dissabte, 14 de desembre de 2013

QUO VADIS CATALUNYA? (SOBRE "TORPEZAS Y HECHOS HISTÓRICOS") (II)


Y en este juego de simetrías en que uno hace de víctima y otro de verdugo, la ridícula gallardía con que ambos se prestan a sus respectivos roles hasta consigue a veces darle tintes de verosimilirud, que es de lo que se trata. Un ejemplo paradigmático lo tenemos en la réplica-botarate de PP, C's y UPyD al simposio-disparate de CIU i ERC. Muy metidos han de estar en su papel para no darse cuenta de su torpeza. Llevar este ridículo simposio a la fiscalía es, simplemente, legitimarlo.


Porque, volviendo a nuestro tema, hay cosas que están a la vista del que las quiera ver. Pero como aquí sólo se quiere ver lo que interesa y que sea encajable desde la perspectiva que de entrada determina qué es lo que interesará y qué lo que no, inevitablemente quien sale peor parada es la verdad... ello en el supuesto que esta palabra signifique todavía algo hoy en día.

1714 es el año a partir del cual el simposio estudia los agravios españoles hacia Cataluña. Pues bien, aquí también lo haremos, pero más bien a la manera deconstructiva. Empezaremos por la urdimbre nacionalista catalana y luego iremos a por la española, incidiendo en aquellos aspectos que no cuadran en el discurso y que, por lo tanto, se omiten o se tergiversan sin más. Y ahí de nuevo topamos con la simetría especular de ambos discursos. Hay que reconocerlo, se complementan a la perfección.

De entrada hay que empezar dejando de lado fruslerías tales como que todos los catalanes eran austracistas en 1700 -añadamos también, por cierto, a aragoneses, valencianos y baleáricos- o todos los castellanos, borbónicos. El jefe del sector austracista era ni más ni menos que el Gran Almirante de Castilla y en aquella guerra, que fue de dimensión europea, lo que se ventilaba era cuál iba a ser la dinastía que iba a hacerse con los despojos del imperio español, por entonces ya relegado a un papel subalterno en el concierto de las potencias europeas, pero cuyo imperio ultramarino se mantenía prácticamente intacto, pero desaprovechado por falta de estructura naval y comercial en la metrópoli. Una guerra europea que en la península fue civil y durante la cual hubo muchos más cambios de bando de los que se quieren reconocer en un país tan dado al coriolanismo como este. 

En el capítulo de las anécdotas, no está de más recordar que, por ejemplo, el actual cuerpo de policía catalana, auténtica joya de la corona y motivo de orgullo nacional patrio para la Generalitat, los Mossos d'Esquadra, fue fundado ni más ni menos que por Felipe V. Y otro dato nada baladí: lo primero que hizo Prim después de "La Gloriosa", fue suprimir el cuerpo de los Mossos d'Esquadra. Para los catalanes liberales, federalistas y republicanos de 1868, los Mossos de Esquadra no se intepretaban como una policía propia, sino como un cuerpo tradicionalista, reaccionario y represor, ligado al absolutismo y al servicio de las oligarquías catalanas. Y en cuanto pudieron, de motu propio, lo suprimieron. Fue restablecido con la Restauración. Incluso hay un coronel que luego se pasó a la Guardia Civil y al cual algunos autores vinculan con los círculos de Serrano y conspirando en el atentado que le costó la vida a Prim. Así que mucho ojo con las instituciones identitarias. No siempre son lo que parecen.

Más datos. La última expedición colonial española, la conquista de California, fue llevada a cabo por una expedición catalana encabezada por Gaspar de Portolà, quien era a la sazón, hijo de un miembro de la pequeña nobleza rural catalana que había sido austracista durante la Guerra de Sucesión. Por aquellos tiempos, segunda mitad del siglo XVIII, Cataluña era ya una potencia económica dentro España -como observa, por ejemplo, Cadalso-, también en cuanto a dinamismo, mientras que sólo medio siglo antes era de las más depauperadas y plagada de bandolerismo. No es ajeno al «milagro económico» catalán que los Borbones abrieran las puertas al comercio con las colonias americanas a todos los puertos españoles, incluidos los catalanes, que siempre lo habían tenido vetado y que suprimieran aduanas interiores -en parte-; ni que, además de prohibir la lengua catalana -sin duda su gran error-, derogara también de paso toda una serie de leyes feudales que esclerotizaban la economía catalana con usos y prácticas anacrónicas. 

A veces, como comenta Gabriel Tortella, también hay que perder guerras. Aunque desde la perspectiva ideológica, igualmente legítima -siempre que no se imponga como verdad absoluta- no tenga porqué verse así , como sería igualmente el caso de Joan B. Culla. Para Cataluña como territorio con una población, no como nación, perder aquella guerra supuso una modernización que de otro modo tal vez no se hubiera llevado a cabo. El catastro, por ejemplo, se pudo llevar a cabo en Cataluña porque había perdido la guerra. En Castilla, al contrario, las presiones de los nobles vencedores consiguieron paralizarlo, condenádonla a un atraso endémico del que sólo en parte se ha recuperado. El problema, al final, siempre es si miramos a un territorio y a sus gentes o, en su lugar, al momento de despliegue en la historia del espíritu de la nación de la cual supuestamente emanan esas gentes, al cual se deben y que sólo usufructúan, pero que no les pertenece, en la línea del Volksgeist herderiano.

Tampoco acaba de cuadrar que durante la invasión napoleónica, apenas un siglo después de la Guerra de Sucesión, Cataluña se alzara contra los franceses -por cierto, contra todo sentido común- igual que el resto de España. ¿Qué mejor oportunidad para deshacerse del invasor que aliarse con su enemigo? Hemos de tener también en cuenta que, cuando en 1812 Napoleón segrega Cataluña de España y la integra en el Imperio Francés, declarando de paso el catalán lengua oficial, nadie pareció darse por aludido en Cataluña. No dispongo de datos, pero dudo mucho que el porcentaje de afrancesados en Cataluña durante la invasión napoleónica difiriera en mucho del resto de España. Más bien incluso tendería a pensar que era menor. 

Claro que, bien mirado, menos cuadra aún que unos años antes de la invasión napoleónica, cuando España se decide a participar en las coaliciones contra la Francia revolucionaria, la conocida como guerra del Rosellón -la guerra gran, por aquí- fuera recibida en Cataluña como una auténtica cruzada que iba a permitir recuperar los territorios perdidos en la Paz de los Pirineos, ciento cincuenta años antes, y participara activa y entusiásticamente en ella, tanto económica como militarmente. Lamentablemente, pese a tanto empeño y a la extraordinaria pericia militar del general Ricardos -que llegó a ocupar Perpiñán y Arles,  casi recuperando por entero la antigua Septimania-, la proverbial displicicencia administrativa de Godoy y la muerte de Ricardos convirtieron los éxitos iniciales en una estrepitosa derrota.
Pero es que poco después, hacia finales del reinado del felón de Fernando VII, la primera asonada precarlista de toda España se produce en Cataluña -algo de lo que, por cierto, no es como para estar orgulloso-, la guerra dels malcontents, la guerra de los agraviados, auspiciada, como no, por el clero y los sectores más reaccionarios, en defensa del absolutismo clerical y monárquico, y ante la sospecha de que  el felón estaba perdiendo poder frente a los ilustrados y liberales. Huelga decir que tamaña fidelidad no fue óbice como para que Fernando VII los pasara a todos por las armas. Cosas vederes...
(Continuará)

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