dimarts, 13 d’agost de 2013

SNOWDEN O EL IMPERATIVO CATEGÓRICO (I de VI)



Hay algo que llama poderosamente la atención en el caso Snowden, su singularidad. Cierto que desde Efialtes, los asesinos de Viriato -Audax, Ditalcos y Minuros, recompensados con el impagable «Roma no paga a traidores»- o el propio Judas Iscariote, sabemos que la felonía viene inapelablemente incorporada al ADN humano. Y si hablamos de los servicios de espionaje, su propia lógica, puesta en relación con la condición humana, parece servir un cocktail irresistible de forma muy particular. Una particularidad nada baladí, ya que si por regla general, la felonía consistiría en traicionar la confianza depositada, en el caso del espionaje más bien parece que consista en burlar la desconfianza a que, por definición, uno es acreedor por naturaleza.

 Una distinción, ésta, que me parece muy interesante de cara a abordar el caso de Edward Joseph Snowden en su singularidad, dentro del caso particular del mundo del espionaje y servicios de inteligencia e información, en general. Veamos, en la mayoría de ámbitos, cualquier discurso parte de la exigencia a priori de un marco de «verdad» o de «confianza».  Entendámonos, no se trata de ningún presupuesto ingenuo o timorato, sino, como ya he dicho, de la propia condición de la posibilidad de discurso, teórico o práctico. Así, el propio concepto de adulterio, por ejemplo, implica haber transgredido un marco previo, bajo la base de un compromiso de «verdad» basado en una exigencia a priori de tradición de confianza sin la cual dicho concepto, y lo que implica, carecería de sentido. Un sentido que sólo adquiere con la vulneración de este marco previo.

 En esta misma línea, el ejemplo de la moneda falsa es igualmente ilustrativo: sólo puede haberla desde la asunción previa del concepto de «moneda de curso legal»; de otra forma carecería de sentido alguno. De forma igual a que, como nos recordaba Kant, la «mentira» sólo puede darse desde el contexto de presuposición de un discurso de verdad. Luego habrá adulterios, monedas falsas y más mentiras que verdades, pero siempre con un discurso de verdad subyacente, sin el cual no sería mentira, falsedad o transgresión. Pues bien, parece que el mundo del espionaje no funciona de acuerdo con esta lógica, sino que el marco previo es la asunción de un discurso de «tradición de desconfianza», en el cual uno es culpable de antemano y sólo queda que se le pille. Pues bien, partiendo de esta particular anomalía de la lógica del mundo del espionaje, es donde el caso Snowden adquiere una singularidad que le viene conferida dada su excepcionalidad.

El caso Snowden plantea toda una serie de dilemas a diferentes niveles que dan mucho que pensar. Pero hay algo en él, al menos hasta donde sabemos, que induce a considerarlo inédito en el panorama del espionaje, el contraespionaje y los cambios de bando a que este mundillo nos tiene acostumbrados desde la misma noche de los tiempos.
Por regla general, las deserciones en el mundo del espionaje han ido siempre acompañadas de un componente interesado que, a la postre, resultaba decisivo a la hora de tomar la decisión y asumir los riesgos que conllevaba. Un componente interesado, decíamos, que siempre y con independencia de las «razones» aducidas por el «felón», nos remiten a la codicia, a la ideología de trinchera o al despecho. Tres pulsiones humanas... Acaso demasiado humanas, diríamos parafraseando a Nietzsche. Ejemplos históricos de lo que digo los hay de toda laya en el pasado, como los hay en la presente y como, sin duda, seguirá habiéndolos en el futuro.

Unos se vendían por dinero, sin más; otros, sin excluir necesariamente el aspecto crematístico, por ideología de trinchera; tampoco podemos excluir, finalmente, el despecho de aquél que vio definitivamente cercenadas sus expectativas. De todo habrá habido, desde luego que sí.
 
(Continuará)

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada