dijous, 19 de desembre de 2013

DEL CLIENTELISMO AL MASOVERISMO (El modelo Terricabras) (II de III)



El «masoverismo», «masoverisme» en catalán original, es una genuina institución de contrastado arraigo en la vida rural catalana, hoy prácticamente extinguida, pero que el agrocatalanismo de ERC recupera como órgano de control y cohesión de la sociedad urbana. El «masover» no es exactamente lo que en otras partes sería el capataz. Para que nos entendamos, el «masover» no es el Don Calogero del Gatopardo de Lampedusa, ni el Don Pedro cornudo de Los santos inocentes de Delibes. Pero tampoco el Manelic de la Terra baixa de Guimerà...

No, el «masover» ocupa por delegación la casa del dueño y explota la propiedad. Los acuerdos que pueda tener con un propietario que prácticamente no aparece, pueden variar según el caso. A Don Pedro lo pueden poner de patitas a la calle en cualquier momento; al «masover», no. Cierto que a Don Calogero tampoco a partir de un cierto momento, pero es que es el administrador y no trabaja con sus brazos la tierra; el «masover» . En fín, quizás lo más parecido a la figura del masover que podríamos encontrar literariamente fuera de Cataluña, sea la figura de Venancio, o la de Senén, éste ya en otra fase evolutiva, en el "El abuelo" de Galdós, autor muy a propósito, por cierto, en temas de funcionarios y cesantías.

Pues bien, esta figura atávica, que va mucho más allá del estricto clientelismo propio de CIU o PP en sus «modernizadores» proyectos de decimononización de sus administraciones, es la que pergeñó intelectualmente Terricabras y proyectó como modelo de dirección de los institutos de secundaria en la LEC. Una figura, la del modelo de director masovero, que acabó seduciendo ni más ni menos que a Wert. Un modelo que ya se está pensando en trasplantar a otros sectores, y de tan indudables ventajas para el poder que, auguro, se extenderá como la peste en la Edad Media.

Confieso no haberlo entendido en su momento. Yo soy la persona a la cual se refiere Jorge en su post sobre Terricabras cuando habla de la entrevista que el sindicato tuvo con este infausto personaje. Pero volvamos a mi confesión. Terricabras decía en su preámbulo que el modelo funcionarial que teníamos era decimonónico y que había que superarlo. No supe entenderlo. Es lógico, después de todo, que un catedrático de universidad alargue más que uno de instituto. Aun así, ahora que, unos años después, he acabado por entenderlo, intentaré explicar por qué.

Yo interpreté que Terricabras no sabía historia y que se estaba confundiendo, o mintiendo intencionadamente, cuando decía que eso del funcionariado estable laboralmente era cosa decimonónica. Craso error. Lo que ocurría es que, para mi confusión, creí erróneamente que el modelo que cuestionaba era el del funcionario del modelo propio de la Administración de un estado de derecho tal como cuajó en el siglo XX, con trabajo asegurado para evitar las cesantías y regalías galdosianas y la consiguiente politización y clientelización de la Administración. Un tema en el fondo tan ideológico como de pragmatismo, puesto que una Administración de cesantías y regalías no puede ser nunca efectiva.

Pues bien, no era esta la Administración ni el modelo de funcionario contra el que estaba apuntando Terricabras. Hábil sabueso intelectual, Terricabras olfateaba su presa  y, perfecto conocedor como era, de la profunda aversión que CIU siente genéticamente hacia  la idea de Administración con funcionarios fijos, les puso el dedo en la llaga.  La grandeza de Terricabras estribó en apuntar un estadio más allá, hacia el modelo clientelar del XIX, poniendo en evidencia la benévola transigencia con que CIU, en un pecado de frivolidad, trataba la propia idea del nacional-funcionariado.

Porque el funcionario clientelista decimonónico con el que se relamía CIU pensando en cuántos podría colocar, ya no sería por oposiciones ni con puesto asegurado, cierto, pero seguiría siendo, aunque clientelista y eventual, funcionario en tanto que depositario de unas atribuciones y competencias muy concretas y normativizadas. Que luego, cuando el partido pierde las elecciones se vaya a la calle y a pasear por las Ramblas hasta que las vuelvan a ganar, no soluciona nada, porque es substituido por otro funcionario, también clientelista, pero con idénticas atribuciones a las del funcionario del siglo XX, aunque recortadas en el tiempo. Pero en el tiempo subjetivo del afectado, no en el tiempo objetivo del Volksgeist, donde siempre, sea quien sea, hay un funcionario dándole la vara al político y al camarillero áulico.

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