesa cuadrada’…
¿Pero quién podría interpretar a «Rull & Turull» o a Puigdemont sin que pareciera una mala copia del original? Una caricatura procede de un modelo al que se ridiculiza enfatizando sus aspectos más grotescos ¿pero qué hay de caricaturizable en un modelo que ya es una caricatura? ¿Qué podría hacerse con estos tipos que no hayan hecho y sigan haciendo ellos mismos en sus propias autointerpretaciones? Nada. Como suele decirse, llovería sobre mojado y cualquier intento de interpretación resultaría artificioso. Porque lo irreal, la ficción, es una copia deformada de la realidad a la que pretende representar, pero si lo que se pretende caricaturizar es ya una caricatura, el invento no funciona. Y es que, desde luego, estamos en uno de aquellos casos en que la realidad supera cualquier posible ficción.
La belleza estética en una obra de arte no implica en absoluto que fuera igual de bella en caso de convertirse la representación en real. Los borrachos de Velázquez son sin duda alguna estéticamente bellos como obra de arte, pero como seres reales resultarían repugnantes. También el «procés» y sus personajes podrían resultar bellos como obra de arte. Pero desmintiendo a Pigmalión, si la estatua se vuelve real puede no solo perder su belleza, sino incluso resultar aborrecible. Aun así ¡cómo nos hubiéramos reído de haber sido el «procés» una obra de ficción! Lástima que no lo sea.

dimecres, 15 de novembre del 2017

¿Pero hubo alguna vez 155?


Ahora resulta que la famosa declaración de independencia no era tal porque en el propio texto se establecía que tal disposición no tenía efectos jurídicos. Es decir, que se trató de un simulacro que, por otro lado y dicho sea de paso, ayuda a entender los avinagrados semblantes que exhibían los protagonistas de la proclamación en la desangelada celebración que le siguió. Pero entonces cabe preguntarse si, ya que no hubo declaración de independencia, acaso tampoco haya habido aplicación del artículo 155, o si ésta ha sido tan testimonial y carente de efectos como la independencia que pretendía evitar.

Porque si al final va a resultar que a unos les ponía esto de la independencia y les hacía «ilu» declararla solemnemente con todo el boato y parafernalia propias del caso, aunque no fuera real, sino mero teatrillo, solo para darse el gusto, entonces también cabe pensar que a los otros el cuerpo les pedía una aplicación del 155 igualmente pomposa, pero no menos vacua. Algo surrealista, sin duda, y más propio de algún numerito del tan añorado teatro chino de Manolita Chen que de políticos en ejercicio, pero es lo que hay. No se le pueden pedir peras al olmo; y tampoco deberíamos olvidar que, aun en cualquiera de sus proteicas manifestaciones, estamos al fin y al cabo en España.

Y es que más allá del ámbito meramente virtual en el que algunos parecen irremisiblemente atrapados, lo cierto es que las cosas no hay que valorarlas ni medirlas tanto por sus contenidos declarativos, como por sus resultados; o sea, por las consecuencias que acarrean. ¿Y qué ha ocurrido realmente? Pues a ver, no mucho más que si Puigdemont, en vez de proclamar la república, hubiera convocado las elecciones anticipadas que, en su lugar, ha convocado Rajoy. Sí, se han suprimido algunas agencias propagandísticas de la Generalitat y los miembros del govern y algunos de sus altos cargos de confianza han sido cesados sin el protocolario agradecimiento por los servicios  prestados ¿pero por lo demás, qué?

Los medios afines y adictos al nacionalismo siguen bramando como si tal cosa, aunque es verdad que no deja de percibirse una latente insatisfacción estupefacta por el hecho de poder seguir haciéndolo, acaso conscientes del quebranto que esto supone para su propio relato. Tampoco en la Administración de la mayoría de consejerías de la Generalitat se detectan cambios. Siguen los mismos y con los mismos e indisimulados carnets de partido de siempre. Eso sí, no hay vértice en las cúspides, pero eso, más que preocupar al personal, incluso acrecienta sus ambiciones a ocuparlas, y en ello andan ahora mismo. Sé de lo que hablo, no es una mera figura retórica.

Y cuidado, que lo del encarcelamiento de algunos y el bufonesco exilio belga de otros, será políticamente todo lo discutible que se quiera, pero no es cosa del 155, sino de los tribunales de justicia; en principio, hubiera ocurrido lo mismo de haber sido Puidmemont el que hubiera convocado elecciones anticipadas. Aunque en este supuesto la causa judicial no hubiera recaído en la Audiencia Nacional, sino en el Supremo, y ahora estaría muy probablemente en la calle y como presidente en funciones de la Generalitat.

Al final, los únicos que van a experimentar algún tipo de pérdida material en todo este embrollo formal/virtual serán las cándidas almas a las cuales, por su participación en la huelga el día 8 de noviembre, convocada por un sindicato virtual cuyas siglas seguramente ni conocían, se les detraerá el jornal de este día. Más bien pocos, por otro lado, porque trabajadores, lo que es trabajadores, brillaron más bien por su ausencia en tan gloriosa jornada.

Y sin duda también perderán algo, electoralmente en este caso, si es que hay justicia cósmica, Ada Colau y sus palmeros. De veras que lo siento por los exégetas de la Sra. Colau, siempre buscando en sus designios algún arcano que avale su presunto genio político… en vano. Decía Lincoln que se puede engañar a todos por un tiempo, y a algunos todo el tiempo, pero nunca a todos todo el tiempo. Y es que de la basura no hay exégesis posible.
Hace unos años (1991), Jean Baudrillard (1929-2007) prolamó que la guerra del golfo  no tuvo lugar. Hasta escribió un ensayo para demostrarlo. No sé yo si dicho conflicto sucedió realmente o no, no estuve allí. Tampoco la información que recibí sobre el transcurso de esta guerra, aunque parezca refutar sin paliativos que no tuvo lugar, me autoriza a dudar de la dilección de tan insigne pensador. Pero sí he estado aquí, y aplicando el mismo cuento, ya que no hubo declaración de independencia, entonces tampoco ha habido 155. Acaso solo simulacros y amagos. Juegos de ilusiones y con las ilusiones (de los demás). Nada más.

dilluns, 16 d’octubre del 2017

De la utopía a la distopía



William I. Thomas (1863’1947) formuló en 1928 el principio que lleva su nombre: «Si las personas definen situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias». Desde una lectura leve, o líquida –por no decir grosera-, este enunciado podría entenderse como una legitimación y hasta una auténtica apología del discurso de la posverdad. Pero lo que se nos está diciendo es algo muy distinto: la verdad, lo real, no lo es por más que alguien así lo decrete volitivamente; lo fenoménico -los «hechos»- sigue prevaleciendo y entrometiéndose en nuestras definiciones. Y entonces reaparecen el viejo Aristóteles y su teoría de la adequatio. Son los enunciados los que se han de adecuar al estado de cosas, a la situación que se pretende definir. Y si no se produce esta adecuación, entonces se está incurriendo en un error.

La verdad del relato construido sólo lo es en otro orden: es verdad que subjetivamente, o intersubjetivamente, éste es mi relato, o nuestro relato, pero poca cosa más. Alguien puede decir que está lloviendo ante un sol radiante. Será verdad que ha dicho que está lloviendo, pero si no llueve, se trata de un enunciado falso. El enunciante podrá estar convencido de que, efectivamente, está lloviendo; o también puede que pretenda hacérselo creer a otros, con cualesquiera finalidades. Y dicha verdad lo es ciertamente en sus consecuencias. Si pienso que llueve, y soy aprensivo en temas lluvia, no saldré de casa y dejaré de hacer lo que tenía previsto para el día –una entrevista de trabajo, por ejemplo-, o saldré a la calle vestido con un impermeable y un paraguas innecesarios –en cuyo caso en la entrevista me tomarán por un chalado-.

En otros ámbitos de más trascendencia, como el de la política, el recorrido de este tipo de relatos suele resolverse, en sus consecuencias, en el trayecto que va de la utopía a la distopía. Siempre proporcionalmente con la intensidad del relato. Definir como real una situación que no se corresponde con la «realidad» de los hechos, comporta partir de unos presupuestos que determinarán una definición falsa de la estructura de estos hechos, desde la consideración autorreferencial de la propia posición, hasta la percepción distorsionada de esta propia posición en el contexto de correlación de fuerzas que se corresponda con la estructura de esta realidad, lo cual, por lo general, acarrea consecuencias que no son las esperadas ni las anunciadas, sino con frecuencia contrarias.

Esto es precisamente lo que está ocurriendo con el «procés», cuya presente fase está ahora a punto de culminar. Se definió como real una situación a partir de un relato que acabó tenido como real por una buena parte del cuerpo social. Y como tal, está deviniendo real en sus consecuencias.

Un relato ciertamente mucho más complejo que el de un pobre chalado con fobia a la lluvia. Aquí se trata de un relato con sus respectivos discursos histórico, político, cultural, económico e identitario, que se ha ido imponiendo como pensamiento único, y cuyas consecuencias ya estamos viendo que no serán la llegada de la utopía en forma de República catalana independiente, sino otras más bien distópicas y de signo contrario. Incluso si llegara la República catalana.

Estábamos en una revolución de las sonrisas, mientras sonrientes y «reputados» economistas, productores culturales, activistas, políticos, ideólogos, sicofantes de toda laya y, en general, gente encantada de haberse conocido, nos la definían como la más deseable de las buenas nuevas que en el mundo han sido. Difícil sustraerse a ella para quienes creyeran en su viabilidad. Una viabilidad que formaba parte axiomática del relato y que, se decía, estaba perfectamente encarrilada. Las empresas internacionales se iban a dar de bofetadas para asentarse en esta nueva y emancipada tierra de promisión. Estaríamos automáticamente en la Unión Europea -¡cómo no, siendo carolingios!-. El dinero abundaría porque con los dieciséis mil millones que «Espanya ens roba», ataríamos a los perros con longanizas. Todos los países relevantes del orden mundial nos iban a reconocer automáticamente y a dar la bienvenida. El mundo estaba pendiente de Cataluña y de la realización de su destino manifiesto. ¿Y el Estado español, qué iba a hacer? ¿Pues qué va a poder hacer? ¡Nada! Porque nada se puede hacer frente a la mayoritaria voluntad de un pueblo ocupado decidido a (re)tomar las riendas de su destino. En el siglo XXI las cosas no se pueden resolver con la violencia, sino con la democracia, así que a votar el 1-O...

Todas estas cosas, y muchas más del mismo tenor, se han dicho una y otra vez desde las más variadas instancias. Basta con consultar las hemerotecas. Oponerse a cualquiera de ellas, o tan solo matizarla, significaba ser arrojado a las tinieblas del espacio exterior, al reino de los réprobos.  O al de los renegados.

Pero ahora resulta que en lugar de venir aquí todas las empresas del mundo, se han ido ya cerca de seiscientas; que Europa no está por la labor, ni ningún otro país relevante; que lo único que puso en el candelero internacional a Cataluña fue la torpeza del gobierno al mandar a la policía a reprimir una carnavalada que ni Maduro se hubiera atrevido a organizar; que tampoco esto de la voluntad mayoritaria del pueblo catalán es así a menos que estemos ante las matemáticas de Alicia en el país de las maravillas; que resulta que el Estado sí está dispuesto a hacer algo y el artículo 155 de la Constitución ya pende como la espada de Damocles…

Cada vez parece más claro que la denominada «desconexión» era sobre todo, más que con España, con la realidad. Y ahora, sin que se sepa aún si se declaró la independencia o no, nada hace pensar que vaya a llegar la utopía que algunos irresponsables y desaprensivos prometían, encima, como independencia «low cost», todo de buen rollete.
Alguien debería haberles explicado que la independencia low cost no existe. Pero desde el relato definido como real, intersubjetivamente, por la mayor parte de los independentistas, no es así, excepto, claro, en sus consecuencias.

diumenge, 1 d’octubre del 2017

En busca del error forzado


Cuando el conflicto es político y no jurídico, en la medida que lo segundo cuelga de lo primero, la lógica de la aplicación de la ley lleva inexorablemente hasta lo que ha llevado hoy. Mucho me temo que el gobierno español no ha entendido nada de nada. Porque hoy no se acaba un determinado proceso, sino que precisamente empieza su siguiente fase y en el escenario que deseaban los dirigentes independentistas, que han provocado el error forzado del contrario, víctima de sus propias incompetencias. Esto irá a más, y es muy posible que se produzca una ulsterización de Cataluña cuyos costes serán insostenibles y tarde o temprano, si se persiste con tal torpeza y acaso controlado por los cascos azules, habrá un referéndum y lo ganarán los independentistas.

El regalo que el gobierno español le ha hecho hoy al «procés» al servirle en bandeja lo que sus dirigentes perseguían, esto es, el enrarecimiento de la situación y la radicalización que conllevará, verdaderamente no tiene precio. Es difícil ser más inepto. Sí, es verdad, desde la lógica del derecho y del imperio de la ley, el Estado no tenía otra alternativa, sobre todo después de las bravatas que ambos bandos habían entrecruzado. Pero esta ha sido precisamente su equivocación, haber llegado a la inevitabilidad del error forzado por haber persistido en lo jurídico y no haber querido entender la auténtica raíz política del problema, o acaso no haber podido entenderla haciendo gala de sus evidentes limitaciones políticas e intelectuales. Se podrá decir que la actuación policial ha sido brutal, para unos, o proporcionada, para otros, según, claro, el bando en que cada cual esté. A mí me parece que ha sido una sobreactuación chulesca e ineficaz.

Chulesca porque aun sabiendo que la cosa iba de sobreactuaciones, y que iba a suscitar similares reacciones tanto si la guardia civil acudía para ayudar a las ancianitas a cruzar la calle como si entraban los tanques por la Diagonal, se optó por la arrogancia y la altivez. Ineficaz porque no ha conseguido su propósito de detener el referéndum; la Generalitat dirá exactamente lo mismo y dará los mismos datos que hubiera dado en caso de que no hubiera habido acción policial y lo venderá como un esforzada victoria aún más enaltecida por las dificultades superadas. Y además se ha encrespado a una buena parte de la población que, en principio, se sentía ajena y hasta contraria al referéndum por la forma como se había organizado, tan parcial, sesgada y sectaria como la propia actuación policial de hoy.

Hace cinco años, cuando empezó todo esto, la convocatoria de un referéndum pactado entre el Estado y la Generalitat, a un par o tres de años vista, previa reforma de la Constitución si ello era necesario, hubiera arrojado un resultado de goleada por parte del «unionismo». No sólo así lo indicaban las encuestas, también se palpaba. Y se hubiera acabado el problema. Hoy ya no está tan claro, y a poco que se siga por esta línea, lo que estará claro es que para cuando se celebre, la goleada correrá a cargo del independentismo. Lo dicho, es difícil ser más incompetente. El independentismo está a punto de llegar al escenario que anhelaba y que sólo la estupidez del contrario podía brindarle. 
Porque lo de hoy ha sido mucho peor que una reacción proporcionada o brutal. Ha sido caer en la trampa; ha sido, simplemente, un terrible error. Y los errores se pagan.

divendres, 29 de setembre del 2017

Abstenerse fanáticos


Tal vez la clave de todo este embrollo nos la esté exponiendo «El Mundo Today», lo más parecido a Monty Python, y hasta mejorado, que se haya dado nunca por estos pagos. El enlace aquí. Simplemente genial.

dimarts, 2 d’agost del 2016

Lecturas estivales: Elliot, la rebelión de los catalanes y las galeras de Barcelona



A veces se pregunta uno si la semblanza entre los franceses radica en que todos hacen queso, o si la diferencia se encuentra en el «abismo» que separa un camembert de un rochefort; y acaba uno sucumbiendo a la sensación de que el énfasis en lo uno o en lo otro tiene, por lo general, poco de objetivo. Y depende de estados de intersubjetividad inducida mucho más aleatorios, a la vez que dirigidos, de lo que la mayoría de adeptos estaría dispuesto a admitir.

Viene esto a propósito de las lecturas y relecturas estivales a las que está uno dedicando este verano: bibliografía sobre esto que se le llama «el problema español», y más concretamente el «problema catalán», a cargo de hispanistas británicos. Uno de los mejores, el mejor sin duda alguna, es John H. Elliot, con su impagable «La rebelión de los catalanes: historia de la decadencia de España (1598-1640)» (2013, 2ª ed.). Una obra maestra cuya lectura sume inevitablemente en una tediosa y fatalista sensación, no sé si de «déjà vu» o de eterno retorno de lo mismo, con pandereta incorporada, pero tediosa en cualquier caso, no por la obra, todolo contrario, sino por su lucidez y por lo incontrovertible de los datos que maneja. Datos de historiador, no de mitógrafo. La obra trata de los hechos que llevaron a la revuelta conocida como «La Guerra dels Segadors» (1640-1652); unos episodios tan glorificados por la mitografía nacionalista catalana, como denostados por el nacionalismo españolista.

Pero no dramaticemos, que estamos en verano y de vacaciones, así que me referiré simplemente a una grotesca anécdota que acaso ayude a entender la simpatía de ciertos políticos actuales por los dirigentes de entonces: el de las galeras de Barcelona.

Felipe III había concedido a la ciudad de Barcelona el privilegio de fletar cuatro galeras de guerra con la finalidad de defender las costas catalanas de la incursiones de los piratas berberiscos –una auténtica plaga por entonces-. La concesión fue acogida con gran entusiasmo porque permitía disponer de una fuerza naval propia. Dicho sea de paso, estas galeras aparecen en la segunda parte del Quijote.

La realidad fue algo más prosaica, y la verdad es que suena a rabiosamente actual. Aunque se dotó la correspondiente asignación presupuestaria para construirlas, armarlas y tripularlas, de las cuatro galeras sólo llegaron a construirse dos, que jamás fueron ni armadas, ni tripuladas, sino que permanecieron ancladas y enmoheciendo. Poco después, algunos espabilados sugirieron que se utilizaran para fines comerciales, a lo cual el virrey de entonces, Alcalá, se negó, arguyendo que eran naves militares, no comerciales. Esto desagradó a los que ya se deleitaban con los pingües beneficios que obtendrían comerciando con naves públicas utilizádolas para sus privados y lucrativos fines. Vamos, dicho en términos actuales, fue una imposición de «Madrid» y, como tal, un atentado a los fueros y libertades bla bla bla. No me resisto a citar textualmente los pasajes de Elliot que describen el «glorioso» final del par de galeras. Nos está hablando de la situación a la llegada de un nuevo virrey a Barcelona, en 1623.

“Fontanet se encontró con una provincia descontenta (…) Además, el orgullo nacional había sido seriamente dañado por la pérdida de dos galeras catalanas a manos de los moros de Argel en julio de 1623. La pérdida había tenido lugar en las circunstancias más escandalosas, y confirmaba de lleno el buen sentido de la negativa de Alcalá, durante la época de su virreinato, a dejarlas zarpar sin su permiso.
En vez de hacer el trabajo que tenían encomendado de defender la costa catalana contra los piratas, habían sido utilizadas como barcos mercantes y cargadas con mercancías pertenecientes a la compañía privada de Canoves y Morgades, para su venta en Sicilia. Al estar no solo cargadas, sino sobre-cargadas, habían sido incapaces de escapar cuando los veleros moros aparecieron en el horizonte, y habían caído intactas en manos de los musulmanes.(…)
«Déu ho ha permès, puix allí tots hi són lladres…» señaló el Doctor Pujades (…)”

Por lo visto, el empeño por las empresas patrióticas no es nuevo y hay ilustres antecedentes a Banca Catalana, Hispanair, PetroCat, Andorra y tantas otras. Lo dicho: ¿Eterno retorno o déjà vu?
Una realidad, la de Cataluña en el XVII que describe Elliot, muy distinta al idílico paisaje con fuente que nos narran desde hoy en día los amanuenses del nacionalismo.


dimarts, 23 de febrer del 2016

¿Dónde está Salomón?



La leyenda de Salomón arbitrando sabiamente entre las dos supuestas madres que se disputan al hijo, no es un hecho, sino una metáfora. Y no sólo porque lo más probable es que Salomón jamás existiera, sino porque incluso de haber existido y protagonizado el hecho que la Biblia le atribuye, seguiría siendo una metáfora. Lo significativo no es la sentencia del rey, sino el escenario en que la pronuncia.

Como es sabido, se le presentaron al rey Salomón dos madres, probablemente prostitutas, uno de cuyos hijos, recién nacidos ambos, había amanecido muerto. Las dos reclamaban al vivo como propio. Ante tal dilema, y siendo imposible determinar cuál era la verdadera madre, Salomón resolvió que el guardia partiera al niño vivo en dos, y medio fiambre para cada una. Una solución drástica, pero ciertamente equitativa. Entonces, una de las dos madres estalló en sollozos, admitió no ser la verdadera y rogó al rey que no matara al niño, dando por bueno que se lo quedara su rival. A la otra le pareció bien la idea. Y entonces se manifiesta la sabiduría de Salomón, que entregó el niño a la suplicante, porque sólo una verdadera madre preferirá que su hijo siga vivo, aun apartado de ella, que muerto a su lado.

Lo significativo de este relato no es la posición del juez, sino la de las dos presuntas madres litigantes. Para que el juicio de Salomón sea acertado, ha de haber necesariamente una madre verdadera y otra falsa. De no ser así, de haberse tratado, por ejemplo, de una disputa entre dos falsas madres, no es descabellado pensar que el niño hubiera acabado descuartizado, y que Salomón, en lugar de por su sabiduría al saber tensar la cuerda hasta el límite, hubiera pasado a la historia por su displicente frivolidad. Acertó porque una era la madre verdadera. Pero no siempre es así. No lo es cuando las circunstancias sobre las cuales se configura el conflicto de intereses son otras.

Estas divagaciones sobre el conocido episodio bíblico, me las evocó la reciente lectura de un artículo de Antoni Puigverd, que me pareció particularmente acertado e incisivo. Y me ratifica en mis vagas conclusiones esta noticia de hoy; unas declaraciones del actual presidente de la Generalitat. Una más de tantas, pero puesta en relación con lo anterior, no sé… se me antoja reveladora.

No se trata ciertamente, aunque también, de que por aquí no abunde el talento de Salomón. No. Por lo que uno se pregunta es más bien por la autenticidad de las supuestas madres en disputa que se arrogan la representación en exclusiva de la sociedad catalana en el caso del «procés». No veo a ninguna que, para salvar al hijo, esté dispuesta a cederlo. Más bien se diría que lo que prima por ambos lados, llegado el caso, es el tan hispánico «la maté porque era mía».

Los unos están irremediablemente determinados al todo o nada. Y no parece que les pase por la cabeza quedarse en el «nada». El  independentismo, en su mérito hay que reconocerlo, ha conseguido construir en Cataluña una copia real del cuento de Andersen –y del infante Juan Manuel- que nos hablaba del vestido nuevo del emperador que iba desnudo. Aquí ya ni los niños se atreven siquiera a insinuarlo, pobrecillos. Se ha proyectado una realidad virtual que oculta la cruda realidad: ni en Europa, ni en el Imperio, ni en ninguna parte existe el menor apoyo a la independencia de Cataluña. Y ello sin entrar en las razones que fundamentan la propuesta independentista, ni en la cuestionable verosimilitud de la Ítaca prometida. Es una ficción para consumo interno de los adeptos. Pero ahí siguen, empecinados en confundir con molinos de viento a los gigantes, al revés que el Quijote. Tampoco pueden echar ahora el freno de mano. Los devorarían los mismos que han creado y aupado. Es la maldición del teorema de Thomas: si la gente considera unas cosas como reales (aunque sean ficciones), éstas devienen reales en sus consecuencias. Sólo que a nadie parecen importarle estas consecuencias; es el precio de la «desconexión».

Los otros, a su vez, siguen obstinadamente negándose a entender que estamos ante un problema que no se puede resolver como creen haberlo resuelto en anteriores ocasiones, y que no vale decir que hasta ahora todo fue muy bien. Tampoco parece que les importe demasiado qué le pueda acabar ocurriendo al niño. Un niño al que dicen querer, sin que ello haya sido nunca óbice como para que no hayan alentado contra él las más bajas y groseras pasiones. No saben, o parecen no saber, que se les está impeliendo a cometer el tenísticamente fatal error forzado, que a lo mejor no decide el partido, pero sí el primer set. Un error forzado que abriría un panorama de incertidumbre en el cual sí cabría, como posibilidad, la que llevan acariciando desde hace tiempo los estrategas del independentismo: que el referéndum acabara organizándolo la ONU, con los cascos azules vigilando los colegios electorales. Remota posibilidad, sí, pero la única que tiene el independentismo de ganarlo. Y para ello no dudarán en forzar la situación hasta más allá del límite, tensando la cuerda hasta que se rompa.
Y hay algo todavía peor, para mayor desesperanza: aquí todo el mundo se arroga desvergonzadamente a la vez el papel de juez y parte. Único juez y única parte. Pero, ¿Alguien piensa en el niño? ¿Alguien piensa en Cataluña? ¿Y dónde está Salomón?

diumenge, 10 de gener del 2016

EL HARAKIRI, LA COTA DE MALLA Y LA HIDRA DE SIETE CABEZAS

«Sengakuji Ronin Graves» 
 
Vamos a dejar de lado la lapidaria frase pronunciada por Mas, que reza textualmente: “Hemos logrado lo que las urnas no nos dieron”. Y la dejaremos de lado por lo mucho de subliminal que, no ya insinúa, sino que manifiesta explícitamente. Se trata, en cualquier caso, de la construcción de una mayoría sobre la cual, parlamentariamente hablando, poco hay a objetar en cuanto a tal. Otra cosa es cómo se ha conseguido, cuál es el precio, a quiénes estafa, y la utilización de dicha mayoría con una significación plebiscitaria de la que carece, porque, como referéndum, éste se perdió por más vueltas que se le den. En Cataluña hay un parlamento con mayoría independentista surgida de unas elecciones presentadas como plebiscitarias, en las cuales este referéndum se perdió –se quedó en un 47,7%-. Y esto, pura aritmética, es así lo diga Agamenón o su porquero. Lo contrario es fraude, engaño. Punto.
También es una suerte que la presidencia de la Generalitat no sea una subasta de pescado, en tan célebres como desafortunadas palabras del «pseudocesante» President. De serlo, igual hubiera recaído la presidencia en el parlamentario cantautor de la gorrita, siempre dispuesto a sacrificarse pujando para ser utilizado por la causa. No, no ha sido una subasta, sino un «dedazo» que ha descubierto al «tapado» en el mejor estilo del PRI mexicano de sus grandes tiempos. Ha sido, en definitiva, un tamayazo revestido de patriotismo trilero, donde los burlados han sido las CUP y, sobre todo, sus votantes. Unas CUP cuya falta de inteligencia, política y la «otra», eso hay que reconocerlo, no ha decepcionado. Queda por ver la reacción de sus bases.
Al final, los aparatchik han forzado a Mas para que se eche momentáneamente a un lado y poder así mantener sus prebendas –que de eso va todo nacionalismo que en el mundo ha sido-, dándole a la CUP una cabeza que no se ha cortado, y exigiéndole, en contrapartida, un arrepentimiento público por sus veleidades en forma de autoinmolación como formación política. La solvencia ideológica y la catadura moral de quienes hayan podido suscribir un acuerdo así, y por qué, es algo que ya se irá viendo. Pero basta con echarle un vistazo al acuerdo para entender que las CUP han perpetrado su propio harakiri. Un harakiri que hay que entender desde el modelo «oibara» o «tsuifuku», que consistía en la práctica de seguir al amo en la muerte. Una muerte política que exigían los propios servidores como condición para serlo.  Sólo que, en este caso, el Tantō  del amo resbala sobre la cota de malla que casualmente llevaba puesta, y los rōnin de la CUP se dan cuenta del engaño cuando ya están sangrando desventrados; los muy pardillos, que lo último que alcanzan a ver es la cínica sonrisa del patrón mostrando sus colmillos afilados.
Que a estas alturas los anticapitalistas y antisistema supuestamente más genuinos no sepan que el sistema es una hidra de siete cabezas que crecen de nuevo cuando las cortas, hasta que no le aciertes al bicho de lleno con la lanza en el corazón, es algo que no debería llamarnos excesivamente la atención, aunque no deje de sorprender por la estulticia implícita que incorpora. Es el triunfo de las escuelas de gestión sobre la LOGSE del pueblo y para el pueblo, diseñada para que el ignorante lo siga siendo y se lleve a engaño con un timo elemental. Sin la segunda, no colarían las primeras. Son las víctimas propiciatorias de un sistema que los ceba para sacrificarlos cuando convenga; como el pavo inductivista de Russell, el pobrecillo; o los émulos de Esaú, el personaje bíblico que vendió su primogenitura por un plato de lentejas a su espabilado hermano Jacob… porque en aquel preciso momento tenía hambre.
Veamos sino. La CUP desaparece fácticamente como grupo parlamentario y asume el papel de Don Tancredo. Votarán a favor del gobierno en todo aquello que éste considere trascendente o decisivo –presupuestos incluidos-, a la vez que se compromete a no votar junto a los partidos contrarios al «Procés» -todos, menos los del gobierno y ellos mismos-. Y eso con los ocho diputados que le quedan, porque los dos restantes se integrarán en el grupo de «JxS», asegurando así el recurrente resultado de 64 a 63, más las ocho abstenciones de las «Doñas Tancredas» -por utilizar su propio registro femenino del plural genérico, tan de su gusto-. Y por si esto fuera poco, además hay expiación pública de sus excesos con «JxS» y Mas, en forma de disculpas y sambenitos de dimisiones de diputados cuperos que más se han ensañado con la derecha. Vamos, que ni una conversión paulina…
¿Quién puede ser tan retrasado mental como para doblegarse ante un acuerdo que sólo le obliga a él, a cambio de una cabeza de cartón? ¿Qué les han dado? ¿Qué van a hacer dos diputados de supuesta extrema izquierda en un grupo de derecha neoliberal, participando en sus reuniones y votando con él? ¿Una modalidad buffa de neoentrismo trostkista? Y es que, encima, Mas no se va. O, mejor, se va pero no se va. Los que sí que se van son ellos... al garete. Puede que estuvieran heridos de muerte ya antes del acuerdo, pero que encima te humillen de esta manera… Claro que puede también que algunos, conscientes de que tenían por delante un futuro más negro que la conciencia de un pirata, hayan pensado aquello de dame pan y dime tonto, total, “para lo que me queda en el convento…”  En fin… Patético.
Dijeron los jueces fascistas que encarcelaron a Gramsci, y tuvieron la desfachatez de proclamarlo así, que había que evitar a toda costa que aquel cerebro siguiera funcionando durante los siguientes treinta años. El sistema -la hidra de siete cabezas-, se lo aplicó y aprendió de ello. No parece que el sistema tenga hoy en día el menor problema con el funcionamiento cerebral de los líderes de la CUP.

divendres, 8 de gener del 2016

CRIPTOTAMAYAZO O TITANIC





Si al final no se tira de «tamayazo», será por el corto recorrido que la actual situación le augura, pero no por falta de ganas. Ni por parte del comprador, ni por falta de quienes admitirían de buena gana ser comprados. ¿Cómo entender de otra manera la resentida aflicción del innombrable aludiendo a la división en las CUP en uno de sus últimos discursos? Y no sólo en las CUP podría haber «tamayos»... Ni mucho menos; los hay en todas partes.

De haberlo planteado de otra manera, muy probablemente lo hubieran podido conseguir, y hasta ser aclamados en loor de multitudes. Incluso todavía pueden… todavía puede. El apego a la poltrona de este individuo, que ha convertido políticamente estas Navidades en una anticipación del Carnaval, es tan fuerte que debería figurar en los futuros manuales como paradigma del egotismo y la megalomanía. Es sabido que el fervor patriótico suele ser el aliño idóneo para este tipo de pulsiones. Y con dos «tamayos» era suficiente. Además, se venderían como casos de conciencia y se les jalearía por ser patriotas coherentes. Todavía no es descartable, y es en este sentido que hay que entender las fantasmagóricas reuniones que todavía se están celebrando, así como la falsamente complementaria y estrambótica propuesta de un gobierno en funciones de concentración para un par de meses, que se sacó de la manga, y que ERC parece haber declinado, inteligentemente por esta vez.
Todavía es posible, ya digo. No el «tamayazo» puro y duro, pero sí el «criptotamayazo» pretextado en aras a la más noble causa.  Pero está difícil. Al ya citado corto recorrido que previsiblemente iba a tener en la actual coyuntura, con los consiguientes escándalo y descrédito, se le añaden, en mi opinión, dos factores que se me antojan decisivos para que se desestime esta vía, o hasta que algunos la veten tajantemente.

Por un lado, la escasa capacidad de encaje demostrada, que ha desatado un alud de insultos, groserías y estupideces entre la caverna autóctona de sicofantes mediáticos del innombrable hacia las CUP, que van desde afirmar están infiltradas por el CNI, hasta calificarlas de españolistas, pasando por el insulto puro y duro, con elementos machistas incluidos a los que, en este último caso, se ha apuntado también entusiásticamente la otra caverna, la mesetaria. Difícil, incluso para el mismísimo Don Corleone, se pone la cosa para arreglar un apaño si se entra en este estado de crispación tan vesánico.

Y por el otro lado, un factor sin duda definitivo. Puede que no entre sus incondicionales, por mor de cuya mediocridad su fatum está indisolublemente ligado al de su líder, pero sí que entre, como mínimo, una buena parte de compañeros de viaje en esta singladura hacia el despropósito, ha cundido la certeza de que el innombrable está ya más que amortizado, y que en estos momentos no es sino un estorbo cada vez más lastrado. Así que mejor dejar que se hunda el barco con su comandante, a ver qué se puede salvar del naufragio, y en todo caso ya se reflotará cuando proceda.

Porque como en el Titanic, no hay botes ni chalecos salvavidas para todos. Con una diferencia, aquí, la mayor parte de la orquesta que ambientaba la fiesta, no solamente tocaba con el chaleco salvavidas puesto, sino que a las primeras de cambio se ha largado a buscar acomodo seguro en los botes salvavidas. Algunos hasta han evacuado en helicóptero –siempre habrá clases, aquí un ejemplo-. Sólo quedan en el salón los pasajeros de segunda y tercera clase –ahora sí, como en el Titanic-, que ante la espantada de la orquesta, han optado por seguir bailando y tararearse ellos mismos el acompañamiento.


dilluns, 4 de gener del 2016

CUP’s LESSER «NO»



El «NO» de las CUP no es un «no» rotundo, sino menor, matizado. En realidad es una apuesta por la neutralidad activa que no se limita a lavarse las manos, al estilo de Pilatos, sino que más bien apunta hacia un «ni quito ni pongo rey…», a lo Bertrand du Guesclin, demorando, eso sí, el subsiguiente «…pero ayudo a mi señor» y el empujoncito que entronizó a la dinastía a los Trastámara en la Castilla del siglo XIV.

Para empezar, no han dicho que votarán «no» a Mas, sino que sus diez diputados se abstendrán. Conviene recordar que si el resto de grupos hicieran lo mismo que las CUP, Mas acabaría investido presidente con la mayoría simple de sus 62 votos; el problema de Mas es que, con la excepción de las CUP, los demás grupos votarán no, y entonces es cuando el fatídico 63 a 62 se impone. Para desgracia de Mas.

En realidad, las CUP no están negando a nadie con su abstención, sino que se inhiben sin ponerle trabas al candidato de, hoy más evidente que nunca,  «Junts x Mas», facilitando tres posibles alternativas, una explícita y dos implícitas. La explícita es muy simple, que «Junts x Mas» presente otro candidato y ellos facilitarán su investidura. Las implícitas son de otro tenor. La primera es que la abstención permite a Mas sondear adhesiones en alguna otra formación para que le facilite los dos votos que necesita, por la vía de la negociación política; algo que, ciertamente, parece harto improbable. Pero queda una segunda vía como último recurso: recurrir al «tamayazo». Para ello le bastaría con comprar dos votos, mientras que de haber optado las CUP por el «no», hubiera necesitado la imposible y escandalosa cifra de once «tamayos». Precisando sólo de dos, no lo tiene tan difícil. Hay mucho despechado. Otra cosa sería, evidentemente, el a mi parecer escaso recorrido que, en las actuales circunstancias, fuera a tener una operación «Tamayo» en el truculento escenario político que es la Cataluña actual.  Pero, metodológicamente hablando, no hay que descartarlo de entrada.
De modo que, se mire como se mire, las CUP no se lo han puesto tan difícil a Mas con su abstención.(...)

El artículo entero, AQUÍ 

dilluns, 28 de desembre del 2015

HÚLTIMAS PISTAS SOBRE EL HEMPATE KUPERO



Consultadas diversas fuentes, hay indicios que apuntan hacia un empate a 1515 en la asamblea de las CUP –creo que vuelven al plural del que provienen- que, aun siendo exacto, no se corresponde a una suma de números enteros. Es decir, no se trataría de 1515 votos a favor de «Mas» y otros 1515 a favor de «Menos», sino que la cosa es harto más compleja.

Efectivamente, parece ser que un significativo número de votos no se «ajustaron» al principio de una persona un voto. Bueno, sí pero no. Nos cuenta una garganta profunda que exactamente 1515 electores solicitaron ejercer su derecho a la bipolaridad en su ídem al voto. Exactamente 757,5 electores reclamaron poder votar «Sí, pero no», es decir «Mas, Menos», mientras que otros 757,5 se decantaban por el «no, pero sí», o sea «Menos, Mas». Los restantes 1515 no se pronunciaron al respecto.

Y esta es la razón por que la última votación llevó tanto tiempo. Ante el derecho al ejercicio de la bipolaridad en el voto, los dilectos miembros de la Mesa se retiraron a deliberar. Su decisión fue la siguiente, en lugar de dos papeletas, a su vez bipolarizadas, se optó por ofrecer cuatro, dos por valor del número entero «1», las clásicas sí a Mas o no a Mas, y otras dos que contemplaban, respectivamente y a su vez, el sí y el no a Mas, pero computables por valor del fraccionario ½ en el cómputo general. El elector que, acogiéndose al derecho a la bipolaridad, optara por una papeleta de esta segunda clase, podía votar dos veces, toda vez que la segunda papeleta fuera también computable sólo por medio voto.

Se pasó a votar si se votaba que se votara de acuerdo con la propuesta de la Mesa. En el debate asambleario previo a la primera votación, alguien sugirió que con ello se pasaba de la bipolaridad del voto a la oligopolarización de la asamblea, opinión que fue abucheada por bipolarizada, y su ponente calificado ruidosa y peyorativamente de «intelectual». Alguien sugirió el voto en blanco como alternativa de toda la vida, también sin éxito por poco innovador... Otras intervenciones plantearon la necesidad de una votación previa sobre la necesidad del voto secreto, propuesta que fue aprobada por aclamación sin necesidad de proceder a una previa votación sobre tan espinosa cuestión.

Pero hubo un problema: no había papeletas suficientes, y al ser día festivo, era imposible proveerse de ellas. Se propuso entonces elaborar manualmente las papeletas con recortes del papel higiénico que, sin duda, debía haber en los servicios del polideportivo. Propuesta que también se desestimó para evitar el conflicto de «género» que amenazó con desatarse, cuya naturaleza omitiremos por no ser relevante en esta crónica. Baste decir que entre la estridencia asamblearia, se distinguieron claramente epítetos como “¡Zapata, Zapata!”, dirigidos a los responsables de la propuesta, en clara alusión al concejal de Madrid con mismo apellido, conocido por sus tuits racistas y misóginos.

Descartada pues, en razón de irreductibles imponderables, esta última componenda, y a falta de material celuloso de soporte para las tres votaciones secretas preceptivas –a saber, votar si se votaba la propuesta de votación, votación sobre ella en caso afirmativo, y votación en estos términos recogiendo el derecho a la bipolaridad-, y habiendo sólo papeletas para una única votación en términos dicotómicos, que no recogían la bipolaridad individual, se había llegado a un metafísico callejón sin salida.

Fue entonces cuando alguien, que muy sagazmente había detectado que los 1515 reivindicantes del derecho a la bipolaridad se dividían en dos grupos numéricamente idénticos, 757,5 partidarios de «Mas, Menos», y otros 757,5 partidarios del «Menos, Mas», vio la luz y lanzó su propuesta. Se abriría un espacio/tiempo de 30 minutos para que se llevara a cabo una transacción acordada del voto, en términos que recogiera en formato de votación clásico el derecho a la bipolaridad. Si cada partidario del «Más, Menos» se ponía de acuerdo con otro del «Menos, Mas», cada voto individual recogería la mitad bipolar propia y la mitad del otro, mientras que el «otro» incorporaría en el suyo la debida reciprocidad. Alguien objetó que cómo podía ser que hubiera 757,5 partidarios, y que a ver si algún guasón se estaba quedando con ellos, pero su protesta fue masivamente acallada por aritméticamente poco imaginativa.
La transacción funcionó y se pasó a la votación con el resultado que todos conocemos. Sigue sin saberse quién era el guasón. Además, cosa de sumas, pudo haber más de uno.

diumenge, 13 de desembre del 2015

OPERACIÓN «CENA DE EMPRESA» O «MONO» DE VOTOS



La verdad es que, a fuerza de boutades, al final van a acabar resultando entrañables. Me refiero, claro, a Convergència, o Junts pel Sí, o Democràcia i llibertat, muchos sentidos, misma referencia, que es precisamente la que quieren ocultar, como si fuéramos imbéciles. No se trata esta vez de ninguna nueva ocurrencia de Mas; tampoco del impagable espectáculo que supone ver a su edecán, Quico Homs, pugnando agónicamente por parecer un estadista, él, que tan bien estaría con una bata azul y un lápiz en la oreja sirviendo tornillos como empleado de una ferretería. No, no se trata de nada de esto, que aunque ya tenga lo suyo, por esta vez vamos a dejarlo. Se trata del aguinaldo navideño que, en forma de exhortación, ha perpetrado el think tank de la formación, o sus responsables de campaña electoral, con un vídeo que, créanme, vergüenza ajena es poco, muy poco…

Muy mal se lo deben ver si recurren a este tipo de delirantes payasadas a la desesperada con pretensiones de buen rollete militante, patriótico y de comisario político. Supongo que las encuestas de que disponen deben ser escalofriantes. Porque si no, no se entiende. La conclusión más obvia es que han entrado en una suerte de delirium tremens irreversible, producido en este caso, no por la falta de substancias de cualquier naturaleza, sino de votos. Un «mono» de votos, vaya. El resultado, una astracanada en la que se han superado a sí mismos.

El vídeo en cuestión, colgado en you tube por «Democràcia i llibertat», lleva por título «Operació sopar d’empresa», y consiste en una estrambótica exhortación a sus acólitos para que hagan proselitismo electoral en las cenas navideñas de empresa, aconsejándoles sobre la estrategia a seguir, a quién entrarle y a quién no, con una divisa final: “Quizás arruines la cena, pero habrás salvado a tu país”. En fin, a medio camino entre los manuales de la Gestapo y los de la TÍA de Mortadelo y Filemón.

El mensaje es muy claro: Nadie puede inhibirse ya, porque la cosa está muy, pero que muy mal, de modo que todos a apechugar y arrimar el hombro; y el que no, botifler, claro. Porque se puede ser botifler por activa, pero también por pasiva, a partir de ahora, según parece ser. Tu país te necesita y no puedes negarte. Así que ya lo saben: Operación «cena de empresa» en marcha. Código rojo; rojo de vergüenza colorá.

También inquietante, muy inquietante... Porque no estamos a 28 de diciembre, día de los inocentes, luego, no es una inocentada.

dimecres, 9 de desembre del 2015

HACIENDA CATALANA: ¿TODOS O CASI TODOS?



Cuenta «R» en tono jocoso que cuando te detienes a observar una oferta de plaza pública en la Universidad, de esas que se cuelgan en el tablón de anuncios por imperativo legal, a la que empiezas a determinar el perfil y características del puesto de trabajo requerido, acabas exclamando: ¡Coño, si es Gutiérrez!

Mutatis mutandi, y a propósito de esta lista de mil políticos catalanes a los que no se deberá molestar ¿En quién estarían pensando sus autores?


Sí, ya lo sé, esto también pasa en España, pero uno tenía entendido que aquí dábamos lecciones de moral. Y luego resulta que, al final, en todas partes cuecen habas, que aquí las quieren cocer a calderadas, y se quejan de que no les dejen. Seguro que lo ha revelado algún espía español. Así que ni caso.

dilluns, 30 de novembre del 2015

EL ÚLTIMO TRUCO O LA COMEDIA DE FALSET



Ayer, los medios anunciaban que la CUP había decidido en asamblea no votar la investidura de Mas… bajo ningún concepto. Hubo otras opciones, que si bajo ciertas condiciones, que si esto, que si aquello, pero ganó el NO-Mas. Hoy, en una nueva pirueta retórica que nos indica que los dirigentes de la CUP no le van a la zaga a Mas en el dominio del noble arte de la prestidigitación, y acaso tras algunos «baños» de pragmatismo, se nos dice que, bueno, que ya veremos, que no se descarta nada. Y entonces es cuando uno ya no entiende nada. ¿No era la CUP asamblearia? ¿No fue su asamblea la que decidió el no a Mas? En fin, dejemos lo de la CUP porque no tiene remedio…

Nos encontramos en el final de una sesión de ilusionismo que hasta ahora ha sido muy mala, con el público cabreado y con los tomates y los huevos podridos a punto de ser lanzados. El prestidigitador se la juega en el último truco. O le sale bien y sorprende al público, o esto acaba para él como «La comedia de Falset», que decimos por aquí -una legendaria función teatral que en dicha población de Tarragona, acabó con el público corriendo a gorrazos a los actores, que tuvieron que irse por piernas con lo puesto. ¿Pero hay último truco?

Yo creo que sí, queda el «tamayazo». Probablemente no tan a lo bruto, pero «tamayazo». Es decir, recurrir al transfuguismo inducido. Es posible que, a medio o incluso a corto plazo, tal recurso se revuelva contra sus inductores, pero es el único que le queda ahora mismo al Sr. Mas si quiere seguir como presidente de la Generalitat de Catalunya. En estos momentos la CUP está en el punto de mira, porque de abjuración depende el destino del Sr. Mas. ¿Pero ha de ser necesariamente el Tamayo catalán de la CUP? ¿No andarán buscando también pesca en otros caladeros? Cuidado con la sorpresa. Cuidado con el último truco.

En el escenario que nos estamos planteando, asumamos que la CUP le niega el voto a Mas y que el único recurso es el «tamayazo». Parece entonces que, al menos de entrada, el lugar más lógico para buscar tamayos sea entre la bancada de la CUP. Además, como el transfuguismo crematístico se revestiría de una inevitable pátina de ardor  patriótico, la cosa se presentaría incluso como una responsabilidad moral. En realidad, basta con que la CUP se abstenga y dos de los suyos voten a Mas. ¿Pero cuáles? Porque las bases pueden tomárselo a mal, habiendo votado en asamblea lo contrario. Además, la operación tendría como consecuencia no sólo la investidura de Mas, sino la fractura en la CUP; lo cual, dicho sea de paso, no sólo sería un gran consuelo para Mas, sino también, y sobre todo, para una ERC sorprendentemente agazapada en estado letárgico y sin que apenas diga esa boca es mía en todo este embrollo. 

Pero todo esto, a menos que sean tontos de baba, lo saben también los dirigentes de la CUP. El tamayazo puro y duro a lo Esperanza Aguirre tal vez no acabara con la CUP –aunque puede-, pero sería la tumba definitiva de Mas y sus mariachis; de ninguna manera podría soportar tal desprestigio y escándalo en las actuales circunstancias y acosados por las imputaciones de corrupción. Así que puede que precisamente en esto consista precisamente el truco: en que no sea el truco que nos pensamos, sino otro. Especulemos.

Supongamos que, finalmente y en un gesto de buena voluntad hacia «El Procés», la CUP decide, de acuerdo con la decisión de sus bases, no investir a Mas, pero no votando contra su investidura, sino absteniéndose. Los tamayos vendrían de otra bancada y la CUP mantendría este halo de pureza virginal que tanto se autoarroga. Basta con su abstención y que un par de tunos de otros grupos voten a Mas. ¿De qué otros grupos? Pues mejor no especular sobre ello, y aunque tenga candidatos, mejor me los callo; tamayos los hay en todas partes desde que el mundo es mundo. Y si pusiera la mano en el fuego por si ya han sido tanteados, no creo que me quemara.

¿Que seguiría siendo un escándalo? Por supuesto. Pero en el nanoplacismo que hoy impera en la política catalana, hablar de tres meses es hablar de un lustro. Porque el truco puede no servir si no se lleva a cabo antes del 20 de diciembre, ya que entonces, cabe la posibilidad que ERC hubiera superado a Mas en las generales, y que Junqueras decidiera activar su candidatura, a la cual no sería tan reacia la CUP, ni probablemente algún que otro grupo, pero entonces Mas se iría para casa. Y todo esto, no lo olvidemos, es para salvar al soldado Mas.
Así están las cosas.

dilluns, 16 de novembre del 2015

ACUERDOS Y DESACUERDOS



Se exclama el consejero en funciones Mas Colell contra la CUP. Por cierto ¿A qué esta manía de poner el guioncito entre Mas y Colell, si por más que uno busque sea imposible encontrar otro segundo apellido? Si no lo hay, entonces es que su padre se apellidaba Mas y su madre Colell, con lo cual, o hay que escribirlo «Mas Colell» o, también opcionalmente, «Mas i Colell». Pero no, se insiste en «Mas-Colell». ¿O sólo tiene un apellido? ¿Será para no confundirlo con el otro? Vale que sea por esto, pero entonces el guioncito ¿qué función desempeña? En fin, y lo digo sin segundas, ¿Alguien sabe cómo se apellida o apellidaba su madre en el supuesto de que «Mas-Colell» sea un apellido compuesto?

El caso es que al Senyor Andreu no parece que le gusten las propuestas de la CUP y carga contra ellas. Vale, de acuerdo, a mí puede que tampoco me gusten. Pero este es uno de los casos en que se hace manifiesto que coincidir en un rechazo  no implica nada más que esto. Y aquí se acaban las coincidencias. Porque a continuación, el flamante economista nos explica por qué no le gustan las propuestas de la CUP, y esto ya es harina de otro costal.

Resulta que, en sus diatribas contra la CUP y reivindicando el buen hacer de los gobiernos de Mas en cuyas filas figura, Andreu Mas esgrime entre tan grandes logros, dos de los que la CUP exige revocar, el proyecto «Visc+salut», una gañanería bajo cuyo nombre se oculta la privatización obsesiva y lucrativa de la Sanidad pública catalana, y ni más ni menos que «El decret de plantillas», que no es otra cosa que la penúltima pata en forma de decreto de la «LLei d’Educació de Catalunya», es decir, la máxima expresión del masoverismo  como modelo de gestión de los centros de enseñanza públicos mediante la legalización de la arbitrariedad, el clientelismo, el nepotismo y la autocracia en las escuelas e institutos catalanes.
Pues no, Mas Colell, va a ser que no. Que no cuela y con vuestro pan os lo comáis… el marrón que ahora tenéis.

divendres, 13 de novembre del 2015

APORÍAS CUPeras



La CUP ha convocado una asamblea general para debatir y validar qué hace con Mas. Hasta aquí nada de anormal en una formación asamblearia. Lo que sí sorprende es que la propuesta de acuerdo global requerida antes de votar en el Parlament a un candidato, que se supone que será el que pilotará el proceso final hacia la independencia de Cataluña, incluya también la convocatoria de asambleas en otros territorios donde existe la CUP, concretamente Valencia, Mallorca y Perpiñán. Sí, ya sé, son los Països Catalans, y si no está el Alguer será porque allí no existe la CUP, ya que de otro modo sin duda estaría. Pero, oigan ¿no es esto una contradicción? 

Porque si la CUP para tomar su decisión incluye las asambleas de otros territorios, con ello no hace sino avalar las tesis marianistas y de tantos otros que se niegan a contemplar la convocatoria de un referéndum en Cataluña, ni siquiera ad calendas graecas, previa reforma de la Constitución, porque consideran que la decisión incumbe a todos los españoles, amparándose en el actual redactado de dicha constitución.

Se pregunta uno entonces por qué algunos valencianos, mallorquines o franceses de la Catalunya Nord, por el hecho de ser de la CUP, sí pueden decidir sobre el futuro de Cataluña, mientras que el resto de valencianos, mallorquines o franceses, no. De acuerdo, es sin duda una manera de verlo, arbitraria sin duda, pero una manera de verlo al fin y al cabo y se corresponderá con sus estatutos. Pero lo que no es de recibo entonces es que no se admita que la dirección de Podemos impusiera un criterio a sus parlamentarios catalanes, o que los españolistas insistan en que se trata de algo que atañe a todos los ciudadanos los españoles, o lo que, en fin, se le ocurra a cualquiera como criterio de demarcación. Dejo de lado el olvido de sus propias declaraciones en el sentido que el referéndum se había perdido y que, con ello, quedaba excluida por sentido democrático la declaración unilateral de independencia... que anteayer mismo aprobaron.
Lo último será un olvido, sospechoso pero olvido; bien, admitámoslo. Pero lo otro se parece mucho a una aporía, es decir, un enunciado que expresa una inviabilidad de orden racional. En este caso más bien de orden ético, en la medida que se arroga unilateralmente y en exclusiva la legitimidad del propio criterio de demarcación, con el consiguiente rechazo de cualquier reciprocidad. A lo mejor es el pensamiento crítico en versión CUP, a saber… Pero coherente, lo que se dice coherente, no lo es.

dimecres, 11 de novembre del 2015

CALIENTABRAGUETAS



Ayer, el rotativo «La Vanguardia» en su editorial exigía al gobierno catalán –en funciones- y, muy especialmente, a CDC y a Artur Mas, una rectificación en toda regla, con motivo de la declaración independentista aprobada por el Parlament. Que si se rompe con ello la Constitución, que si es una declaración de independencia encubierta, que si vaya mensaje que se transmite a las cancillerías europeas, que si la mayoría sólo lo es para huir hacia adelante pero no para una gobernación coherente, que si pone en riesgo la autonomía catalana…

Se dice textualmente que se trata de una “… pequeña, triste y deslavazada simulación del Sis d’Octubre de 1934” y aludía a los serios y atribulados semblantes de la mayoría de diputados de CDC, incluido Mas, que acababan de aprobar con su voto la antedicha declaración. A bote pronto, lo primero que se le ocurre a uno sería preguntarle a «La Vanguardia» a qué se pensaba que estaba jugando cuando, hasta hace pocos días, todavía glosaba la figura de Mas hasta límites rayanos con lo «babeante», y apostaba claramente por «El Procés», que hasta dónde a uno le consta, era el proceso abierto hacia la independencia de Cataluña iniciado ahora hace más o menos unos cinco años, con motivo de la conversión al independentismo del otrora elogiado Mas, el mismo al que ayer ponía a caer de un burro.

La pregunta puede que sea ingenua, porque «La Vanguardia» incorpora una tradición que va mucho más allá del Ministerio del Tiempo, y la sitúa de lleno en el Ministerio de la Verdad, en la obscura sede gubernamental donde trabajaba Winston Smith, manipulando y destruyendo documentos previamente manipulados que suplían otros no menos manipulados, siempre en función de las circunstancias, siendo las «circunstancias» lo que en cada caso convenía. Si ahora estamos en guerra con Eurasia, nuestro aliado es Asia oriental, y siempre ha sido así. Si la guerra es con Asia oriental, lo mismo, al revés. Nunca puede haber la menor contradicción «histórica». Sí, claro, es el Nineteen Eighty-Four. Sólo que en este caso, puede que tales virajes obedezcan a razones mucho más prosaicas que en la genial novela de Orwell.

Cuidado, no es que uno esté en desacuerdo con los contenidos del editorial, no es esto, sino que no acaba de entender como ahora se desmarca de la situación que ha contribuido tan entusiásticamente a provocar. Algunos, sin duda con buenas dosis de sentido común y de información atesorada, dirán que la cosa va de subvenciones, crematística pura; bien, no digo que no haya nada de eso. Otros, que una cosa es apuntarse a un proceso, pero sin transgredir los límites legales, es decir, todo lo que haga falta pero entre la gente de orden, sin que se desmadre con destripaterrones y con el puente de mando bien controlado. También puede ser. Según esto último, el anticuerpo de la CUP son los destripaterroneros que han despertado todas las alarmas entre ciertos órganos del poder orgánico catalán, produciéndoles un síndrome mucho más parecido al del diecinueve de julio de 1936, que no al del seis de octubre del treinta y cuatro que aducen como pretexto. Siempre, claro, en términos de parodia. Porque esta es la verdad: estamos ante una parodia descomunal. Y en la cual unos juegan a representar una farsa, pero otros están ya en el esperpento: se han creído la parodia.

Aun así, sorprende que tan sesudos y dilectos creadores de opinión, no hayan calculado previamente el alcance de sus propios actos, aupando y auspiciando una parodia cuyo pábulo requería de los que se la creían a pies juntillas. Porque más allá de ciertos escenarios, el cínico ya no puede serlo aunque quiera. Traspasados ciertos umbrales, y se traspasaron hace tiempo, el cínico se queda en lo que antes se llamaba calientabraguetas. Ahora, a ver cómo se lo cuentan ahora a los «calentados».
Porque, miren, lo dicen Sabina y Serrat: Cualquier hembra merece un buen poeta, menos las calientabraguetas. Y "La Vanguardia" es femenino. Ahí sí, género, no sexo.