divendres, 6 de novembre de 2015

EL PROFESOR MARINA O LOS ATRIBUTOS DEL PRETEXTO



En cierta ocasión, durante un debate en Segovia –eran los tiempos de la non nata LOCE-, uno de los contertulios entró a sacco proclamando que la cultura del esfuerzo era un concepto de derechas. Le repliqué inquiriéndole si su idea de «derechas» incluía a Karl Marx, un autor en cuya obra la cultura del esfuerzo está presente en todo momento, no sólo implícita, sino también explícitamente. Se quedó algo sorprendido y me respondió que no, que estaba pensando en el profesor Marina. El tal contertulio era por entonces secretario general de un importante sindicato, prosiguió con su carrera política y desempeñó posteriormente varios cargos educativos, entre ellos el de director general con el innombrable Tete Maragall como consejero. Actualmente le he perdido la pista; creo que es concejal de algún ayuntamiento del cinturón barcelonés, o algo así.

En fin, viene esta anécdota a cuento por las recientes y mediáticas declaraciones del señor Marina, a quien, por cierto, le da hoy un repaso en toda regla nuestro compañero y amigo Alberto Royo. Dichas declaraciones versaban sobre la necesidad de que sea el director del centro el que contrate a los profesores, los evalúe y determine su sueldo en función de su competencia profesional. Vaya también por delante mi enhorabuena a Alberto por su contundente réplica.

Personalmente, Marina es un tipo que nunca me ha interesado. Filosóficamente me parece muy flojo, y pedagógicamente un mercenario. Más allá de esto, diría que su único atributo es carecer por completo de ellos. Y muy probablemente, no es a pesar de, sino gracias a esto, que se desenvuelve tan bien en el circo mediático organizado en torno a la educación. Porque el eco de sus declaraciones se debe a que ha dicho lo que se quería que dijese. Lo que tocaba. Así pues, vayamos tomando nota.

Para empezar, deberíamos dejar bien claro que la tenacidad humana para la incompetencia es de una universalidad que trasciende en mucho al gremio docente. Incompetentes los hay bien repartidos en todas partes y en todos los sectores sujetos a la servidumbre del factor humano. Dicho esto, una cosa es que se adopten medidas para intentar corregir tal propensión hasta donde sea humanamente posible, y otra muy distinta la intencionalidad que dichas medidas incorporen. Y este segundo aspecto es el verdaderamente preocupante, porque el concepto que se tenga de «incompetencia», ni siquiera éste, nunca es neutro. Y si en lugar de evitar la incompetencia, la estoy auspiciando ¿qué cabe pensar entonces?

No creo que haga falta entrar en teorías conspirativas para sospechar que hay organizada, desde hace años, una vasta operación destinada a provocar que alguien como el señor Marina, pueda ahora sugerir la solución que propone a un problema, real o imaginado, pero creado ex profeso para que se le pueda aplicar precisamente una «solución» muy concreta. Y ello es especialmente grave porque, de ser así, el «problema» es el pretexto para que un determinado proyecto pueda venderse como solución, cuando en realidad era el objetivo perseguido. Será muy conspiranoico, pero a ver… Ya que de la calidad del profesorado hablamos, pues hablemos.

El sistema de acceso a la función pública docente viene tradicionalmente marcado por lo que se conoce como «oposiciones». Un procedimiento selectivo sin duda imperfecto, pero que, a la vez que ajusta la oferta de trabajo a la demanda bajo ciertas condiciones de objetividad, que no se dan en otro tipo de procedimientos, permite, como mínimo asegurar, si no que los que las superen sean siempre los mejores –hay factores de aleatoriedad irreductibles-, sí, como mínimo, que no serán los más incompetentes. Y esto ya es algo. Pero es que eso es precisamente lo que Marina se propone eliminar.

Los contrarios a las oposiciones, que acostumbran ser con frecuencia los que no las superaron, suelen argumentar que se trata de un método selectivo intrínsecamente injusto porque son una lotería. Bien, pero se trata de una metáfora que «olvida» un pequeño detalle, y es que si no adquieres el boleto, no te puede tocar el premio. Y si en la lotería esto lo entiende todo el mundo, en oposiciones, en cambio, no siempre se entiende así. 

En cualquier caso, éste era el sistema cuando la enseñanza pública gozaba de buena salud y todo el mundo quería ir a la pública. Los profesores, porque estaban mejor pagados y con mejores condiciones laborales y profesionales que, por ejemplo, en la privada. Los alumnos y sus familias, porque se sabía que en la pública había mejores profesores y se impartía una enseñanza de mejor calidad. La privada lo estaba pasando verdaderamente mal. Hasta que vino la LOGSE en su ayuda. ¿Qué pasó desde entones?

A lo largo de los últimos treinta años, el proceso de oposiciones se ha ido desvirtuando a la vez que administrando cada vez más con cuentagotas. Los criterios de selección académicos se han ido sustituyendo por clientelismos ideológicos en forma de doctrinarismos pedagógicos que han degradado el sistema educativo público hasta dejarlo como está en la actualidad. Y ahora, el señor Marina, que se queja de que hay profesores incompetentes, no propone como solución reforzar un sistema de acceso selectivo en condiciones de publicidad, mérito y capacidad, sino todo lo contrario, un procedimiento idéntico al de la privada. ¡Qué curioso! ¿Es realmente la competencia profesional docente lo que le preocupa al señor Marina? Para mí la respuesta es muy clara: NO.

En este sentido, la propuesta del señor Marina no es sino la operación final de acoso y derribo contra el sistema público de enseñanza, cuya desarticulación se proyectó con la LOGSE, y al cual se han atenido fielmente todas sus secuelas. El problema de fondo es la mercantilización de la educación, que no puede coexistir con una enseñanza pública de calidad, gratuita y a la cual accedan los mejores profesionales a través de un mecanismo de selección objetivo basado en los principios de publicidad, mérito y capacidad. Lo demás, pretextos con finalidades inconfesables.

Hay además algo en lo que el señor Marina quizás no haya reparado. La lógica de la empresa privada no es, por definición, la misma que la de la pública. Lo que en una funciona, puede que no sirva para la otra; y viceversa. Esto, que es una verdad de Perogrullo, parece que lo ignoran también nuestros políticos y gestores educativos, por boca de los cuales sospecho que habla el señor Marina. Y si no les presumimos ignorancia, entonces no queda más remedio que atribuirles perversidad.

Si soy el director de un centro privado y me dedico a contratar amiguetes o pobres diablos que sé que me serán sumisos porque de mí depende su sustento, lo más probable es que el centro decaiga, me quede sin matrícula y el consejo de administración, con cuyos dineros estoy jugando, me eche a la calle. En un centro público, en cambio, eso no funciona así, sino que se le llama clientelismo, porque estoy jugando con el dinero público para montarme mi chiringuito sin otras medidas de control que la fidelidad ideológica al político de turno. Sí, cierto, de haber exámenes externos y otros mecanismos de control, ambos chiringuitos pueden irse al garete, pero eso ya se ha cuidado el sistema de enmendarlo proscribiendo tales prácticas.

Y es que, como decía Alberto en su pregunta inicial  ¿Cómo tasamos la calidad de los profesores? Pues muy fácil, como la de un arquitecto, un médico o un carpintero: por la calidad del producto resultante. Pero para eso, lo primero es que te dejen hacer tu trabajo, que es precisamente lo que la urdimbre de intereses constituidos alrededor del sistema se empeña en impedir. Luego, claro, resulta que somos unos incompetentes.
Lo dicho, si no es ignorancia, entonces es perversidad.

5 comentaris:

  1. Impecablemente explicado, Xavier. Me gustaría añadir algo: a mí no me parecería mal que se nos evaluara cada cierto tiempo, aunque ya hayamos pasado una oposición. De veras que no. Hombre, no cada año, si es posible, pero tras un período razonable después de haber superado la oposición, lo admitiría. Entiendo que un docente debe estar al día, actualizado (¿en otras profesiones, no? Debe ser que no). En fin, admitámoslo por la “especial relevancia social” de la educación pública (la teórica relevancia, al menos, que escucho las risas desde aquí). No me importa si somos los únicos pringados a los que se nos evalúa. Ahora bien, si se ha de hacer, exijo que me examine gente preparada y que se pida dominio de los contenidos que debo enseñar. Que se conforme un tribunal de expertos (sin comillas) en la materia, personas de prestigio de mi especialidad con una trayectoria profesional que garantice su capacidad para juzgarme. Ahora bien, el peligro que nos acecha, como muy bien sabes, es que, si se nos examina, si Marina, supongamos, termina de ministro, no va a ser en función de lo que sepamos de nuestra especialidad sino de nuestra empatía, nuestra vestimenta, lo modernas que sean nuestras gafas o del nivel de ridículo que podamos soportar delante de nuestros alumnos, qué sé yo. Un abrazo y sujetémonos, que viene curvas.

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    1. Completamente de acuerdo, Alberto. A mí no me preocupa que me evalúen, pero sí quién me evaluará y sobre qué. A la vista está. Y desde luego que vienen curvas. Un abrazo.

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  2. Y le faltó añadir: "Y si soy director de un centro concertado elegiré a quien me dé la gana que, total, el sueldo no se lo pago yo, el dinero no lo pongo yo, y yo no me juego nada que por muy malo que sea alumnos no me van a faltar, que también a ellos los elijo yo"

    Un saludo y mi admiración.

    Óscar G.

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    1. Sí, sin duda, y considerando el contexto actual, faltaría añadir esto. Saludos.

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    2. Y si soy el director de un concertado y ordeno que aprueben a todos los que paguen ( y si nadie los inspecciona o controla), puedo contratar a sumisos ignorantes,

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