dijous, 15 d’agost de 2013

SNOWDEN O EL IMPERATIVO CATEGÓRICO (II de VI)



El móvil más frecuente que induce a la traición habrá sido sin duda el dinero, sin más, pero también ha habido casos de ideología de trinchera o de venganza por el amor propio herido ante el ninguneo o al ver frustradas ciertas expectativas. Para muchos espías del bloque del Este durante la guerra fría, la deserción les abría las puertas a un mundo occidental en el cual, con un poco de suerte, iban a poder disfrutar del pago recibido por su «traición». Para otros, como Ramón Mercader –el asesino de Trosky- acaso fuera la ciega obediencia que, por ideología, había renunciado a la propia conciencia; o la aristocrática adscripción a la ideología de trinchera, que podría ser el caso de Kim Philby y sus espías de Cambridge. En el caso de Coriolano, sería el despecho, como tal vez también en el Deep Throat. Hasta en España hemos tenido casos relativamente recientes, siempre, eso sí, con el inevitable marchamo carpetovetónico por medio ¿Alguien se acuerda de aquel trincón compulsivo que fue el coronel Perote? ¿O un tal Paesa?...

 

Con independencia de sus motivaciones, el calificativo adjudicado al transgresor siempre ha sido el de “traidor” o “renegado”. Desde Judas hasta el propio Snowden, todos han sido “renegados” que traicionaron la confianza que supuestamente se había depositado en ellos. Y si se trata de espías, el que consuma la traición que se le suponía; el traidor en potencia que pasa a serlo en acto, haciendo buena la desconfianza que se había depositado en él. Pero siempre, con el trasfondo de alguna de las tres motivaciones últimas que hemos citado, la codicia, la ideología de trinchera o el despecho. Y el problema es cómo encaja Snowden en este esquema. Porque, al menos hasta donde se sabe, no parece que obedezca a ninguna de estas tres. Snowden había de saber que lo pillarían y que la vida se la iba a complicar muy seriamente. ¿Por qué, entonces?

 

Lo curioso del caso Snowden es, al menos hasta donde sabemos, que no parece adscribible a ninguno de estos supuestos anteriores. Sólo en la ficción literaria encontramos algún caso similar. Como el de Maurice Castle en «El Factor Humano» de Graham Greene. Lo suyo no es adscripción ideológica, aunque trabaje para los soviéticos como obscuro agente doble cuya función no es otra que la de mero señuelo. Lo de Castle es más bien una apuesta moral por lo que había visto durante su estancia en la Sudáfrica del apartheid. Ni es comunista ni su forzada huida hacia Moscú es el viaje a la soñada patria socialista. Muy al contrario, él hubiera deseado seguir toda su vida en la rutina británica de su casa inglesa, con su esposa negra y el hijo de ésta con un líder antiapartheid asesinado por la policía sudafricana, a los que había conseguido traer consigo hasta su adorada Inglaterra. En Castle no hay recompensa alguna, sino huida solitaria hacia un lugar no deseado. Su única recompensa, en todo caso, hubiera sido que nunca se descubriera su doble juego, ninguna otra.

(Continuará)

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