dissabte, 2 de febrer de 2013

EL NACIONALISMO TRÁGICO IV (PHANTASMATA HISPANIARUM XIV)



Decíamos en segundo lugar, que los Reyes Católicos no supusieron la recuperación ni la institución de la unidad peninsular referencial que se creía haber perdido, y ello, añadíamos, no sólo porque dicha unidad originaria fuera una quimera, sino también porque cada uno de los reinos mantuvo sus propias estructuras políticas y seguían siendo, de iure y de facto, reinos independientes entre sí. Que estuvieran bajo un mismo monarca era, vamos a decirlo así, algo accidental.

Para que nos hagamos una idea basta con contemplar lo que ocurría en ambas coronas a la muerte del monarca. A la muerte del rey, en Aragón heredaba por lo general el primogénito los reinos peninsulares -Aragón, Cataluña y Valencia-; el menor se quedaba con los insulares y transpirenaicos. Y eso sin contar que en Sicilia había otra rama de la dinastía de Barcelona que funcionaba por cuenta propia. El segundo acto estaba servido. El primogénito, disconforme con la división, agrede a su hermano menor, el cual a su vez busca alianzas que aseguren su corona, preferiblemente entre los enemigos de su hermano mayor. Cuando por fin, después de años y guerras, se encuentran de nuevo bajo una misma corona todos los territorios que la herencia paterna había separado, va el rey y, al morirse, reparte sus posesiones entre sus hijos exactamente igual que lo había hecho su padre. Y vuelta a empezar. Si en lugar de Aragón, hablamos de Castilla, la historia es más o menos la misma: León, Castilla, Zamora…

En realidad, lo que se selló con los Reyes Católicos fue una alianza política y militar permanente entre Aragón y Castilla. Aunque habían tenido sus guerras, ambos reinos habían vivido la mayor parte del tiempo en relativa buena vecindad. La corona catalano-aragonesa había concluido su expansión peninsular con la ocupación de Valencia, tras lo cual se había lanzado a una política de expansión mediterránea de signo claramente gibelino. Castilla, por su parte, más aislada de la política europea, se concentró en la expansión peninsular. Pero lo que había funcionado desde el siglo XIII ya no era sostenible a finales del XV y albores del XVI. En otras palabras, la Corona de Aragón ya no estaba en condiciones de mantener su posición de potencia mediterránea. Y ello fundamentalmente por dos razones que se llamaban, respectivamente, Francia e Imperio otomano.

A lo largo de dos siglos, la expansión catalana llevada a cabo por la Corona de Aragón había forjado un “imperio” mediterráneo de cierta importancia. A las Baleares, cuyo reino comprendía las islas más los dominios del sur de Francia, se le habían ido añadiendo Sicilia, Cerdeña y el reino de Nápoles –la mitad sur de la bota italiana-. Nominalmente también cabría añadir los ducados de Atenas y Neopatria, en Grecia. Los grandes enemigos de Aragón en todo este periodo habían sido Francia, el Papado, Génova y la Casa de Anjou. Aun sin haber alcanzado jamás el esplendor de Venecia, Pisa o Génova, lo cierto es que Barcelona había llegado a rivalizar con ellas.

Pero el escenario era otro en las postrimerías del siglo XV. Con una población que nunca superó el millón de habitantes, la Corona de Aragón había conseguido vencer a Francia con unas cuantas compañías de almogávares y la marina de guerra catalana. Pero la Francia que se asomaba al siglo XVI no era la del siglo XIII. Y Cataluña, motor de la Corona de Aragón, tampoco. La primera había ido a más, la segunda a menos. Nápoles, por ejemplo, era insostenible. La Corona de Aragón ya no era viable en la medida que no estaba en condiciones de mantener su dominio mediterráneo frente a una Francia cada vez más fuerte y a un imperio otomano que, tras la toma de Constantinopla, cerrará prácticamente el Mediterráneo oriental. El descubrimiento de América será el aldabonazo definitivo.

Al establecer la alianza con Castilla, Fernando de Aragón se asegura los recursos de un reino mucho mayor ya por entonces, todavía en fase expansiva después de concluir su expansión peninsular y sin una política europea claramente definida. Y toda su política consistirá en tratar de establecer un entramado de complicidades europeas destinado a aislar a Francia. No deja de ser curioso como después de perder la regencia de Castilla y recluido de nuevo a Aragón, un politico hábil y astuto como él conseguirá llegar a un acuerdo con Francia que le permita mantener Nápoles a cambio de otras concesiones.

Porque la alianza entre Castilla y Aragón se había roto con la muerte de Isabel de Trastámara y el advenimiento de su hija Juana I “la loca” y su controvertido consorte, Felipe I “el hermoso”. El hijo de ambos, Carlos, heredará Castilla de su madre, Flandes, Austria y Borgoña de su padre y Aragón de su abuelo Fernando, en lo que será una suerte de monarquía confederal que perdurará durante dos siglos en los reinos hispánicos. Pero esta ya es otra historia…

Y si desaparecerá la costumbre medieval de dividir el reino entre los hijos a la muerte del monarca, será simplemente porque el horno no estará ya para bollos en la Edad Moderna, no por sentido político de Estado. A la fuerza ahorcan, dicen por ahí.

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