dimecres, 5 de març de 2014

LA VENGANZA DE MNEMÓSINE (Μνημοσύνη) (¿MEMORIA O INTELIGENCIA?) III de III

 
Desde una lectura superficial, podría decirse de ambas obras que se apuntan al linchamiento de la memoria... Nada más falso. Más bien el mensaje que nos dejan es que la memoria, sin la inteligencia, no es nada. Entendámonos, no es ni memoria. Porque la memoria es información, y es sobre esta información que construimos nuestro conocimiento, poniendo los hechos en relación, negligiendo lo prescindible, construyendo conceptos...
Se diría que los detractores de la memoria han confundido la memoria mecánica, la simple acumulación de datos en la mente, con la memoria significativa, la capacidad de organizar estos datos con una intención concreta. Y al hacerlo, no solamente denostan a la primera arguyendo que dicha información se puede hoy en día obtener por otros medios, como por ejemplo internet, sino que a la vez confunden la segunda con la imaginación, la creatividad o la espontaneidad. Los hechos significativos se guardan en nuestra memoria y son los que nos permiten explicar en dos minutos la trama de Hamlet o del Quijote; son los que la inteligencia busca y extrae de nuestra memoria dentro de un contexto, para construir sus tramas de significado. Y este significado lo es para un sujeto cognoscente, no para un loro, por ejemplo.
La patochada, con perdón, pero sólo puedo definirlo así, de pensar que las facilidades actuales de acceso a la información nos dispensan de la necesidad de memorizar, sólo pueden fundamentarse en dos suposiciones igualmente extravagantes, a la vez que contrapuestas. La primera, que la simple información, los hechos, contienen en sí mismos una cierta significatividad que los hace cognoscentes. El sujeto, en cuanto a tal, no tiene entonces nada que entender porque ya está todo entendido en ellos. Se trate de simples hechos o de las teorías más complejas. Con ello, se está negando al sujeto cognoscente como requisito para que haya conocimiento.
La segunda, en las antípodas de la anterior e igualmente extravagante, presupone todo lo contrario: que el individuo es depositario y contiene formalmente en sí este conocimiento; que cualquier información que obtenga podrá ser procesada y sistematizada sólo con seguir sus impulsos espontáneos. Vamos, que hasta la «anamnesis» se queda corta. O sea, algo que ni el más delirante de los innatismos se atrevió a postular jamás. Porque no hace falta ni esfuerzo para recordar.
 
Más trivialmente: Lo que hoy ofrece internet es lo que antes eran, y siguen siendo, las enciclopedias y las bibliotecas. Que la cantidad de información accesible sea mucho mayor no es relevante para el caso, porque seguimos sin estar eximidos de memorizar, ni aunque luego gran parte la olvidemos, para suprimir lo irrelevante y las diferencias, para distinguir lo significativo en relación a lo que queremos entender o conocer... lo que se le llama procesar la información. Y esto sólo lo puede hacer un sujeto cognoscente, es una operación del intelecto. Y sin ella, no hay sujeto cognoscente. Por eso, como decíamos en la primera entrega, se hubiera reído tanto Descartes.



1 comentari:

  1. Estupenda argumentación, Xavier, con la que coincido plenamente. A mí me parece que quien no quiere entenderlo es precisamente por eso, porque no quiere (o porque no le conviene a sus fines más oscuros). Opino, si se me permite, que la renuncia a la información que deberíamos retener almacenada en nuestra memoria física y su delegación o "externalización" en artefactos tipo internet y similares, supone una traición tanto a nuestra naturaleza como a nuestra formación y, desde el plano moral, una cobardía difícilmente justificable. De la sensación de pereza que podamos transmitir ya ni hablamos...

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