dijous, 26 de desembre de 2013

QUO VADIS ESPAÑA? (A MODO DE CONCLUSIONES) (III)


Pues bien, lo más paradójico de todo esto es que en la segunda fase del nacionalismo español, que acabará eclosionando en la guerra civil 1936-39, los que se envolverán en la idea de nación -debidamente secuestrada y transmutada- serán precisamente los herederos históricos de todos estos sectores: espadones absolutistas como Franco, Mola o Carrero, clérigos integristas como el cardenal Segura o Guerra Campos, carlistas reciclados en nacionalistas como los requetés, y los falangistas. Estos últimos, de inspiración fascista italiana, pero con unos componentes "genéticos" de base tradicionalista y agraria fuertemente arraigados.


Y en el medio y origen de este secuestro y metamorfosis, la Restauración. Un apaño para adaptar el particularismo preilustrado a las inapelables exigencias de los tiempos que estaban corriendo, asentando un sistema que garantizara un dominio de clase atávico, pero con apariencias de modernidad que, en la mayoría de casos, eran puramente decorativos. Unos particularismos que, pese a envolverse en la bandera nacionalista, lo siguen siendo y cuya naturaleza excluyente parte desde su mismos orígenes, y en clave de enemigo interno, de la negación de la diferencia y, a la vez, de la necesidad objetiva de su existencia como categoría fundacional de su discurso. Una diferencia negada encarnada en los nacionalistas catalanes y vascos -en buena medida surgidos también del carlismo reciclado e igualmente particularistas- cuya singladura correrá paralela a la necesidad que de ellos tenía el particularismo reinventado como nacionalismo español, así como de los restos del nacionalismo español originario, situado ahora junto a separatistas o simplemente catalanistas o vasquistas moderados, en el saco común de la anti España.


Desde un planteamiento nacionalista. Alguien podría objetar, no sin buena parte de razón, que  el nacionalismo ilustrado español también negaba la diferencia, por ejemplo, a catalanes o vascos, desde un plano político o cultural. Y sin duda es cierto en la medida que no la contemplaba, al menos como hecho significativo. Pero con una diferencia fundamental. Esta no contemplación, o incluso negación, partía de un proyecto incluyente, universalizador y modernizador, frente al cual lo anterior era visto como obscurantismo, ignorancia y resabios feudales. Se trataba de crear un sujeto político. De ahí el concepto universal de ciudadano frente al de súbdito. Muy al contrario, en cambio, el modelo nacional pre ilustrado que le sucederá, parte del dominio de un particularismo frente a los otros. Una cosa es la superación de la diferencia, otra muy distinta su negación. 

No en vano, y desde la estricta perspectiva de los hechos, los particularismos nacionalistas identitarios periféricos sólo empiezan a cuajar cuando se instala como hegemónico el nacionalismo excluyente, igualmente particularista e identitario, de aquellos que, en su momento y por su propia naturaleza, eran los más ferozmente antinacionalistas.


Por lo demás, que esto haya sido una consecuencia del proyecto semifallido de estado moderno español, parece evidente. Los identitarismos de unos y otros, enfatizados ad nauseam por los cortos y mezquinos intereses de las clases dominantes, ya sea en los nacionalismos periféricos o en el central, no hay en mi opinión la menor diferencia, parecen habernos llevado a una situación sin solución de continuidad. Pero pudo no haber sido así, al menos como posibilidad. Hoy, con el camino recorrido, se antoja ciertamente más difícil, si no imposible. A lo peor, el problema es que este país no da más de sí.

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