divendres, 20 de desembre de 2013

QUO VADIS ESPAÑA? (UN POCO DE PSICONACIONÁLISIS) (I)





Fue el simposio Espanya contra Catalunya el culpable de las últimas entregas de la serie Quo vadis Catalunya? y en cierto modo lo es también de la que ahora se inaugura, Quo vadis España? de la que es una secuela. En una serie anterior, los Phantasmata Hispaniarum, ya abordé los que a mí entender eran los tópicos fundacionales del nacionalismo español. Aquí voy a intentar hacerlo de otra manera, situándolo, o tratando de situarlo, en el contexto de la confrontación que sostiene con el nacionalismo catalán. Y sobre todo, en relación a esta perfecta simetría que mantiene con respecto a su antagonista, en la cual radica la incompletud conceptual de ambos. Hoy, el nacionalismo español no se reafirma frente al francés o al inglés, sino frente a sus epifenómenos periféricos catalán y vasco. Su función no consiste en reforzar la cohesión identitaria frente a la externalidad, sino frente a la internalidad que su propia rigidez le impide abarcar. Visto así, el nacionalismo español contemporáneo no se puede entender si no es en relación al catalán y al vasco, sus enemigos interiores. Esta es la perspectiva desde la cual aquí lo abordaré.

Contra lo que a primera vista pudiera parecer, el discurso nacionalista español es bastante más frágil, al menos formalmente, que el catalán o el vasco. Y ello pienso que es así por dos razones que definiría como inherentes a su propio recorrido histórico. La primera sería el secuestro de que fue objeto, con transmutación incorporada, en un momento histórico determinado, que situaríamos en algún punto de la segunda mitad del siglo XIX. En esta transmutación distinguiríamos claramente a las famosas dos Españas. La segunda, derivada de la primera, consistiría en un despliegue caracterizado más como reacción que como acción, como negación que como afirmación, es decir, el tema del enemigo interior. En realidad, este segundo momento del nacionalismo español surge y se despliega casi simultáneamente a los nacionalismos que pretenderá eliminar, pero precisando de ellos para retroalimentar su propio discurso.

Debido a estas singularidades, el nacionalismo español adolece de una inseguridad constitutiva que necesita reafirmarse constantemente en la negación de la diferencia y en un monolitismo auto inducido, inaplicable a una realidad que tuvo que reinventar fundamentando dogmáticamente mitos tan ficticios como los de sus antagonistas catalanes o vascos. La sublimación de esta inseguridad se resuelve en una necesidad de permanente reafirmación que, en sus manifestaciones más extremas, acaba siendo sectario y excluyente.

Por estas razones, y porque desde su transmutación tuvo que lidiar con los nacionalismos periféricos cuyo desarrollo estaba propiciando, y también como resultado de un proceso de consolidación como nación política semifallido, resulta, paradójicamente, más fácil de contrarrestar que el catalán o el vasco. Porque estos últimos evocan una arcadia originaria a modo de mito fundacional que el nacionalismo español habría truncado en su momento, mientras que el español, en su propio despliegue, precisa contrarrestarlos por negación, lo cual le lleva a una ficción fundacional unitaria,  anti histórica en la medida que pretende incorporar, por negación, a sus propios antagonistas. Una cosa es que todo mito falsifique la historia, otra es que la traicione tanto que no se le parezca en nada, y una tercera que la ignore. Este creo que es el caso del nacionalismo español. Al menos si es de España de lo que estamos hablando.

Estas son, a mi parecer, las debilidades constitutivas del nacionalismo español. Unas debilidades que se traducen en inseguridades chulescas cuando no manifiestamente violentas. No siempre fue así, pero de la misma forma que los mitos nacionalistas catalanes y vascos se justifican a partir de la supuesta anomalía de un proceso truncado por España, el nacionalismo español secuestrado vio su propio surgimiento y desarrollo condicionado por la aparición de sus epifenómenos periféricos. Tan frágil es, que piensa que al más mínimo movimiento se quiebra.

Si el nacionalismo catalán carece de sentido del humor, el español carece de ironía; no sabe establecer respecto a sí mismo la necesaria distancia como para caer en la cuenta de que quizás no deba tomarse tan en serio, requisito necesario para realimentarse en su identidad. Y por ello es siempre una reafirmación frente al antagonista, en un sistema cerrado que sólo, en todo caso, este propio antagonista retroalimenta. La autoestima del nacionalismo catalán se resuelve en auto compasión, de ahí su victimismo constitutivo; la del español en auto odio, de ahí su arrogancia, también constitutiva.

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