dissabte, 17 d’agost de 2013

SNOWDEN O EL IMPERATIVO CATEGÓRICO (III de VI)




Fuera de la ficción literaria, quizás el caso de los Rosemberg podría guardar ciertas analogías con el de Snowden, en cuanto a las motivaciones. Aunque parece ser cierto que Julius y Ethel Rosemberg estuvieron en algún momento adscritos a la izquierda comunista americana, y que eran plenamente conscientes –al menos Julius- de que estaban colaborando con los servicios de espionaje soviéticos, a los cuales se supone que facilitaron información vital para la elaboración de su propia bomba atómica. Pero también lo es que no parece que obraran por lucro, ni tampoco convicción ideológica de trinchera, menos aún por despecho, sino más bien por imperativo moral ante la convicción íntima de que de que no era bueno que un solo país estuviera en posesión de un arma tan formidable como la bomba atómica.

 

Más allá del papel real que jugaron los Rosemberg en todo este proceso, y del hecho de que los secretos que les pasaron a los soviéticos no parece actualmente que fueran de tan vital importancia como en su momento se dijo, lo cierto es que sus motivaciones parecen saber sido más bien de conciencia: estaban convencidos de que con su acción le estaban haciendo un bien a la humanidad. Para lo que aquí nos interesa, dejémoslo así y vayamos ahora a por Snowden.

 

Las tres motivaciones que hemos considerado hasta ahora remiten, en definitiva, al egoísmo. Está claro en el caso de la codicia. En el de la ideología de trinchera podríamos argüir altruismo, cierto. Pero si consideramos el altruismo como una sublimación del egoísmo a partir de una estratificación superpuesta de valores -Nietzsche dixit-, al final vamos a parar también a una variante del egoísmo, al menos en lo que aquí nos concierne. Finalmente, en el caso del despecho, toparíamos con la variante narcisista del egoísmo, el egotismo. Y ninguno de los tres casos que hemos considerado -Castle, los Rosemberg y Snowden-, uno de ficción y dos reales, parece que se deje reducir al egoísmo, sino un imperativo moral que “obliga” a actuar libremente en conciencia frente a un determinado estado de cosas que se valora como injusto o repugnante. En Graham Greene es «el factor humano»; en Kant, la exigencia de concordancia con la forma lógica universal que es el imperativo categórico y su concreción en máxima. Acaso en un caso muy particular, aquél en que entran en conflicto el uso público y el uso privado de la razón.

 
En cualquier caso, parece que el caso Snowden guarda más semblanzas con el ficticio Castle de Graham Green que con los Rosemberg. Tanto Castle como Snowden eran, en cierto modo, espías profesionales, en el sentido que estaban en nómina de un servicio de inteligencia, mientras que los Rosemberg, no. Julius era ingeniero eléctrico, Ethel bailarina y cantante. Acotaremos las semblanzas, pues, entre Castle y Snowden.

(Continuará)

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