dimecres, 18 de desembre de 2013

QUO VADIS CATALUNYA? (ALGUNAS CONCLUSIONES) (IV)



Tampoco en lo político, que ya hemos  abordado en parte, se diferenció Cataluña especialmente. Claro que hubo republicanos, federalistas, cantonalistas... como en el resto de España. Sin pretender acogernos al ejemplo facilón, el cantón más famoso no  fue precisamente catalán, sino el de Cartagena. Con la aparición de un incipiente proletariado y el surgimiento de los conflictos sociales ya en el plano moderno, es cierto que el anarquismo medró más que en otros lugares ¿Pero acaso hay algo más antinacionalista que el anarquismo?

A medida que a lo largo del siglo XIX se iban formando los estados-nación, centrados fundamentalmente en un mercado interno, Cataluña fue constituyéndose como una potencia económica cuyo mercado natural era el español y sus colonias. Algo que, dicho sea de paso, supuso unos niveles de desarrollo que difícilmente hubiera conseguido de mantenerse integrada en el imperio francés al cual la había agregado Napoleón en 1812. Otra cosa es que este estado resultara semifallido. Y quizás cuando se toma consciencia de ello es cuando las soluciones aportadas pasan a convertirse ellas mismas en parte del problema.

En resumen, y a modo de conclusión en lo que respecta a la deconstrucción de un modelo fundamentado en la idea según la cual Cataluña es una nación ocupada y colonizada por un país extranjero que es España, no creo que sea una idea sostenible con un mínimo de rigor. Cierto que, casi con toda seguridad, no habré conseguido convencer al convencido de que así es. Y en cierto modo, también he de reconocer que a veces puede uno pensar que no le falta razón a dicha tesis, pero al precio de partir de una perspectiva que, en mi opinión, sesga todo ulterior análisis. Pero no por ello no es menos cierto que, escuchando a los sicofantes del nacionalismo español, hasta uno mismo puede acabar pensando que, efectivamente, Cataluña sea en cierto modo un país ocupado, como mínimo en la medida que unos y otros, desde posiciones enfrentadas, parecen concebirlo y desearlo así.

A mí, en cualquier caso, y con independencia de la posibilidad lógica de entenderlo así, me parece una tesis insostenible. Otra cosa muy distinta es que haya realmente un problema, que sin duda lo hay, al cual más bien atribuiría otra naturaleza, ciertamente mucho más compleja que el reduccionismo maniqueista que lo explicaría todo a partir de claves «nacionales» identitarias.

Qué duda cabe que se han producido a lo largo de la historia desencuentros y conflictos de intereses territoriales, con sus correspondientes persecuciones políticas y culturales planificadas. Pero esto no es, en todo caso, ninguna singularidad que tenga que explicarse necesariamente a partir de constructos nacionalistas de uno u otro cuño. Puede hacerse, sin duda que sí, pero sigo remitiéndome a la conclusión que cerraba la anterior entrega: si renunciar a Marx ha de suponer que volvamos a creer en los Reyes Magos, estamos apañados.

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