Tampoco
Paúl y Angulo se benefició en modo alguno de la muerte de Prim. Si aceptamos la
versión oficial, él fue el brazo secular, aunque siempre
lo negó. Ya dije que tiendo a creerle. En parte porque un egótico como
él difícilmente hubiera podido mantener la boca cerrada durante veinte años, más aún si consideramos sus más que frecuentes y monumentales borracheras, con sus correspondientes flojeras verbales;
también porque parece demasiado evidente que ha habido un interés exagerado en
cargarle el mochuelo.
Paúl
era con toda seguridad un fanático que podía llegar a creer que él único
obstáculo que se interponía entre España y la república federal era Prim, y que
muerto éste, las masas iban a proclamar la república por aclamación. Algo así
como lo que en el siglo XX será la extrema izquierda, troskista, maoísta,
guevarista... No podemos desdeñar tampoco que negara haber estado involucrado
en la muerte de Prim para evitar el ridículo político.
Paúl escribe en 1886 Los asesinos de Prim y la política en España,
negando cualquier implicación en el atentado contra el general. Para
entonces, la tesis de que Prim hubiera sido el obstáculo a la libertades
democráticas estaba ya refutada por los hechos que se habían ido consumando a lo largo de los últimos 16 años. Y haber reconocido ser el asesino de Prim desde
posiciones revolucionarias podía inducir a una cierta vergüenza torera. A pasar por lo que era: un botarate. De cualqueir manera, Paúl y Angulo nunca renunció a sus
posicionamientos radicales, siempre afirmó que Prim merecía morir, pero a manos de un tribunal revolucionario, y siempre negó haber tenido nada que ver con su muerte.
Para
lo que aquí nos atañe, no parece que obtuviera ningún beneficio, ni político ni
personal. Vagabundeó por medio mundo, viendo como sus ideales cada vez estaban
más lejos de conseguirse. Su tren de vida no era bajo, y cómo se lo podía
permitir no está tampoco del todo claro. Pero no fue nada que no se hubiera
podido permitir antes de exiliarse. Y en cualquier caso, aun que tiendo a pensar
que no tuvo nada, o casi nada que ver, lo cierto es que en el peor de los casos
habría sido un Judas o un Bellido, nunca un Bruto o un Casio. Y aquí lo que nos interesa no es el matador, sino el impulso soberano. Que fuera él o no, carece de importancia. Porque
él no era importante. Nolens volens, camarada Paúl, nolens volens.
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