diumenge, 17 de febrer de 2013

EL ESTRANGULAMIENTO DEL GENERAL PRIM A LA LUZ DE LA CIENCIA, DE LA HISTORIA Y DE LA LÓGICA


No soy ciertamente nadie para discutir un dictamen elaborado por un grupo de expertos en una disciplina científica, la medicina forense, en la cual soy un absoluto ignorante. De modo que debo admitir que si bajo estas condiciones, se concluye que Prim fue estrangulado, sus razones tendrán y están avaladas por un peritaje científico. Claro que también un cateto, y a la vez alto cargo del Departament d’Educació, me espetó en cierta ocasión que él aplicaba el método científico: ensayo-error (SIC). Tal cual. Huelga decir que con una afirmación así quedaba meridianamente claro que dicho personaje no tenía ni la menor idea sobre lo que se traía entre manos. Cito esta anécdota para que quede claro que asumo de entrada que no es este el caso de los forenses que han analizado  la momia de Prim.

Ello no obstante, y excluyendo por tanto a los botarates, hay elementos valorativos –y regulativos si lo queremos decir en kantiano- que pueden afectar cualitativamente a las conclusiones de un estudio, por más que haya sido impecablemente ejecutado con máximo rigor científico. Decir esto no es descubrir nada, pero abundaré en ello aun a riesgo de ser recurrente. Considero que el tema se lo merece.

Vamos a suponer que al realizar Galileo su contrastación empírica de la ley del movimiento inercial, los resultados no hubieran sido los esperados por él. ¿Invalidaba esto a las matemáticas? Claro que no. En todo caso, lo que hubiera quedado invalidado es el postulado de calculabilidad de lo real en términos matemáticos; una idea, ésta, a priori, que estaba tomando fuerza por entonces y de la cual precisamente Galileo era un ilustre defensor. Una idea que posibilitará la revolución científica y el surgimiento de la física moderna como primera ciencia en el sentido estricto del término.

Ahora bien, esta idea era ajena a la física o a la matemática medievales, de raíz aristotélica. Y los problemas de Galileo vinieron precisamente en su debate con los escolásticos porque éstos, contra lo que se suele creer,  parecían tener razón frente a las tesis galileanas ante los resultados obtenidos de los experimentos realizados por el propio Galileo. Veamos. Galileo afirmaba que todos los objetos en las proximidades de la Tierra experimentaban en su caída una aceleración constante, con independencia de sus masas, como consecuencia de la fuerza gravitatoria. Eso quería decir que una bala de cañón y una pluma de gallina, soltadas al mismo tiempo desde lo alto de la torre de Pisa, llegarían al suelo exactamente en el mismo instante.

¿Y qué contraargumentaban los escolásticos? Que los resultados de los experimentos de Galileo les daban la razón a ellos. Efectivamente, la bala de cañón llegará al suelo antes que la pluma de gallina. ¿O no?.

Galileo, cuyo sistema estaba mucho más elaborado de lo que algún burdo ensayo-errorista pudiera pensar, replicaba que ciertamente sí, claro que la bala de cañón caía antes, pero porque esto era debido a la resistencia que presentaba la atmósfera. De no ser así, caerían a la misma velocidad y aceleración en todo momento. Y en sus experimentos, tendentes a reducir en lo posible el impacto de la resistencia de la atmósfera, osea, tratando de aproximarse, aun imperfectamente, a un sistema puramente inercial, había diferencias en los tiempos de caída menores que bajo un experimento realizado en condiciones “normales”. O lo que es lo mismo, “normales” bajo la capa de la atmósfera terrestre. Los escolásticos, en cambio, seguían constatando que los tiempos de caída continuaban siendo distintos según la  masa de los cuerpos con que se experimentara.

El problema no estaba, evidentemente, en los “hechos” empíricos, sino en la interpretación que de ellos se hacía de acuerdo a conceptos derivados de categorías que constituían los respectivos sistemas de ideas de los que surgían dos concepciones distintas del mundo: la de la física aristotélica, por un lado, y la de una nueva concepción que estaba emergiendo por entonces, que cuajará en el racionalismo y en la física newtoniana. Era imposible que ambas concepciones pudieran estar de acuerdo ante el mismo hecho, porque lo interpretaban bajo categorías distintas.

En definitiva, pues, los conceptos con que nos aproximamos a algo determinan nuestra interpretación de este “algo”. Y eso en el terreno de la interpretación puramente cuantitativa. Si además incorporamos valoraciones o ideas regulativas que sesgan lo puramente cuantitativo, la cosa se complica aún más. En el primer aspecto, entrando ya en el tema de la autopsia de Prim, podríamos cuestionar si realmente los conocimientos actuales alcanzan una precisión tal como para determinar el momento exacto de la muerte de alguien, con un margen de tres días, hace 150 años. Vamos a aceptar provisionalmente que sí. Pero en el segundo, entramos en un pantanoso ámbito de interpretaciones que, aun admitiendo el estudio forense, pueden introducir un sesgo en las conclusiones que nos acabe apartando de la buscada “verdad”. Porque no estamos sólo tratando de dar con una verdad científica, sino con una “verdad” histórica. Y son de naturaleza distinta.

Por ejemplo, aun admitiendo como veraz la conclusión forense que afirma que hubo estrangulación, la pregunta es qué entendemos por “estrangulación”. Y desde luego que no es una pregunta ociosa.
Imaginemos que una vez muerto Prim, y debido a hichazones en el cadáver, no se le puede abrochar la camisa al cuello. ¿Cómo se soluciona? En esta línea, pero menos  burdamente que en mi ejemplo, abundan tanto Emilio de Diego, catedrático de la UCM, como el hispanista Ian Gibson: las marcas en el cuello pueden proceder del propio proceso de embalsamiento, para evitar que salieran fluídos del cadáver. Se trataría entonces de una estrangulación post mortem, con lo cual, desde luego,  ya no estaríamos ante una estrangulación, al menos sensu stricto, sino antre otra cosa que ya no tiene nada que ver con el asesinato de Prim, sino en todo caso con su cadáver. El mismo hecho, científicamente demostrado; dos intepretaciones distintas.
Pero es que hay más. Una afirmación de esta magnitud sobre un hecho histórico, comprobaciones científicas aparte, debe ponerse también en relación con los datos históricos de que se dispone. Es decir, hay que valorar su verosimilitud. No estamos ante una simple descripción, sino ante algo que requiere comprensión ubicado en su contexto. Y aquí sí que, al menos en mi opinión, la tesis de la muerte por estrangulamiento del general Prim hace definitivamente aguas.
 
Así que a todo lo dicho anteriormente, habría que añadir la inverosimilitud. Prim vivía en el palacio de Buenavista, que era la sede del Ministerio de la Guerra. Consta que desde que llegó herido hasta su muerte, nunca estuvo solo. Tenía muchos enemigos, cierto, pero también más partidarios. Los testimonios documentados son innumerables, demasiados como para urdir un engaño histórico de esta magnitud. Familiares, amigos, allegados, médicos, escolta personal, periodistas… O todos, absolutamente todos, mintieron, y son demasiados y demasiado dispares, o estos forenses, aun habiendo sin duda realizado un buen trabajo científico, han metido la pata hasta el corvejón en las conclusiones. Yo me inclino por esta última posibilidad.

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