divendres, 7 de març del 2014

CABALGANDO CON "EL TETE"




Dudosa maniobra la de Junqueras fichando a Ernest "tete" Maragall para su candidatura a las elecciones europeas. Dudosa porque está introduciendo en su casa a un personaje que no sólo no aporta nada, sino que resta. Como mínimo entre los docentes catalanes, no van a aumentar los votos a ERC porque lleve a este individuo en sus listas, sino todo lo contrario. Además, Ernest Maragall nunca ha representado a nadie más que a sí mismo. Eso sí, se auguran días movidos sin ocasión para el aburrimiento. Maragall no viene a hacer de comparsa de Junqueras, por quien no creo que sienta sino un desprecio de clase sólo comparable con su arrogancia.

Si Terricabras es el teórico del «masoverismo» como forma catalana de estructuración social, Maragall es el señoritismo propio del nepotismo anti ilustrado. Menudo tándem. Ha afirmado ser economista y analista informático sin tener, ni éstas, ni ninguna otra titulación universitaria. Eso sí, trabajó en el área de economía del Ayuntamiento de Barcelona, del que es funcionario municipal sin que conste que ganara ningunas oposiciones. ¿Cómo entró, entonces, en los tiempos de Porcioles?

Su carrera política transcurrió siempre a la sombra de su hermano en el PSC, aunque otras fuentes afirman que era él quien le aupó y siempre movió los hilos. Convertido en consejero de educación como compensación familiar por la defenestración de su hermano, su etapa al frente de la educación catalana fue, simplemente, nefasta. Luego, una vez sin cargo, abandonó el PSC, eso sí, dejando su «cagadita», la LEC. Claro que, al menos en temas educativos, ahí sí que encaja en ERC, que han sido sus más entusiastas seguidores. La diferencia es que ellos se lo creen, él no. El sólo cree en Ernest Maragall.

No sé, pero tengo para mí que a Junqueras pronto intentarán moverle de la silla. Si no, al tiempo.

dimecres, 5 de març del 2014

LA VENGANZA DE MNEMÓSINE (Μνημοσύνη) (¿MEMORIA O INTELIGENCIA?) III de III

 
Desde una lectura superficial, podría decirse de ambas obras que se apuntan al linchamiento de la memoria... Nada más falso. Más bien el mensaje que nos dejan es que la memoria, sin la inteligencia, no es nada. Entendámonos, no es ni memoria. Porque la memoria es información, y es sobre esta información que construimos nuestro conocimiento, poniendo los hechos en relación, negligiendo lo prescindible, construyendo conceptos...
Se diría que los detractores de la memoria han confundido la memoria mecánica, la simple acumulación de datos en la mente, con la memoria significativa, la capacidad de organizar estos datos con una intención concreta. Y al hacerlo, no solamente denostan a la primera arguyendo que dicha información se puede hoy en día obtener por otros medios, como por ejemplo internet, sino que a la vez confunden la segunda con la imaginación, la creatividad o la espontaneidad. Los hechos significativos se guardan en nuestra memoria y son los que nos permiten explicar en dos minutos la trama de Hamlet o del Quijote; son los que la inteligencia busca y extrae de nuestra memoria dentro de un contexto, para construir sus tramas de significado. Y este significado lo es para un sujeto cognoscente, no para un loro, por ejemplo.
La patochada, con perdón, pero sólo puedo definirlo así, de pensar que las facilidades actuales de acceso a la información nos dispensan de la necesidad de memorizar, sólo pueden fundamentarse en dos suposiciones igualmente extravagantes, a la vez que contrapuestas. La primera, que la simple información, los hechos, contienen en sí mismos una cierta significatividad que los hace cognoscentes. El sujeto, en cuanto a tal, no tiene entonces nada que entender porque ya está todo entendido en ellos. Se trate de simples hechos o de las teorías más complejas. Con ello, se está negando al sujeto cognoscente como requisito para que haya conocimiento.
La segunda, en las antípodas de la anterior e igualmente extravagante, presupone todo lo contrario: que el individuo es depositario y contiene formalmente en sí este conocimiento; que cualquier información que obtenga podrá ser procesada y sistematizada sólo con seguir sus impulsos espontáneos. Vamos, que hasta la «anamnesis» se queda corta. O sea, algo que ni el más delirante de los innatismos se atrevió a postular jamás. Porque no hace falta ni esfuerzo para recordar.
 
Más trivialmente: Lo que hoy ofrece internet es lo que antes eran, y siguen siendo, las enciclopedias y las bibliotecas. Que la cantidad de información accesible sea mucho mayor no es relevante para el caso, porque seguimos sin estar eximidos de memorizar, ni aunque luego gran parte la olvidemos, para suprimir lo irrelevante y las diferencias, para distinguir lo significativo en relación a lo que queremos entender o conocer... lo que se le llama procesar la información. Y esto sólo lo puede hacer un sujeto cognoscente, es una operación del intelecto. Y sin ella, no hay sujeto cognoscente. Por eso, como decíamos en la primera entrega, se hubiera reído tanto Descartes.



dilluns, 3 de març del 2014

RUSIA Y LOS NUESTROS


Como ya indicó hace tiempo Pérez Reverte a raíz de la polémica que suscitó la película «300» -cuya segunda parte se estrena, si no recuerdo mal, este próximo viernes- y su supuesta incorrección política, que tantos sarpullidos levantó entre el buenismo biempensante, no deberíamos olvidar, se mire como se mire, que los griegos eran «los nuestros».

No creo que se trate de ninguna simplificación, sino, en todo caso, de una evidencia. Digo esto a modo de exordio antes de empezar una breve y modesta reflexión sobre lo que está pasando en Crimea, entre Rusia y Ucrania. No ignoro quienes son «los míos», o mejor «los nuestros», pero no creo tampoco que esto deba enturbiarnos el juicio. Así que allá va...

La asimetría con que desde siempre se ha juzgado a Rusia, con razón o sin ella, en eso no entro ahora, más bien me parece construida como legitimación de ciertos intereses, que no desde una más que dudosa convicción en los valores y libertades democráticas, desgraciadamente tan escasas por aquellos pagos. En otras palabras, pienso que a nuestros creadores de opinión les importa un higo que en Rusia o en Ucrania haya o no democracia. Ellos sabrán por qué...

No seré yo quien rompa una lanza en favor de Putin. A quien así lo interprete, ya le anticipo que se equivoca. Pero creo, aun así, que hay ciertas cuestiones que no deberíamos perder de vista, aunque sea sólo para constatarlas y poder hacernos una mínima composición de lugar.

Primera. La política exterior rusa no distingue entre zares, soviets y su actual y carnavalesca democracia.

Segunda. Desde siglos, Rusia pugnó por conseguir dos salidas marítimas, al Báltico por el norte y al Mediterráneo por el sur. Por el norte lo consiguió Pedro el grande al establecer allí su capital, San Petersburgo. Pero aquello en invierno se hiela. Luego vinieron las actuales y recientes repúblicas bálticas y, después de la segunda guerra mundial, la Prusia oriental alemana. Königsberg, la ciudad de Kant, es hoy Kaliningrado y pertenece a la Federación rusa.

La salida hacia el Mediterráneo fue a través del Mar Negro, y su base fundamental la península de Crimea, hoy territorio en disputa. Tras muchos avatares, el sueño de los zares lo realizó ni más ni menos que Stalin.

Tercera. La única vez que Rusia estuvo "bien vista" por Occidente fue cuando se involucró en la primera guerra mundial, con Francia e Inglaterra, contra Alemania, los malos por aquel entonces, impidiendo con ello una rápida victoria alemana que hubiera dejado al Káiser sin rival en el continente. El precio que pagó fue muy alto; millones de muertos y la revolución bolchevique. Lo de la segunda guerra mundial es otra historia...

Cuarta. Más que bien vista, Rusia fue menospreciada, mutilada, sañudamente humillada y puesta a subasta pública internacional tras el colapso de la URSS. Eran los tiempos de Yeltsin, cuando bombardeaba el parlamento con el aplauso de las democracias occidentales.

Quinta. Guste o no, Ucrania es una denominación genérica y geográfica, no política, donde se ha creado un estado que incorpora la antigua Galitzia -imperio austríaco en su momento- y una parte de la Rusia histórica. Kiev fue la tierra de los primeros zares -«zar» significa «césar», en ruso, al igual que «káiser», en alemán- y se la consideró «la tercera Roma», después de la misma Roma y Constantinopla -actual Estambul-, condición que perdió en favor de Moscú.

La creación de un estado ucraniano sólo se puede entender, como la de Bielorrusia, desde el contexto de los sucesos que llevaron a la implosión de la URSS, desde los planes de expansión alemanes o, también, como cordón «sanitario». Lo demás es filfa.

Sexta. Más allá de la controversia -lo admito- que pueda suscitar la anterior afirmación, lo cierto es que Crimea nunca perteneció a Ucrania, ni cuando ésta no existía, por razones obvias, ni cuando se constituye en república soviética. Fue Krushchov quien, en una noche de farra al borde del coma etílico, decidió escindir Crimea de Rusia e integrarla a Ucrania.

Séptima. El sentido y las convicciones democráticas, así como su tradición, brillan igualmente por su ausencia entre los dirigentes pro occidentales que entre los rusófilos. Pretender ver en unos los valores democráticos occidentales y en los otros el bigote de Stalin, es o capcioso o ingenuo.

Octava. Si algo demuestra lo que está pasando en Ucrania -y ojo a otros países del nuevo «cordón sanitario»- es que no se puede gobernar contra una «minoría» del treinta, del cuarenta o del cuarenta y nueve por ciento. Y esto es lo que ha estado sucediendo en Ucrania bajo cualquier gobierno, de cualquier color, desde su fundación.

Novena. No me cabe la menor duda de que Rusia no es lo que fue en cuanto a superpotencia, pero no es ni la Serbia de Milosevic ni el Irak de Saddam Hussein. No se la puede humillar así como así, sin más. Cerrar en falso ciertas cuestiones tiene este problema, acaban reapareciendo, si cabe más agravadas. Pasó en la «paz» de Versalles y está volviendo a pasar con la liquidación de la URSS.
Décima (y última, a modo de conclusión). Si Rusia y su pulsión expansionista representan realmente un peligro, que se diga claramente y por qué. Que se proceda a la partición de Ucrania o a lo que sea, pero por favor, que no nos vendan motos. Menos aún en nombre de la libertad y la democracia. No queremos motos «vendadas». Mucho me temo que "los nuestros" se están equivocando.

FUNES Y EL LORO (¿MEMORIA O INTELIGENCIA? II de III



El genial Borges nos brindó en su inolvidable «Funes el memorioso» una maravillosa fabulación sobre la memoria que, pienso yo, debería ser de lectura obligatoria en el Bachillerato. Resulta que el tal Ireneo Funes dispone de una memoria tan excepcional que, para él, recordar un día de su vida le lleva 24 horas. Funes vive postrado en un camastro como consecuencia de una caída de caballo que le había dejado paralítico y que, a su vez, pudo ser la causa de tan colosal memoria. Y trata de entretenerse fabulando con ella de manera algo extravagante.
Una vez, Funes trató de elaborar un sistema numérico propio, en el cual «el negro Timoteo» era el 23437, y «la locomotora», pongamos por caso, el 39271... Y así. Al cabo de un tiempo abandonó su proyecto ante lo inconmensurable de la tarea que se había propuesto. Cuando el narrador -el propio Borges- trata de convencerle de lo absurdo de tal sistema numérico, entre otras razones porque no es un sistema, sino más bien todo lo contrario, obtuvo por respuesta una mueca de indiferencia. Para Ireneo Funes, la nube de hacía cinco minutos no era la misma que la de ahora, ni el perro de ayer era el de hoy, ni cualquiera de nosotros el mismo de un minuto antes. Aquello que en los demás es imperceptible, no lo era para Funes. Su sistema neurosensorial era probablemente el mismo que el del resto, pero en él toda la información permanecía fatalmente retenida sin que pudiera realizar las operaciones intelectuales propias de la mente humana, de la cual salen constructos teóricos como el sistema numérico... o los propios conceptos. Vamos, las operaciones propias de la inteligencia.
A primera vista, el ejemplo de Funes podría parecer una prueba fehaciente de que la memoria no sirve para nada... claro, si no hay capacidad de abstracción. "No creo que fuera muy capaz de pensar" afirma el autor, porque pensar es abstraer, es suprimir la diferencia. Y eso Funes no lo sabía hacer.
Para Funes, relatarle a alguien «Ana Karenina» no podía consistir en otra cosa que en la declamación de la obra entera. Para los humanos no es así. No podemos recordar de memoria la obra entera, por cierto, como lo hacían los antiguos aedos con la «Ilíada», pero podemos entender su trama, su desarrollo y su desenlace. Pero para ello hemos de recordar algo, no todo, sin duda, pero sí lo «esencial». Y eso es memoria. Es nuestra memoria.
En una obra mucho más ligera, pero a la vez extraordinariamente simpática, nos topamos con algo parecido, pero en otro ámbito. Se trata de «El teorema del loro», de Denis Guedj.
Un viejo matemático que vive en una recóndita mansión en la selva del Amazonas, ha conseguido el objetivo de su vida: la demostración del teorema de Fermat. Sabe que hay obscuros poderes que se quieren hacer con ella y que su propia vida está en peligro. Antes de su muerte, para preservar su descubrimiento, hace que su loro favorito memorice la demostración y lo envía, sin informar de ello, a un viejo amigo suyo en Paris, al que no veía desde los tiempos  de la Sorbona de los años treinta. Estamos a finales de los noventa...
Después de sucesivos avatares en forma de persecuciones y asesinatos por mor de un loro que todo el mundo supone que encierra un secreto, pero que sólo una persona sabe cuál es -otro antiguo compañero, convertido en mafioso y que codicia el secreto-, el loro acaba de nuevo liberado en la selva del Amazonas, esta vez en una memorable escena con la que finaliza el libro: en plena jungla, rodeado de congéneres con los cuales, en coro, recitan de memoria una de las demostraciones más buscadas de toda la historia de las matemáticas. Pero ninguno entiende nada. Y en realidad la demostración se ha perdido irremisiblemente. Porque no hay sujeto cognoscente para entenderlo.


dissabte, 1 de març del 2014

LA FRIVOLIZACIÓN DE LA MEMORIA (¿MEMORIA O INTELIGENCIA? I de III

 
 
Tengo para mí como algo insólito que tanto emboscado como hay siempre acechando y dispuesto a criticar el ejercicio y la incentivación de la memoria en el sistema educativo -empezando, por cierto, por el propio sistema educativo que padecemos-, nunca se les "olvide" de arremeter contra dicha facultad psíquica a la menor oportunidad. De ello debo inferir que, o bien estamos entendiendo cosas distintas bajo el mismo término, en cuyo caso estaríamos ante un malentendido, o alguna de las partes no es consciente del uso que hace de la memoria que tanto critica. Sí, ya sabemos que la memoria nos engaña, hasta que la estamos editando en cada momento, y que olvidamos. Pero supongo que tampoco nadie renunciará a andar porque «descubra» que sólo dispone de dos piernas y preferiría tener cuatro.
Literatura filosófica, psicológica y neurológica la hay en abundancia para, si se trata de un malentendido, enmendar este error mediante el estudio y la lectura. Si se trata, en cambio, de una actitud auto legitimadora, porque esté de moda o porque se vendan libros denostándola, digamos entonces que puede tratarse de actitudes comprensibles, pero no demasiado honestas. ¿No será que estamos proscribiendo aquello en lo que no destacamos? Ya se sabe, de noche todos los gatos son pardos o, como decía Hegel, todas las vacas, grises.
Viene tal vez a cuento de todo esto la perplejidad de Descartes cuando se sorprendía al constatar que había conocido a mucha gente que proclamaba sin el menor empacho aquello de "No, si inteligente yo ya lo soy, lo que ocurre es que tengo una memoria fatal" y, en cambio, no haber topado nunca con nadie que le dijera "yo tengo una memoria excepcional, pero soy muy poco inteligente".
Sí, el mismo Descartes que luego, en aquel arsenal de ideas brillantes que son las Regulae, nos recordaba -cito de memoria- que no por haber memorizado la República de Platón o un tratado de geometría, seremos filósofos o matemáticos. ¿Significa esto que Descartes compartía los despectivos criterios sobre la memoria que sus detractores actuales? No, claro que no. Simplemente que la memoria es una condición necesaria, pero no suficiente. Añado de propia cosecha, si hay entendimiento sin memoria, es decir, sin datos que procesar, no puede haber inteligencia. Exactamente igual que un procesador de última generación no nos servirá de nada sin un disco duro de memoria. Se puede externalizar, dicen los detractores de la memoria, y entonces entra en escena la majadería papanatas de los fascinados por las nuevas tecnologías y el acceso a la información. ¡Como se reiría Descartes!
¿Y la memoria sin inteligencia? Bueno, de eso vamos a hablar en la próxima entrega, a propósito de Funes y el loro.


dijous, 27 de febrer del 2014

ASIMETRÍAS AXIOLÓGICAS O EL SÍNDROME DE TARTUFO

Si alguien proclama que los profesores no saben enseñar su materia, que aburren a los "niños", no los motivan y que hay que ir a la escuela a divertirse, se trata de un innovador que denuncia el atavismo de un gremio que sigue procediendo igual que en los tiempos de Chindasvinto. No de una falta de respeto a todo un colectivo.

Por el contrario, quien le replique inquiriendo qué sabe dicha persona de tal materia, porque de lo contrario su afirmación es una bobada; que no se va a la escuela a divertirse, sino a trabajar; que lo de aprender divirtiéndose sólo lo puede sostener quien no ha entendido nada y es, por tanto, un botarate o un embaucador. Entonces se trata de una falta flagrante de respeto a un reputado estudioso de la educación, y de resentimiento contumaz cuya virulenta reacción prueba la verdad de la acusación.

Y si alguien afirma que lo que se les enseña a los alumnos son anacronismos propios de anticuados y que por esto carecen de interés y de utilidad para ellos -tema sobre el cual se supone que deben saber discernir muy bien-; que los exámenes son un instrumento represivo sólo concebido para tal fin; que lo que hay que hacer es favorecer la espontaneidad y la creatividad porque sólo así llegarán a realizarse como personas, se trata de alguien que es un profundo conocedor de la infancia y la adolescencia, y sabe de lo que habla porque es un experto en ello, no de una falta de respeto a todo el colectivo docente ni de un insulto al conocimiento humano.

Por el contrario, si alguien prosigue replicando que más antiguo es todavía el principio de Arquímedes y sigue funcionando; que una característica esencial del género humano es su capacidad para que unas generaciones transfieran el conocimiento acumulado por ellas a las siguientes, y esto permita seguir avanzando, lo cual, por cierto, me ahorra tener que descubrir por mi cuenta el principio de Arquímedes, lo cual es bastante dudoso que consiguiera; o que tal vez no todo el mundo pueda "sacarse" un bachillerato digno de tal nombre, entonces estamos ante un academicista -con todas las contemporáneas connotaciones peyorativas de tal término- y de un elitista -hasta puede que ambas cosas- que vive en su privilegiada torre de marfil. Aunque quizás le cueste llegar a fin de mes.

Así están las cosas. Pero recordemos. Cuando se le quejaban a Orgón, siempre replicaba "(...)pero Tartufo es una buena persona". Claro, le halagaba los oídos y en este sentido -hasta que lo recobró-, al menos en este sentido, le resultaba útil para ciertos fines.

¿Quién ha encumbrado a nuestros Tartufos actuales? ¿Y con qué fin? ¿Quién es nuestro Orgón? ¿Y nuestra Madame Pernelle?

dimecres, 26 de febrer del 2014

...Y MISERIA DE LA PEDAGOGÍA

 
 

Este post es el resultado de las impresiones y reflexiones que me han suscitado los debates surgidos en diferentes blogs a propósito del debate televisivo en TVE, en el que participó mi amigo y colega, Alberto Royo. El título, a su vez, se inspira en el post "miserias pedagógicas" del blog de Jorge. Acaso evocando la "Miseria de la filosofía" que dio réplica a la "Filosofía de la miseria".
Las palabras tienen dueño, decía Lewis Carroll, "significan lo que yo quiero que signifiquen", añadía por boca de la estrambótica reina de su inolvidable Alicia. Un poder ciertamente nada baladí el de imponer el significado de una palabra, lo que denota y lo que connota, aunque acaso esto último algo menos.
Tal vez, como apunta Enrique Moradiellos, el término pedagogo nunca denotó al que "enseña" ni pedagogía la praxis de enseñar. Una cosa era el pedagogo, generalmente un esclavo que cuidaba de los niños de los ricos, y otra el magister, el grammaticus y el retoricus, figuras que mutatis mutandi, evocarían al maestro de primaria, al profesor de secundaria y al de universitaria, respectivamente. Una comparación que no sólo guarda analogías nominales, sino quizás también formales. Puede que, después de todo, no haya cambiado tanto.
Hoy en día, se supone que el pedagogo es el que sabe de enseñanza, de cómo enseñar, y su corpus teórico, la pedagogía, el conocimiento de que se nutre este saber cómo y qué enseñar. Quien decide sobre el significado de las palabras así parece haberlo dispuesto.
Pero saber enseñar ¿qué? Porque no nos estamos refiriendo a la capacidad de saber transmitir un ámbito concreto de conocimiento que, inevitablemente hay que dominar, como las matemáticas o la historia, sino un saber enseñar genérico, carente de contenidos y, por ello con demasiada frecuencia, sin objeto. La pedagogía se ha erigido en la metafísica de la educación, y ha incurrido, consciente o inconscientemente, en el error de situarse como génesis de todo proceso educativo. Más aún, toda realidad educativa parece que sólo surja en virtud de la exigencia de despliegue del proyecto pedagógico. Como en su momento la "mala" metafísica, la  conocida como Leibniz-Wolff, que Kant refutará, y la misma que la exigencia de génesis idealista recuperará en parte. La pedagogía es hoy en día, por decirlo así, a la educación, lo que el idealismo fichteano a la filosofía kantiana.
Creo, con franqueza, que es posible -en su sentido estricto, "cognoscitivamente representable"- una pedagogía que, como la filosofía kantiana lo era al conocimiento, no se "erija en", sino que "simplemente sea" la notaria de éste. Y con perfecto conocimiento de la condición de la finitud del conocimiento humano, sin facultades incontrastables como la "intuición intelectual" y sin apriorismos como la "exigencia de génesis" a partir de cuyo despliegue se genera todo lo real.
Tal vez fuera posible una pedagogía que surgiera de los departamentos de didáctica de la ciencia de cada una de las facultades universitarias. De la matemática, elaborada por los matemáticos -¿Quién iba a hacerlo si no?-, de las lenguas por los filólogos, de la historia por los historiadores o de la filosofía por los filósofos. Y tal vez de todo ello pudiera establecerse una cierta pedagogía general, inductivamente obtenida, no apriorística, y sujeta a la contrastación empírica que determinaría su validez o no, bajo qué supuestos y sus limitaciones. Si esto pudiera ser aproximativamente una  pedagogía científica es algo que ignoro, pero como dije, parece conceptualmente posible.
Fácticamente, en cambio, no es que sea precisamente el caso. Muy al contrario. La Pedagogía actual se concibe por la mayoría de pedagogos -lo sepan o no, eso es lo de menos- como el a priori fundante a partir del cual se genera toda realidad educativa, y donde los diferentes aspectos de ésta surgen para legitimar su despliegue. Desde las cuestionadas y «segmentadas asignaturas», la construcción ad hoc de una realidad infantil o adolescente que se le adapte, la reluctancia de los docentes que «explica» por qué no se cumplen sus predicciones o hasta el papel que se le otorga a la memoria en el constructo en cuyo proceso de despliegue, como si no hubiera una realidad anterior, se genera como exigencia de ese mismo proceso. Como en Fichte, cuando la realidad y el conocimiento se legitiman como momento y exigencia de la génesis en el despliegue de la libertad fundante, para que dicha libertad pueda darse en la decisión y, en última instancia, ejercerse en la supresión del fenómeno. O en su transformación, en su supeditación a esta libre decisión que, al final, acaba en el más absoluto de los determinismos.
Este es el papel que, en mi opinión, está ejerciendo hoy la pedagogía y los pedagogos que surgen de sus facultades. Ya digo, que no sepan que formalmente esto ya está en la filosofía de Fichte, en lo que aquí nos atañe, es lo de menos. En otros aspectos sí que importa, porque es trágico. Porque está haciendo un daño irreparable.
Quizás, después de todo, que  las palabras tengan dueño no impide su propia némesis. Al cabo, como decíamos al principio, tampoco ha cambiado tanto el hiato entre el antiguo pedagogo y los magister, grammaticus y retoricus de su tiempo, frente al de sus homólogos contemporáneos. Ha cambiado, eso sí, el paradigma hegemónico como consecuencia de una alteración jerárquica dispuesta por quien decide. Pero el resto creo que se mantiene. La realidad es tozuda.
Por qué se ha llegado a esta realidad es otra cuestión, pero lo cierto es que, siempre, a un lado está el pedagogo y al otro el docente. Dos realidades distintas en controversia y donde, al segundo, se le «niega» en la medida que el despliegue del primero pasa por su supresión y/o transformación en virtud de las propias exigencias internas del proceso. Como se evidenció en este último debate y en tantos otros... como se ve cada día.
Y para acabar, debo disculparme por haber establecido analogías entre el discurso pedagógico y la filosofía de Fichte, una filosofía que, al fin y al cabo, no deja de ser un sistema sin duda más bien abstruso, pero serio. Perdón, pues, por ello. Si la pedagogía anglosajona hubiera leído y entendido algo del Idealismo alemán, tal vez nos hubiéramos ahorrado tanto despropósito.


diumenge, 23 de febrer del 2014

¡BIEN POR ALBERTO!





"Visionado" ya el vídeo del programa de debate "Para Todos", y, por supuesto, después de felicitar a Alberto por sus intervenciones y comentarios, en el debate y después de él, se me ocurren las siguientes observaciones. 

1) En este tipo de programas siempre la "incorrección" política está en minoría. Me refiero, claro está, a la "incorrección" decidida como tal por parte de la pedagocracia hegemónica. Dos contra uno quiere decir que, en el mejor de los casos, y contando con la neutralidad del presentador -lo que no siempre se da, aunque por esta vez, le podemos dar un "aprobadillo"- una opinión dispondrá del 33% del tiempo y la otra del 66%. Porque si traen a dos seres clónicos, la única razón es que una determinada opinión esté en mayoría.

2) Hay que reconocer que Alberto lo tuvo más difícil que yo en este mismo programa ahora hace un año, si bien supo salir sobradamente airoso. A mí me tocó lidiar con Fdez. Enguita (la otra era una mindundis). A Alberto, en cambio, la ha tocado con un vendedor de pociones mágicas y con la inefable Acaso. Es decir, un charlatán y una iluminada vocacional. Mi ventaja radicó en que, pese a todo, Fdez. Enguita es listo, y esto facilita el debate y su nivel. No es, desde luego, el caso de la Sra. Acaso; por lo que refiere al otro, el tal Barajas, estamos ante un empresario cuyo interés primordial es promocionar su negocio y que, en temas pedagógicos, tira de manuales ramplones ad usum con la misma displicencia con que tira el papel higiénico al inodoro, y cuyo crematístico objetivo es simplemente obrar -siguiendo con el latín que tan mal les debe caer- pro domo sua.

3) Es realmente exasperante ver como gente inteligente, culta y brillante -lo digo por Alberto y por tantos más- que intenta decir cosas interesantes, ha de perder el tiempo argumentando contra bobadas proferidas por botarates.

4) El atrevimiento proverbial de la ignorancia es de una contumacia a prueba de las diez plagas de Egipto. En el caso de la Acaso, la cosa va incluso mucho más allá; es delirium tremens. Porque por más estados de éxtasis por que simule o crea transitar, mejor que eso lo deje para Teresa de Cepeda...

5) ¿Qué clase de país puede ser aquel en que alguien como la Sra. Acaso está dando clases en la universidad?

dijous, 20 de febrer del 2014

GUERRA DE FICCIONES (II de II)



Como catalán y catalanoparlante como primera lengua, me disgusta profundamente la forma como se ha pretendido normalizar el catalán en Cataluña. Desde siempre entendí que dicha normalización debería haber pasado, de entrada y si era esto lo que verdaderamente se pretendía, como objetivo sine qua non, porque toda la población de Cataluña considere, entienda, sienta y conozca dicha lengua como propia de este territorio, la utilice habitualmente, esporádicamente o nunca -lo mismo diría respecto al castellano-, y porque si bien es cierto que así creo que lo ha entendido la mayoría de la población, no es precisamente debido a la Generalitat, sino a otras razones mucho más acordes con un cierto sentido de la civilidad que muchos, pienso que la mayoría, todavía compartimos.

Porque lo cierto es que la Generalitat, al pretender ocultar frívolamente su fracaso -el catalán no avanza hoy en Cataluña-, lejos de auspiciarlo, más bien han entorpecido dicho proceso. Un fracaso que, por cierto, se hallaba en la propia esencia de su planteamiento.

Que estén tranquilos los defensores del castellano. No peligra en Cataluña y basta darse una vuelta por estos pagos para constatarlo. Tan disparatada y/o malintencionada idea sólo puede provenir de un anti catalanismo cerril cuya intencionalidad sería, en todo caso, metalingüística o, mejor, metapolítica. Entiéndanse ambos términos en el contexto presente y en sentido peyorativo, no en su acepción académica.

Finalmente, no debemos olvidar, nadie debería olvidar que, en un centro de enseñanza, las lenguas son, a la vez que conocimiento, el vehículo por medio del cual éste se transmite; que las lenguas van y vienen o, mejor, vienen y se van; el conocimiento que atesoran, no. Y que esto ha sido así desde siempre. Desapareció el griego, desapareció el latín... y no pasó nada. Sí que hubiera pasado, en cambio, si se hubieran perdido la República de Platón, la Metafísica de Aristóteles, los Elementos de Euclides o la guerra de las Galias de César.

Un día, inexorablemente, se perderán también el catalán y el castellano. Y seguirá sin pasar nada... a menos que en el camino se pierdan también el Quijote, el Cantar del mío Cid, La Regenta, Cien años de Soledad, Les Cròniques, el Tirant lo Blanc o El Quadern Gris. Entonces sí, entonces sí que no quedaría nada. Y al paso que vamos, mientras sigamos discutiendo si se imparten en catalán o en castellano unas matemáticas que no se aprenden, esto es precisamente lo que tiene más visos de ocurrir. Y eso sí que sería una tragedia.