dilluns, 5 d’agost de 2013

HANNAH ARENDT POR MARGARETHE VON TROTTA



Recuerdo “Las hermanas alemanas”, a principios de los ochenta, y “Rosa Luxemburg”, ya en el segundo lustro de la misma década, que fue, creo, la última película suya que había visto… hasta ahora, con “Hannah Arendt”.

La verdad es que contra lo que había leído hasta ahora de dicha película, he de decir que me gustó, más aún, me sedujo, tanto por su planteamiento como por su ejecución. Otra cosa es que pretendamos que la película sea un debate filosófico imposible, entre otras cosas porque es precisamente la dimensión filosófica lo que se les pasa por alto a todos los corifeos con los que trata de dialogar Arendt sobre su recepción de los escritos relativos a Eichmann y a la utilización de este siniestro personaje como ejemplo de la banalización del mal. Y que dicha dimensión filosófica se soslaye de forma tan explícita no es precisamente casual, sino sin duda alguna uno de los mensajes de la película.

A Arendt se le reprocha que, esperándose de ella la descripción del juicio a Eichmann propio de una intelectual antinazi comprometida, con todos los tópicos ad usum del momento, se descuelgue con un ensayo sobre la ontología del mal a partir de su banalidad expresada en un individuo trivial como Eichmann, y que además, cuando se permite bajar a la arena intelectual americana, denuncie el error que supone reificar este “mal” en un individuo, como si el nazismo hubiera sido cosa de algunos seres perversos que lo corrompieron. Arendt les recuerda que Eichmann era sólo una pieza, bastante insignificante, por cierto, de un engranaje monstruoso, y sin disculpar en absoluto sus responsabilidades personales, y precisamente por eso, nos recuerda que se estaba juzgando a un criminal, pero no al sistema que hizo posible que este individuo ocupara el puesto de criminal que de no haber ocupado él, hubiera ocupado cualquier otro.  

Y este era su gran problema, cuando para obedecer se ha de haber renunciado previamente a pensar, a juzgar de acuerdo con los propios valores y, con ello, a ser incapaces de la menor crítica, ya sea por comodidad, por supervivencia o, algo si cabe mucho peor, por simple inercia. Y cuando esto se produce de forma generalizada, cuando la disidencia es la excepción... Que no hubo un Eichmann, sino miles, y puede que los vuelva a haber; basta con que se den las circunstancias como para ello.

Y en lo de la supervivencia no sólo nos encontramos, concluyó Hannah Arendt, con los abyectos casos del lado nazi. También algo parecido, formalmente y con los debidos matices, ocurrió del lado judío. Desde esta perspectiva, la resignación del judío y, sobre todo, de muchos de sus dirigentes que, acaso intentando evitar males mayores -¿podía haber un mal mayor?- entablaron una cierta complicidad con los nazis, con la debida asimetría que la posición de cada bando imponía, es el correlato del Eichmann frío e impasible que envía trenes cargados de humanos a las cámaras de gas con la satisfacción del deber cumplido.

Y es en eso último, en lo de la complicidad, asimétrica ciertamente, pero complicidad al fin y al cabo, donde se creyó ver, por más que ella misma se esforzara en explicarlo, una frivolización del holocausto que impelió a arrojarla a los leones y declararla apestada. La última escena de su conferencia final en la universidad es especialmente significativa en este sentido, cuando un antiguo compañero le espeta : ”ya no eres amiga mía, desde ahora mismo no quiero saber nada de la favorita de Martin Heidegger”. Todo un golpe bajo.
En aquellos mismos momentos, año 1960, centenares de antiguos nazis, tan criminales como lo podía haber sido Eichmann, estaban medrando en la nueva Alemania, en Sudamérica y en los propios Estados Unidos. En cierto modo, Arendt estaba diciendo que Eichmann no tenía para nadie la utilidad que sí tenía Werner von Braun. Y esto apuntaba mucho más allá que al sistema nazi y a su maldad intrínseca. Tal vez por esto nadie entendió, o no quiso entender, que apuntar directamente hacia el sistema no era de ninguna manera exculpar al individuo, sino, muy al contrario, subir el envite.

Pero eso es precisamente lo que no le interesaba a nadie, ni al Estado de Israel. Mejor dejar las cosas como estaban y el que se mueva no sale en la foto. Como siempre.

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