dijous, 10 de juliol de 2014

IGNORANCIA ENTRAÑABLE VS IGNORANCIA ZAFIA



La ignorancia es siempre al fin y al cabo, qué duda cabe, ignorancia. Y en cuanto a tal, una carencia. Aun así, hay ignorancias que, en cierto modo y pese a su condición de tales, pueden llegar a ser hasta entrañables. Las hay, en cambio, cuya naturaleza es constitutivamente zafia. Desde el punto de vista del conocimiento, ambas son igualmente perniciosas, pero desde el punto de vista moral, y no es que uno comparta precisamente la afirmación kantiana según la cual si algo está fuera de toda consideración es la buena voluntad, pienso que hay que distinguir entre ambas. Como mínimo en la medida que la ignorancia zafia incorpora un contravalor añadido que la hace, si cabe, más repulsiva y abyecta. Porque se trata de una disposición actitudinal ante la propia condición.

La ignorancia zafia desprecia y niega  cuanto ignora, convirtiéndose, en este sentido, en una apología de la propia condición de ignorante, desde el resentimiento. La ignorancia entrañable, en cambio, es el universo de referencia en que el ignorante se mueve, sin que haya nada más allá de aquél; ello con independencia de que pueda existir o no la sospecha indiciaria de un eventual “más allá de la ignorancia”. La ignorancia entrañable es indiferente a su propia condición; la ignorancia zafia, muy al contrario, se auto reivindica en su propia condición y es abiertamente hostil a cualquier forma de conocimiento que pueda ponerla en evidencia. Una es ingenua, la otra es sentimental.

Por esto, al menos comparativamente, mientras la primera puede llegar a tomarse como entrañable, la segunda es, en cambio, socialmente nociva. En nuestra sociedad, hoy en día, los ignorantes zafios se han propuesto la universalización de la ignorancia entrañable. Nuestro sistema educativo fue urdido  por ignorantes zafios con el objetivo de producir ignorantes entrañables. Los primeros saben que son ignorantes; los segundos ya no. Van camino de haberlo conseguirlo.


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