dilluns, 26 de setembre del 2016

Elecciones para la constatación



Los resultados de las elecciones de hoy en Galicia y Euskadi no dan, en realidad, para nada más que constataciones. Quizás por esto los tertulianos habituales de las tertulias estaban tan despreocupados y hasta desinhibidos: hoy no hacía falta pensar, y como se trata de una actividad para la cual no son especialmente idóneos, pues eso. Ahora bien ¿Qué constataciones?

Porque las constataciones no deberían ser sobre los resultados –están ahí y punto-, sino sobre las consecuencias que se desprenden de ellos. En principio, podría parecer que unos resultados «normales», es decir, que coincidan con las encuestas, no darían para grandes análisis. Pero puede que no.

Porque la primera constatación sería que la inmarcesible florecilla de Ciudadanos está empezando a marchitarse. Es verdad que las previsiones coincidieron con los resultados, tanto en Galicia como en Euskadi, y que para esta formación la convocatoria era de lo más inoportuna; precisamente en sus dos puntos más débiles. Pero también los es que tal inoportunidad puede marcar tendencia en sus resultados. Y sorprende que el omnipresente ciudadano mayor haya desaparecido esta noche del escenario. La pregunta es obvia: ¿Hubiera eludido igualmente las cámaras de haberse producido unos resultados más favorables? La cara nunca se da ante el éxito, sino ante la adversidad. Esto también puede marcar tendencia.

Lo del PSOE ya va para la UCI, con los barones y baronesas meridionales afilando las navajas en la luna llena de García Lorca, con un bandolero cabalgando muerto que se apellida Sánchez, en una noche con perfume de flor de cuchillo. O más prosaicamente, pisándole los tubos de oxígeno. Sólo que en la fosa caerá todo el partido, y algunos de ellos/as incluidos/das. Dejemos al PSOE, en el pecado está la penitencia.

Podemos y sus mareos, pues esto. Mucho Gramsci y tal y tal, pero la hegemonía es la que es, y de quien es, y esto vale para Galicia y para Euskadi… Y para el resto de España. Estaba por escribir el manual sobre cómo malograr una oportunidad histórica irrepetible para la izquierda. Ya falta menos; como mínimo ya tenemos el relato. Alguno de los doctorandos de Monedero podría planteárselo como tema de tesis, si es que siguen existiendo las tesis doctorales.

Lo del PNV –su éxito- demuestra que todo nacionalismo, centrípeto o centrífugo, ha de saber mantenerse emboscado a la espera de su oportunidad; y mientras tanto, a recoger. Hasta el ínclito Ansar afirmó que hablaba catalán en la intimidad. En el caso del PNV debe ser la tradición jesuítica. Lo he de decir, lo siento: sería recomendable que el PNV aportara algunos de sus cuadros para impartir un cursillo de formación política a sus homólogos catalanes de la antigua CDC, hoy de ignota denominación, empezando la primera lección explicándoles que en un partido hay «familias», pero que un partido no es de una familia, sino de la parentela.
Y acabo con Mariano. Hay que reconocer que este hombre tiene un aguante que al final empieza a resultarme entrañable. En un país de crispados, él ni se inmuta. Y también tiene suerte. A ver si no. Imaginemos que, en lugar de haber elecciones en Galicia, las hubiera habido en Madrid, y saca Esperanza Aguirre los mismos resultados que hoy son los de Galicia ¿Estaría igual de contento? Mucho me temo que no. En cambio, ahora tiene en cartera  para diciembre 10 o 15 escaños más, y Ciudadanos 10 o 15 menos. Y quizás al PNV, lo quiera o no Ribera; ya apenas contará. Solamente para decir «sí».

dilluns, 19 de setembre del 2016

¿Cómo son posibles los gurús educativos a priori? (I)





El rotativo «El País», muy en su línea, publica hoy la impagable entrevista con un gurú educativo de moda, uno más, que parece obedecer al nombre de Sugata Mitra, y cuyo centro de atención educativo preferente es acabar con los exámenes porque, dicé él, es una cosa de los tiempos de los imperios, de hace 300 años, y como hoy en día no hay trincheras, no hay ninguna razón como para tener que controlar los nerivos y los exámenes son innecesarios. Una entrevista que da mucho que pensar, ciertamente que no por lo que dice -una sarta de majaderías aliñadas por un picaruelo para consumo de infelices-, sino por lo que concierne a la propia condición de «gurú educativo», un sociotipo poco estudiado estudiado hasta ahora y que prolifera por doquier.

La entrevista es particularmente interesante y significativa por todo lo que tiene de tópica. Un déjà vu insidiosamente recurrente en todo este tipo de glosas: complicidad fingidamente aséptica que se traduce en acríticidad absoluta hacia el entrevistado, con preguntas que parecen más bien escritas por el propio gurú para su mayor redondeamiento retórico para que se las pongan como a Fernando VII, y unos entrevistadores que, a la vez que refutan en sí mismos la viabilidad del método socrático de la mayéutica, se manifiestan también indefectiblemente incapacitados para ejercer la no menos socrática eironeia -la ironía-, que tanto juego daría en las entrevistas a estos tipos.  

También, más allá de la receta milagrera particular de cada gurú, parecen surgir algunas características comunes a todos ellos, configurándose un borroso perfil de gurú que, ya sin más dilaciones, hay que esclarecer y establecer nítida y definitivamente. 

No nos estamos preguntando por las causas que han facilitado la proliferación de la figura del «gurú educativo» -lo dejaremos para sociólogos y psicólogos-, ni tampoco por ninguna variedad del sociotipo que se constituyera en «gurú educativo a priori» -ímproba tarea, que correspondería a fichteanos irredentos-, sino, en el sentido más genuinamente kantiano, por la possibilitas del gurú educativo. 

Aclaramos. Si un concepto es la obtención del universal a partir de la supresión de la diferencia, o sea, el conjunto de notas  o predicados que constituyen su possibilitas -aquello que ha de haber para que se dé tal concepto-, nuestra pregunta es ¿cómo son a priori posibles los gurús educativos? ¿Qué ha de haber en un «gurú educativo» para que sea efectivamente un «gurú educativo? ¿Cuáles son las condiciones de la posibilidad del «gurú educativo» o, si lo prefieren en más trendy: ¿Cuál es el «perfil del gurú educativo»?

A este propósito dedicaremos algunas de las próximas entregas: a un conocimiento trascendental del «gurú educativo», entendiendo, con Kant, por «trascendental», aquel conocimiento que se ocupa, no tanto de objetos, sino de nuestro modo de conocerlos en la medida que ello sea posible a priori.

Ya les iremos contando.

Sobre la tardomedievalidad catalana (Siguiendo con Vicens i Vives)



En la entrega anterior concluía afirmando que Cataluña entró en la Edad Moderna casi dos siglos después que Castilla, y que durante los siglos XVI y XVII vivió en una especie de prórroga tardomedieval. Y ello tanto en lo económico como en lo político. Políticamente, siguió en una concepción basada en el contractualismo con el monarca, en unos tiempos en que asomaban la monarquía absoluta y los primeros gérmenes de la razón de estado, frente a la razón dinástica propia de la Edad Media. Cierto es también que en Castilla este proceso se quedó a medias y abortó, lo cual a su vez explicaría el despegue económico catalán respecto al resto de España a partir del siglo XVIII… Pero volvamos a nuestro tema.

Para lo que aquí nos interesa, lo remarcable es la ausencia de razón y sentido de estado en las instituciones catalanas durante los Austrias, en una suerte de onfalocracia debida a una concepción medieval del poder, de la monarquía. Veamos cómo nos describe Vicens i Vives los diferentes procesos por los que transcurrieron, desde esta perspectiva, Castilla y Cataluña. Substitúyase «Minotauro» por «Leviatán», o por monarquía moderna. Se nos está hablando del resultado de la revolución y guerras civiles del siglo XV, y de la solución contractual a que se llegó con Fernando el católico. Una solución que, en palabras de Elliot, restableció el modelo bajo el cual se había engrandecido Cataluña en los siglos XIII y XIV, pero en unos tiempos y con unos retos muy diferentes, que hubieran requerido de respuestas muy distintas. Pero volvamos con Vicens i Vives:

“La solució del 1472 –capitulació de Pedralbes- fou la de declarar intocables la monarquia i el pactisme.

L’encarcarament polític del país començà en aquest bell punt. Els historiadors romàntics, que eren partidaris dels retrucs misteriosos i de les confabulacions secretes, acusaren Ferran II d’haver aclaparat Catalunya amb la introducció de l’absolutisme i la liquidació de les llibertats del General[1] i del municipi barceloní. Pobre Ferran II! La seva gran responsabilitat histórica és la d’haver lligat per sempre més la salvaguarda del pactisme a la seva política. Catalunya volia aquella forma de govern; donem-la-hi doncs (,,,) A més, el rei catòlic creà definitivament els dos organismes administratius cabdals del pactisme: el virrei i el Consell d’Aragó. Els catalans l’en regraciaren. Estaven segurs que viurien en el millor dels mons.

Acostumats a l’absentisme dels monarques des d’Alfons el Magnànim, els catalans no se sorprengueren que els nous reis de la casa d’Àustria establissin la cort a Castella (…) Ells tenien també la seva petita cort a Barcelona, amb el virrei capità general, els lletrats de la Reial Audiència i els notables (…) No s’adonaren, fins més tard, que el virrei i el Consell d’Aragó no eren òrgans comunicants del país amb el Minotaure, sinó pantalles que n’interceptaven l’accés.

Per tant, mentre els castellans es familiaritzaven amb el Minotaure a força de rebre’n les banyades –derrota de “las Comunidades”, espoliació dels tresors de les viles, arraconament total de les Corts de la vida política-, els catalans es gronxaven en la més absoluta ignorància de l’Estat i dels resorts del poder. Llavors fou quan Castella assolí la veu de «mando» i es féu la simbiosi entre la monarquia hispánica i l’Estat castellà (…)
En fin. Ya dijo Marx que si la historia se repite, lo hace en forma de parodia.



[1] La Generalitat. La nota es mía.

dissabte, 17 de setembre del 2016

Este país da para mucho

 




No se lo pierdan. Festival de cine de San Sebastián. Toda una superposición de siluetas. El anciano del fondo es Bertrand Tavernier. El que chupa cámara en calzoncillos tratando de ondear una pancarta, un espontáneo que surgió al grito de egh, egh, egh! Y entre los dos, apenas se le ve un brazo, el segurata que se lo está llevando.  Sobran los comentarios. Impagable.

 
 
 
 
 
 

divendres, 16 de setembre del 2016

Cataluña y América, según J. Vicens i Vives



Es moneda común de pago atribuir buena parte de la decadencia catalana en los siglos XVI y XVII a la prohibición de comerciar con las colonias americanas, cuyo monopolio ejercía Castilla a través de la Casa de Contratación de Sevilla. Como tantos otros mitos, está construido sobre unas partes de verdad y otras de mentira. Veamos que dice al respecto Jaume Vicens i Vives (1910-1960):

“Perquè s’ha de dir, d’una vegada per sempre, que és absurd el plany que prengué tanta volada a les darreries del segle XIX respecte a l’exclusió deliberada dels catalans del comerç amb Amèrica. Avui sabem que no hi hagué eliminació de tipus jurídic, sinó establiment d’un monopoli de tràfec entre Espanya y les colònies americanes a profit dels burgesos de Sevilla. Però els menys coneixedors d’història económica saben que primer els genovesos, després els alemanys i portuguesos, incloent entre aquests els "marranos" conversos, i més tard els holandesos, francesos i anglesos, saberen aprofitar-se d’aquell monopoli per a fer pasar l’or americà a llurs terres sense que el govern de la monarquia española pogués fer res per a privar-los-ho.

Si els catalans dels segles XVI i XVII haguessin tingut capitals, indústries i esperit d’empresa, bé s’haurien enginyat per assolir el mateix profitós objectiu que els altres estrangers a la Corona castellana. Si no ho poguérem fer, no és que no en sabessin; simplement, no teníem capitals per a ensibornar els factors de la Casa de Indias, enllaminir els marxants sevillans o «convèncer» la monarquia. Què més haurien volgut els reis d’Espanya i llurs ministres, fins i tot el mateix comte d’Olivares, que transigir amb unes demandes catalanes d’obertura del comerç americà, si és que se’ls haguessin presentat, davant la perspectiva d’unes bones curulles d’argent, ells que estaven dia sí i dia també abocats a la fallida del crèdit financer de la reialesa?

Però precisament en aquell temps, els comerciants de Catalunya tallaven el cuponet del tràfec amb Sicília i vivien d’allò més satisfets amb aquella rifeta. Pensar d’anar a Amèrica? I ca! Cap mariner no s’hauria atrevit a capejar la punta extrema de Portugal. Fins aquest punt davallàrem en el segle XVII”. (Jaume Vicens i Vives, Notícia de Catalunya (1954).

Se trata probablemente del historiador más notorio que ha producido Cataluña, y respetado prácticamente por todas las corrientes historiográficas, nacionales y extranjeras.

Es curioso que quienes sostienen todavía que hubo tal prohibición expresa al comercio catalán con las Américas, acostumbran a pasar por alto, o como reseña meramente anecdótica, que la liberalización del comercio con las colonias se produjo en el siglo XVIII con los Borbones, precisamente las épocas más duras de ocupación política y militar castellana, según estas mismas fuentes.

En todo caso, dicha supuesta prohibición suscita, cuando menos, una paradoja de difícil resolución para quienes la sostienen. Por un lado, si catalanes, aragoneses y valencianos eran considerados extranjeros en Castilla, y el único vínculo entre la Corona de Aragón y la de Castilla era que compartían monarca, pero cada cual seguía con sus instituciones, fueros y cortes respectivas, la verdad es que tal prohibición no debería parecer ni tan extraña ni tan abusiva. Ello no obstante, no deja de ser sorprendente que haya sido duramente criticada, por estos mismos sectores, a la vez que aducida como prueba de que no hubo una verdadera unión política durante los Austrias.

Sólo una nota más en lo referente a la noción de «extranjero» en la Corona de las Españas por aquellos tiempos. Es verdad que Isabel la católica, en su testamento, legó las colonias de ultramar como posesión única y exclusivamente castellana. Pero también lo es que Carlos V se pasó dicho testamento por el arco de triunfo. Poco después, Felipe II decretaba quiénes debían ser considerados «extranjeros» en las colonias de ultramar: todos aquellos que no fueran castellanos, leoneses, catalanes, aragoneses, valencianos, navarros, gallegos o murcianos (Portugal no se había incorporado todavía por entonces a la Corona). Tal cual.

El gran problema es no querer reconocer algo evidente: para bien y/o para mal, y con todos sus achaques, Castilla entró en la Edad Moderna en el siglo XVI, mientras que Cataluña, con los suyos, no lo hizo hasta el XVIII. Así lo sostienen no sólo Vicens i Vives, sino también tantos otros, nada sospechosos de españolismo, como,por ejemplo, John H. Elliot.
En la próxima entrega, algo más sobre esta polémica y tardía entrada de Cataluña en la Edad Moderna.

dimecres, 14 de setembre del 2016

¿Para qué la escuela?



Como cada año cuando empieza el curso escolar, proliferan las noticias y declaraciones sobre educación. Ahora bien ¿se habla realmente de educación o solamente de aspectos externos a ella que, aunque sin duda importantes, no dejarían de ser cortinas de humo que eluden los problemas y retos que tiene realmente planteados nuestro sistema educativo?

En cierta ocasión, inicié una conferencia afirmando que la transmisión de aquellos conocimientos –añado: teóricos y prácticos; aptitudes y destrezas- que la sociedad considera necesario preservar y que un individuo no puede adquirir en su entorno social más inmediato, se estructuró en torno a la institución escolar bajo el modelo de la Academia. Un modelo basado en el binomio docente-discente incardinado en una institución cuya función primordial era la transmisión de dichos conocimientos; fueran cuales fueran, según la época, la sociedad, etc.

Tres afirmaciones que a día de hoy habrían quedado obsoletas a juzgar por las tendencias educativas hoy hegemónicas, que no parecen ir en esta dirección, sino más bien en la opuesta. Veamos.

Que hay cosas que «la sociedad considera necesario preservar» me pareció, en su momento, evidente en sí mismo, pero acaso no lo sea tanto. Y ello en el sobrentendido que la sociedad, entendida como abstracción, quiera preservar algo. Porque entendía que, de una forma u otra, siempre habría un substrato sobre el cual se construiría un cierto consenso. Y a lo mejor resulta que no a todo el mundo le interesa preservar lo mismo. Sin ir más lejos, del mismo modo que algunos sectores de la sociedad suprimirían las academias militares, otros sectores, afines a determinadas prácticas curativas alternativas, suprimirían sin duda las facultades de medicina. De modo que la proposición sobre lo que «la sociedad considera necesario preservar» es, como mínimo hoy en día, más bien problemática.
El Artículo completo, aquí

dijous, 18 d’agost del 2016

¡Hasta siempre, Capitán!

 
 


Murió ayer. Se llamaba Víctor Mora y fue el creador del Capitán Trueno. Durante muchos años firmó como Víctor Alcázar, que más que un nombre artístico fue «contranombre de guerra» para poner sordina a su militancia clandestina y a su condición de expreso político en una lista negra de la que se aprovecharon los de siempre. No fue el único en sufrirlo, Marcial Lafuente Estefanía, por ejemplo, había sido general del ejército republicano durante la guerra civil y también lo padeció.

Dicen algunos que todo gran lector ha padecido en su infancia de algún forzado período de reposo que inicia en la lectura para combatir el aburrimiento, y que el vicio se queda pegado al alma. Una perversión, vamos, al menos en el sentido originario del término: desviación de los fines naturales. Ellos sabrán, los rousseaunianos…

Por mi parte, obviando por supuesto lo de «grande» y quedándome en mero «lector», puede que algo haya de esto. Me aficioné al Capitán Trueno con motivo de un forzado período de reposo que tuve que guardar durante tres o cuatro meses debido a una fea fractura de fémur que sufrí a los ocho años. Alguien me trajo un ejemplar una revista juvenil con distintas historietas de cómic de aventuras, humor y reportajes; un magazine, que diríamos hoy. Se trataba de «El Capitán Tueno (EXTRA)». Y así me enganché. Lo demás vino solo.
El Artículo completo, aquí.

 

dimarts, 2 d’agost del 2016

Lecturas estivales: Elliot, la rebelión de los catalanes y las galeras de Barcelona



A veces se pregunta uno si la semblanza entre los franceses radica en que todos hacen queso, o si la diferencia se encuentra en el «abismo» que separa un camembert de un rochefort; y acaba uno sucumbiendo a la sensación de que el énfasis en lo uno o en lo otro tiene, por lo general, poco de objetivo. Y depende de estados de intersubjetividad inducida mucho más aleatorios, a la vez que dirigidos, de lo que la mayoría de adeptos estaría dispuesto a admitir.

Viene esto a propósito de las lecturas y relecturas estivales a las que está uno dedicando este verano: bibliografía sobre esto que se le llama «el problema español», y más concretamente el «problema catalán», a cargo de hispanistas británicos. Uno de los mejores, el mejor sin duda alguna, es John H. Elliot, con su impagable «La rebelión de los catalanes: historia de la decadencia de España (1598-1640)» (2013, 2ª ed.). Una obra maestra cuya lectura sume inevitablemente en una tediosa y fatalista sensación, no sé si de «déjà vu» o de eterno retorno de lo mismo, con pandereta incorporada, pero tediosa en cualquier caso, no por la obra, todolo contrario, sino por su lucidez y por lo incontrovertible de los datos que maneja. Datos de historiador, no de mitógrafo. La obra trata de los hechos que llevaron a la revuelta conocida como «La Guerra dels Segadors» (1640-1652); unos episodios tan glorificados por la mitografía nacionalista catalana, como denostados por el nacionalismo españolista.

Pero no dramaticemos, que estamos en verano y de vacaciones, así que me referiré simplemente a una grotesca anécdota que acaso ayude a entender la simpatía de ciertos políticos actuales por los dirigentes de entonces: el de las galeras de Barcelona.

Felipe III había concedido a la ciudad de Barcelona el privilegio de fletar cuatro galeras de guerra con la finalidad de defender las costas catalanas de la incursiones de los piratas berberiscos –una auténtica plaga por entonces-. La concesión fue acogida con gran entusiasmo porque permitía disponer de una fuerza naval propia. Dicho sea de paso, estas galeras aparecen en la segunda parte del Quijote.

La realidad fue algo más prosaica, y la verdad es que suena a rabiosamente actual. Aunque se dotó la correspondiente asignación presupuestaria para construirlas, armarlas y tripularlas, de las cuatro galeras sólo llegaron a construirse dos, que jamás fueron ni armadas, ni tripuladas, sino que permanecieron ancladas y enmoheciendo. Poco después, algunos espabilados sugirieron que se utilizaran para fines comerciales, a lo cual el virrey de entonces, Alcalá, se negó, arguyendo que eran naves militares, no comerciales. Esto desagradó a los que ya se deleitaban con los pingües beneficios que obtendrían comerciando con naves públicas utilizádolas para sus privados y lucrativos fines. Vamos, dicho en términos actuales, fue una imposición de «Madrid» y, como tal, un atentado a los fueros y libertades bla bla bla. No me resisto a citar textualmente los pasajes de Elliot que describen el «glorioso» final del par de galeras. Nos está hablando de la situación a la llegada de un nuevo virrey a Barcelona, en 1623.

“Fontanet se encontró con una provincia descontenta (…) Además, el orgullo nacional había sido seriamente dañado por la pérdida de dos galeras catalanas a manos de los moros de Argel en julio de 1623. La pérdida había tenido lugar en las circunstancias más escandalosas, y confirmaba de lleno el buen sentido de la negativa de Alcalá, durante la época de su virreinato, a dejarlas zarpar sin su permiso.
En vez de hacer el trabajo que tenían encomendado de defender la costa catalana contra los piratas, habían sido utilizadas como barcos mercantes y cargadas con mercancías pertenecientes a la compañía privada de Canoves y Morgades, para su venta en Sicilia. Al estar no solo cargadas, sino sobre-cargadas, habían sido incapaces de escapar cuando los veleros moros aparecieron en el horizonte, y habían caído intactas en manos de los musulmanes.(…)
«Déu ho ha permès, puix allí tots hi són lladres…» señaló el Doctor Pujades (…)”

Por lo visto, el empeño por las empresas patrióticas no es nuevo y hay ilustres antecedentes a Banca Catalana, Hispanair, PetroCat, Andorra y tantas otras. Lo dicho: ¿Eterno retorno o déjà vu?
Una realidad, la de Cataluña en el XVII que describe Elliot, muy distinta al idílico paisaje con fuente que nos narran desde hoy en día los amanuenses del nacionalismo.


divendres, 22 de juliol del 2016

Puyol español



No recuerdo en qué película, o novela, una compañía de actores de teatro ha de representar una obra teatral ante un público de garrulos anarquistas. Se trata de una obra de alto contenido social y con un personaje pérfido donde los haya: el despiadado empresario que maltrata a los obreros y abusa sexualmente de las obreras. En un momento de la representación, un grupo de espectadores indignados ante tanta maldad, la emprende con el actor que está representando al empresario, se levantan de sus asientos y se dirigen hacia él con la intención de lincharlo allí mismo.

Al percatarse del peligro real que le amenazaba, el acojonado actor interrumpe su interpretación y prorrumpe en toda una declaración de principios izquierdistas, manifestando su repugnancia por el papel que le adjudicaron para interpretar, que él no quería, pero que eran cosas del guion y todo esto. Con ello consigue calmar al personal y salvar el pellejo.

Viene esto a cuento del reciente spot futbolero protagonizado por Carles Puyol, ex jugador del Barça y de la Selección. Se trataba, al parecer, de publicitar la liga de fútbol española en China, o algo así, y se le eligió a él por ser, también según parece, el futbolista vivo más laureado. Empezaba presentándose: “Soy excapitán del Fútbol Club Barcelona. He ganado seis ligas. He ganado tres Copas de Europa, un Mundial y una Eurocopa. Soy Carles Puyol, soy español. Soy español, soy Carles Puyol”.

Todo un anatema en los ambientes del nacional-futbolismo rampante que campea por los pagos catalanes, porque resulta que Puyol es catalán, y esto se supone que un buen catalán no debe decirlo, ni siquiera en broma; ni siquiera en un anuncio. Y claro, los amigos de rasgarse las vestiduras y los celosos inquisidores especializados en la localización de traidores y renegados a la causa, no han tardado en ponerlo a caer de un burro y montarle una campaña de linchamiento mediático en toda regla a través de las redes, señalándolo como traidor y renegado, de botifler, por decirlo en términos suaves.

Como en la obra de marras que citaba al principio, en la cual un público cenutrio confundió al actor con el personaje al que interpretaba, la fanatizada  parroquia indepe ha cargado contra el pobre Puyol por haber interpretado un guion en el que tocaba proclamar su condición de español. Con una diferencia decisiva: aquí no se trata de un recurso para denunciar la estupidez en una obra de ficción, sino de manifestarla pura y simplemente en toda su cruda realidad.

De momento, Puyol no ha hecho como el pobre actor de teatro y no se ha disculpado, sino que se ha limitado a decir que imaginaba que el vídeo sólo se vería en China. ¡Pero es que vamos a ver! ¿quién cojones es nadie para decidir lo que uno se siente o, peor aún, para recriminarle lo que diga de acuerdo con el guion de un spot publicitario cuya finalidad era, además, promover la Liga española en China? ¿Y cuál es el problema si se siente español?

La verdad es que me la suda que Puyol se sienta español, catalán o ciudadano de Pernambuco. Igualmente, mi interés por el fútbol es más bien tenue. Pero el nazional-futbolismo es distinto, y una cosa está clara, ciertos fanatismos son un auténtico peligro social porque viven del enfrentamiento y sólo en la radicalización encuentran su sustento. Y si la sociedad no reacciona contra ellos, es que está enferma.

Lo gracioso del caso, si es que una tal manifestación de fanatismo e intolerancia puede considerarse graciosa, es que esos mismos garrulos que ahora se meten con Puyol, estarían ciscándose en la pérfida España si el anuncio lo  hubiera realizado, por ejemplo, Iker Casillas. Y ahora mismo estarían sentenciando concluyentemente «¿Lo veis? Han elegido a uno del Madrid porque para los españoles los catalanes no cuentan… porque, a ver, si el que tiene más títulos es Puyol, ¿por qué no lo eligieron para el anuncio? ¿No lo sabéis? ¿No se os ocurre? ¡Pues claro, hombre! porque es catalán y fue jugador del Barça…»
Es decir, lo mismo, pero al revés, que el inefable Torrente, en aquella impagable escena cuando, ante la tumba del Fary poniéndole al corriente de lo sucedido desde su muerte, concluye: «Y prácticamente nada más, Fary… Bueno, sí, ganamos el Mundial, pero eran casi todos del Barça, así que no cuenta». Sólo que, una vez más, Torrente es ficción, aunque tanta gente pugne por parecérsele, mientras que la ira de los beocios independentistas no lo es, aunque vivan en ella. ¡Vaya tropa!

divendres, 15 de juliol del 2016

Una princesa en Niza



En Niza nació Garibaldi, cuando era italiana. Luego los ingleses, con su invención del turismo de masas, dieron nombre a su principal paseo, “la Promenade des anglais”. La Côte d’Azur, ya se sabe… Allí mismo, y aun más al lado, en Montecarlo, están los ubérrimos jeques árabes.

En «Una princesa en Berlín» (Arthur R.G. Solmssen, 1980), hay una escena que tal vez sea repetitivamente premonitoria; y lo de repetitivamente es porque ya lo fue una vez. Berlín, año 1922; inflación desbordante hasta un dólar por mil millones de marcos; la gente va a comprar con el carrito repleto de billetes que no valen nada porque hay tantos, o porque hay tantos no valen nada. Eso a la gente no le importa, simplemente saben que no valen nada y que no pueden comprar casi nada. Miseria, malestar y crisis posbélica, y posrevolucionaria. En un cabaret, un grupo de turistas norteamericanos, apostados en la barra, se dedican a tirar monedas de centavo de dólar para que las bailarinas, y las que no lo son, alemanas, se agachen para recogerlas y así mofarse –y regodearse- cuando les asoman las bragas al inclinar los cuartos traseros. Al fondo, un grupo de alemanes, con su consumición agotada y sin dineros para otra, se lo miran de refilón circunspectamente y con semblante humillado. El narrador dice a propósito de la escena: “Entonces comprendí que alguien iba a pagar por esto”…

La princesa sobrevivió a Berlín, quizás para ser luego atropellada ayer en Niza por un fanático psicópata nada aislado. No sé si alguien pagará por esto, pero de momento todo suena a mensajes de dolor, condolencia, recitado de mantras manidos y pusilanimidad de políticos mediocres y prisioneros de sus intereses y limitaciones tan evidentes. De momento pagó la princesa. Pero el petróleo del EI, o como se le llame, sigue consumiéndose por acá.

Hasta que no enteremos de que nos han declarado la guerra y sigamos sin atrevernos siquiera a mirarle a la cara al enemigo, envolviéndonos en flatus vocis tan vacuos como manidos, estaremos perdiendo esta guerra y seguiremos sin haber entendido nada. Y claro, en Francia, votos para Le Pen, cómo no. Y en otras partes.

Esta mañana, debido a las horas que me he tenido que tirar en carretera, he estado escuchando prácticamente todas las declaraciones que nuestros preclaros líderes, políticos y mediáticos, han tenido a bien evacuar, a cuál más pusilánime y estulta. No eran tan poco animosos cuando los atentados eran de ETA… Y me pregunto por qué.
¡Pobre princesa!