diumenge, 1 de febrer de 2015

SIMPLEMENTE CHORIZOS



Lo explica muy bien Paul Krugman hoy en El País. El auténtico rescate, y su razón de ser, no ha sido el de Grecia, sino el de los bancos acreedores, actuando el gobierno griego como simple intermediario. Y este «reciclaje» es de una cantidad superior al total enviado a Grecia por este procedimiento. Así que de rescate de Grecia, nada de nada, llamemos a las cosas por su nombre. A mí, modestamente, se me ocurre lo siguiente.

Supongamos que monto un negocio con un amigo mío banquero, consistente en vender plantas tropicales en el Polo Norte, a los esquimales de Groenlandia. Para ello, mi compatriota banquero le concede un crédito muchimillonario al gobierno esquimal de turno, con cuyo importe podrá sufragar la compra de suficientes semillas, abonos e infraestructuras como para atestar Groenlandia de plantaciones de mango. Un buen día, ya con todo en marcha pero sin un miserable mango que llevarse a la boca, se constata la inviabilidad del proyecto mediante la correspondiente auditoría y se le da carpetazo. Yo ya he ido cobrando los envíos, así que me largo con los mangos a otra parte y aquí paz y allá gloria.

Pero los esquimales se quedan con el pufo cuyo pago el banco de mi amigo les reclama. Y para reforzar su reclamación recurre a su gobierno, que le dice al esquimal que madre sólo hay una y a ti te encontré en la calle. Entonces, el jefe esquimal con el cual se cerró la operación, y que ha trincado con el 5% del monto del crédito en concepto de comisión, mordida, o como se prefiera –depositado a la sazón en una cuenta del banco de mi amigo-, les dice a sus conciudadanos que tienen una deuda contraída y que hay que pagarla, así que a apechugar, que somos gente seria y la credibilidad exterior del pueblo esquimal es lo primero. Y que si no, nos crujen.

Con tales avales, el gobierno amigo de mi amigo banquero, le requiere el pago al gobierno esquimal, y como este no tiene un céntimo, aparece una corporación de tres entidades –una de las cuales es el propio banco de mi amigo- que se ofrece a aportar los fondos que le permitan afrontar los intereses del pufo, pero eso sí, con la condición de controlar el comercio de pieles de foca gracias al cual hasta entonces habían vivido la mayoría de ciudadanos esquimales. No por nada, «sólo» para evitar que se les vuelvan a ocurrir desatinos como plantar mangos en el círculo polar ártico, que no se os puede dejar solos…

Los esquimales, al principio, tragan… pero pronto se dan cuenta de que mientras el cacique se ha enriquecido, ellos se han arruinado con la milonga de las plantaciones de mango, y caen en la cuenta de que se han quedado con el pufo, sin mangos y sin focas. Y empiezan a mosquearse. Y van y eligen a un nuevo jefe cuya propuesta estrella es que el pufo lo pague Rita la cantaora, que bastante les han tomado ya el pelo y que hasta aquí hemos llegado.

Y mientras el escándalo de los esquimales llena la agendas, las bolsas y las tertulias de medio mundo –que si qué se han creído y que de qué van-, mi amigo banquero y yo, emprendemos un nuevo proyecto, innovador y con muchísimos estudios de viabilidad llevados a cabo por prestigiosas agencias privadas independientes propiedad del mismo banco, cuyos informes leerán los futuros demandantes de nuevos créditos que les permitirán llevar a cabo el proyecto y, de paso, enriquecerse con mordidas: granjas de pingüinos australes en las selvas tropicales… Y a volver a empezar, que lo importante es que el dinero circule.

Ahora en serio. Cierto que las culpas, como casi siempre, están compartidas. Si de un préstamo que no necesito y que pagarán los de siempre, me llevo un porcentaje millonario para acometer una obra que no habrá manera de amortizar, y que llevan a cabo empresas del mismo que me ha «prestado» el crédito, parece claro que lo fundamental no es aquí el teórico objeto de dicho préstamo, sino el «práctico»: el enriquecimiento individual a cualquier precio. Y con esto no tiene nada que ver el pueblo griego, sino los gobernantes que se enriquecieron mediante este procedimiento u otros similares.
A esto se le puede llamar, con toda legitimidad, deuda «ilegítima». Y a los que la han pergeñado, simplemente chorizos.

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