dilluns, 16 de desembre del 2013

QUO VADIS CATALUNYA? (DE RENUNCIAR AL MARXISMO PARA VOLVER A CREER EN LOS REYES MAGOS) (III)



Exactamente igual que poco después, y ya en plenas guerras carlistas, los catalanes alzados en armas nunca lo fueron por una Cataluña más o menos independiente, sino en defensa de unos derechos dinásticos muy concretos a la corona de España, y de una monarquía  absolutista, teocrática y anti ilustrada, nostálgica de unos valores apegados a lo clerical y a lo rural. A su vez, los partidarios de los liberales  tampoco se distinguían de los el resto de España, salvo en que quizás hablaban catalán y, eso sí, empezaba a surgir una cierta burguesía comercial e industrial cuyos intereses estaban objetivamente con el modelo liberal. Una burguesía que en otras zonas de España, debido a su atraso económico endémico, no acabó de consolidarse hasta mucho, mucho, después.

Tampoco parece demasiado normal que un país invadido aporte al ejército invasor la cantidad de oficiales que Cataluña aportó al ejército español durante el XIX y principios del XX. Y no estoy pensando solamente en Prim, Milans, Cabrera o Baldrich... La presencia catalana entre la oficialidad del ejército español fue numerosa y, diría yo, en proporción a su población o aún más, dado el grado de militarización de la sociedad que las guerras carlistas impusieron en la Cataluña del siglo XIX. Igualmente, la presencia catalana en las guerras decimonónicas exteriores, como la de Marruecos y el cuerpo de voluntarios catalanes, fue en todo momento notoria. Más adelante, ya en la II República, Batet -fusilado luego por Franco- fue jefe del estado mayor del ejército. Tampoco está de más recordar que el mismo Francesc Macià, primer presidente de la Generalitat republicana, era un militar de carrera que alcanzó el grado de coronel antes de ingresar en las filas del catalanismo político nacionalista.

En el terreno político, la participación catalana no fue menor. Tres presidentes del gobierno -Prim, Figueras y Pi i Margall- y varios ministros, como Figuerola, instaurador de la peseta como moneda de curso legal. Y en el campo reaccionario tampoco faltaron, desde Cabrera -jefe de la casa real carlista- hasta el confesor de Isabel II y maestro de ceremonias de su camarilla, el posteriormente canonizado Antoni María Claret. En el terreno intelectual, Balmes, otra vez Pi... Ninguno, ninguno de ellos se caracterizó en ningún momento por nada que pudiera ser considerado como protonacionalismo catalán, incluso en la mayoría de casos, más bien al contrario. O Cambó...

En lo social, el auge económico y el comercio con lo que quedaba del imperio colonial -Cuba y Puerto Rico, fundamentalmente- creó una burguesía y un empresariado influyentes, dando lugar a la incipiente revolución industrial española -ubicada básicamente en Cataluña y en el País Vasco, aunque en este último caso de características más oligárquicas-. Sus alianzas y sus opciones políticas, así como sus filias y sus fobias, en todo momento vinieron marcadas por su propia posición y por los intereses objetivos que de ella se derivaban en cada caso. Los hubo de todos los colores políticos y según sus conveniencias, desde empresarios del algodón, del alcohol, del ferrocarril o harineros, hasta mercaderes de esclavos que con tal negocio hicieron fortunas que aún hoy disfrutan sus descendientes (más de una de las «200 familias» de Barcelona debe su fortuna a un antepasado negrero). Si en algún momento pudo hablarse genéricamente del «empresariado catalán» era, simplemente, porque la condición de empresario estaba mucho más extendida en Cataluña que en el resto de España, más latifundista y agraria, pero no porque constituyeran un cuerpo político o un lobby catalán que tendiera a la independencia. A lo que tendían, en todo caso, era a enriquecerse. A veces, parece que algunos han confundido renunciar al marxismo con volver a creer en los Reyes Magos.

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