dissabte, 26 de juliol de 2014

LA RENTABLE FRIVOLIDAD DEL MESIANISMO O LA RAZÓN ASALTADA



Para Hegel, la existencia de un individuo se proyectaba a través de tres ámbitos, el singular, el particular y el universal. El singular era el más inmediato, allí donde se es lo que es por uno mismo. Son los círculos familiares y de más cercanas amistades que, por decirlo así, no están mediatizadas sino por lo que uno es de forma «natural».

El de lo particular abarca la proyección del individuo en tanto que ser social y, aproximadamente, diríamos que se proyecta en su actividad laboral y/o profesional, donde uno es lo que es en tanto que su significación viene dada por su actividad. Se es lo que se es en tanto que se es minero, labriego o abogado, y su consideración y sus relaciones emanan de ahí.

El tercer ámbito es el del universal. Hoy podríamos denominarlo el imperio del Derecho o de la Ley. Es la esfera del ámbito de lo ético que, para Hegel, es el Estado. En rigor, el individuo es allí su número de DNI, con independencia de lo que sea en otros ámbitos; o sea, ciudadano. Y ello no por ninguna ocurrencia teórica, sino porque la noción de ciudadano es inseparable de la propia noción del ámbito de lo universal, que como sabemos, era para Hegel el Estado en tanto que la concreción de lo ético en su máxima realización, el Derecho.

Aunque para muchos Hegel pueda ser considerado una de las cabezas de la hidra nacionalista, y que lo que hizo en realidad fue porfiar para legitimar al nacionalismo prusiano/alemán maquillándolo con tintes ilustrados, lo cierto es que el planteamiento anterior encaja muy mal en los esquemas nacionalistas, muy especialmente en los que, en función de su recorrido histórico, son de extracción romántica. Más aún en los identitarios; como en ambos casos lo fue el alemán. Y como lo es el catalán. Porque entonces la nación política no es la forma de organizarse de la ciudadanía frente al Ancien Régime, sino su continuidad bajo la forma de concreción histórica del Volkgeist eterno que se proyecta en el tiempo como espíritu de esta nación o pueblo. Entiéndase, en esta última referencia, el término «nación» en su acepción medieval y preilustrada.

Hay nacionalismos que, en virtud de sus propios avatares históricos, no han recorrido el camino que lleva a la esfera del universal, eso es, a la noción de Derecho y de Estado como encarnación de lo universal. Porque ahí lo indentitario no sólo está de más, sino que es incompatible con la propia esfera de lo universal. La ausencia de esta concepción de lo universal se resuelve entonces solapándose con la superposición de las otras dos esferas, la de lo singular y la de lo particular, que ocupan, en el constructo teórico, el lugar de los esquemas conceptuales que se corresponden a lo universal. Éste es precisamente el caso del nacionalismo catalán, el solapamiento de lo singular y de lo particular en lo universal, con su consiguiente impostación, sin solución de continuidad.

Se podrá decir que lo de Jordi Pujol y su confesión pública pasa en todas partes. Y es posible que así sea. Pero los condicionamientos contextuales son, en cualquier caso, cualitativamente distintos. Por un lado, porque se trata, al menos desde la perspectiva de los propios nacionalistas, de un proyecto en construcción, y contingencias como esta, en lo simbólico, no sólo dañan irreversiblemente la credibilidad del proyecto, sino, y sobre todo, porque es también, una expresión clarísima de la actitud que deriva de los esquemas mentales, políticos y éticos, de los que se nutre el proyecto.

Alguien pensará seguramente que esto es hacer leña del árbol caído. Pero la realidad es otra: es algo inherente al espíritu que anima el proyecto y que se corresponde con su praxis política habitual a lo largo de los últimos treinta años. Es la idea de una autoconstituida élite que se considera con derecho a ejercer de tal, de acuerdo con sus intereses particulares –lo de particular en sentido hegeliano- e inspirado en su singularidad –también en sentido hegeliano.

En este sentido, el reconocimiento de la culpa mediante autoconfesión es una farsa forzada por un contexto que viene determinado por un marco jurídico que, ahí sí tienen razón, no es el suyo porque les pone trabas a sus intereses particulares y vocacionales de clase dirigente local. En otras palabras, se quiere construir un estado sin sentido de estado, sino simplemente a imagen y semejanza de su singularidad y de su particularidad.

Toda la praxis política del nacionalismo en Cataluña a lo largo de los últimos decenios ha consistido en construir el marco propicio para este proyecto, utilizando como coartadas los agravios que, independientemente de su fundamento, contribuyeran a la construcción de un clima favorable a su proyecto. Un proyecto al que le son inherentes ciertas prácticas como el clientelismo y el nepotismo, que se han diluido como una mancha negra en toda la Administración catalana hasta llegar a formar parte constitutiva de su propio acervo.

No es pues un accidente, sino una determinada manera de hacer acorde a una forma de concebir la realidad: el pesebre que en su día se le llamó oasis y que hoy se muestra más bien como una charca amarillenta.

Esta ha sido también, consecuentemente, la manera de hacer de la Administración catalana allí donde ha tenido la capacidad para moldear la realidad a su imagen y semejanza, la aversión por lo público y su aprovechamiento con fines particulares. No podemos, en rigor, sorprendernos de lo que ahora ocurre.
En «El asalto a la Razón» Lukács nos hablaba del rey de Prusia, Federico Guillermo, que abolió la constitución argumentando que “Entre el Soberano y el pueblo, no ha de haber ningún papel escrito”. Claro, porque lo escrito prescribe y proscribe, obliga. Esto es, ni más ni menos, lo que está ocurriendo en Cataluña. Mucho papel testimonial, eso sí, para salvar las apariencias, pero cada vez con menos contenido y dando barra libre a la arbitrariedad. En definitiva, un concepto anti ilustrado de sociedad, más vulgarmente conocido hoy en día como «bananero». Eso es lo que hay.

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