dijous, 30 de maig de 2013

REFLEXIONES CATALANAS: DE DERIVAS, DERROTAS Y DELIRIOS


Sirva esta entrega como entremés a lo que deberá ser la continuación de la saga Phantasmata Hispaniarum, inconclusa aún, adecuadamente reconvertida a Phantasmata Cataloniae, todavía por iniciar. La verdad, con el panorama actual se le pasan a uno hasta las ganas de polemizar. Tiempos muy poco dados a los matices y a la equidistancia, estos. Y cuando las fabulaciones se reifican y devienen categorías analíticas, cuando el criterio se supedita a axiomáticos principios que sólo admiten el "conmigo o contra mí", cuando la ficticia alternativa que se impone como realidad consumada es la elección entre dos trincheras, a cuál más hedionda, siempre, siempre, quien sale perdiendo es el espíritu crítico cuya aspiración es acercarse a la verdad.
En alguna convención catalanista durante los años cuarenta, alguien se lamentó de la «mala suerte histórica» que había tenido siempre Cataluña. Parece ser que fue Gaziel quien objetó que la mala suerte nunca es eterna. Hasta al más desafortunado  jugador de cartas le llega en algún momento su cuarto de hora de gloria. Una cosa es un jugador con mala suerte y otra, muy distinta, un mal jugador. Es decir, aquél cuya comprensión de la realidad adolece de criterios objetivos que le permitan valorar y discernir sobre su propia posición en un contexto de correlación de fuerzas. Y se preguntaba a continuación si Cataluña era un jugador con mala suerte o un mal jugador. Una pregunta que los actuales dirigentes catalanes me temo que no alcanzan ni a plantearse remotamente. Si los sentimientos se imponen a la razón y, desde este modelo, la voluntad a la realidad, entonces me temo que, volviendo al símil de los naipes, estaría muy claro que nos las tenemos con un mal jugador. En política, con el delirio.
Con buena o mala suerte, un mal jugador siempre perderá, porque no sabrá aprovecharla. Y si en lugar de comprender que lo que debe hacer es aprender a jugar, sigue atribuyendo contumazmente sus fracasos al desfavor de la fortuna, nunca llegará a ser consciente de su propia realidad y acabará alienado en sus propias fabulaciones. Me pregunto si no es éste el síndrome que padecen los actuales gobernantes catalanes.
En estos momentos, la deriva del gobierno de la Generalitat sigue una derrota impuesta por sus propios delirios. No es sólo el estado del bienestar lo que está en peligro en Cataluña, sino también  el propio estado de derecho. Como en las aventis sobre las cuales fabulaba Juan Marsé en "Si te dicen que caí". Un grupo de niños refugiándose de una realidad hostil se inventan unas fantasías que acaban substituyéndola, porque dichas fantasías, en tanto que categorías fundantes de todo posible relato, son las claves interpretativas de los hechos que ven transcurrir.
Pero Java y sus amigos, aun siendo niños castigados por una realidad gris y miserable, disponían de un sentido común -o de conservación, quizás habría que decir- del que parecen carecer estos hombrecillos metidos a prohombres de la patria catalana. Sus aventis, utilizadas como claves interpretativas de un entorno hostil, se limitaban a dar su propio sentido al transcurrir de los hechos cotidianos que observaban. Nunca a negarlos  ni, menos aún, a actuar sobre ellos aplicándoles la realidad fabulada que su ingenio había construido. Sabían, en el fondo, que pasar a la acción pretendiendo imponerse volitivamente, hubiera acabado por destruir sus bellas construcciones. No era un problema de voluntad, sino, en el fondo, de realidad. Ojalá nuestros gobernantes fueran como esos niños y se quedaran sus delirios para ellos.

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