dijous, 7 de maig de 2015

YO CONFIESO



Ayer vio uno la luz, finalmente, durante el transcurso del debate sobre educación y mundo laboral al que había sido invitado como tertuliano. Y la iluminación vino, como no podía ser de otra manera, de la mano de un eminente pedagogo y catedrático universitario que participaba también en dicho acto. He de decir que la conversión no fue instantánea. Años y años perseverando contumazmente no se borran de un plumazo en mentes que, como la mía, no han sido especialmente favorecidas para tan arduas disciplinas teosóficas como la Pedagogía. Aun así, la fuerza de la verdad alumbró una apostasía que, con la fuerza y el entusiasmo del recién convertido, necesito narrar.

Ayer uno descubrió de la mano de un sabio que el conocimiento no se trasmite, sino que se construye interiormente; que lo único que podemos transmitir verbalmente es información, pero el conocimiento lo construye uno, o mejor sus neuronas. ¿Para qué entonces transmitir verbalmente una información que en la sociedad conectada está al alcance de cualquiera para enriquecer con ella a las ansiosas neuronas que construirán el edificio de su conocimiento? ¿Para qué unas clases magistrales cargadas de arrogancia y falsa erudición, sesgadas con las propias «construcciones», cuando tenemos a mano toda la información objetiva que podamos necesitar para llevar a cabo nuestro propio constructo sin intoxicaciones tendenciosas?

Y además, entendí también, no sé si inducido por la verdad contenida en la información, o construido a partir de la información que se me brindó, eso sí, verbalmente, que no sólo estamos ante una verdad de orden axiomático/teosófico, sino también científica, ya que está avalada por los estudios neurológicos más recientes y avanzados. En síntesis, el que piense que el conocimiento se transmite, no se ha enterado, no está à la pàge…

Valga decir que no es que uno hubiera nunca rechazado de plano el constructivismo, ni mucho menos los estudios e investigaciones llevados a cabo por la llamada biología constructivista, disciplina científica de aparición posterior y en la cual, pensaba uno en su ignorancia, creían torpemente encontrar los defensores de la pedagogía constructivista el amparo científico cuya ausencia se les echaba en cara desde el lado de los réprobos.

Cierto. No piensen pues que uno desdeñaba el constructivismo, sino que más bien lo veía como una teoría más, que no la única, que podía ser un interesantísimo objeto de estudio en los departamentos universitarios de psicología del conocimiento. No, uno lo que pensaba es que una cosa es la psicología del conocimiento, otra la biología constructivista, y una tercera muy distinta la consideración del constructivismo como paradigma pedagógico que dogmatiza un sistema educativo en el que se imparten saberes tematizados y sistematizados. Porque, pensaba uno en su error, una cosa es aprender y entender lo que otros ya saben y te transmiten, y otra muy distinta los procesos neuronales que me permiten conocer y cómo.

Y tratando como trata este post de una confesión, se siente uno en la obligación de insistir en los falsos fundamentos que le hacían incurrir en tamañas aberraciones. Uno pensaba, por ejemplo, que en la transmisión verbal de un saber tematizado había conocimiento. Vayamos primero a lo de tematizado y sistematizado, y luego a lo del conocimiento, en la convicción que la confesión pública de mis errores disuadirá a muchos de perseverar en ellos como yo lo hice.

En su soberbia, uno estaba convencido de que existía una jerarquización de los saberes, y así se lo ha explicado a sus alumnos. Y hasta llegó a poner el siguiente ejemplo, del que hoy me arrepiento y hasta me entran escalofríos de pensar en la confusión que llegaría a sembrar. Un campesino, decía quien suscribe, sabe por lo general el tiempo que hará nada más ver el cielo cuando amanece, y lo acierta con una precisión demoledora. Pero si a este campesino lo sacas de su terruño y lo trasladas a un entorno que no conozca, se acabó su capacidad de predicción del tiempo. Lo mismo un pescador… En cambio, un meteorólogo, quizás no acierte con tanta precisión como el campesino en su valle o el pescador en sus caladeros, pero dispone de un saber universal que le permite la predicción del tiempo que hará en los más diversos entornos con unos márgenes de error más que razonables; márgenes de error a su vez decrecientes a medida que la ciencia avanza. Porque una cosa es una ciencia, proclamaba orgullosamente, mientras que lo del campesino o el pescador, no.

Y en lo del conocimiento, pues uno creía que estaba incluido en la transmisión verbal junto a los contenidos o información, no siempre, todo hay que decirlo, que le eran subyacentes porque estaban determinados por él. Y por eso pensaba, creyendo reafirmarse en tan tremebundo error, que una explicación de matemáticas, por ejemplo, la podías entender si estaba bien expuesta, mientras que no entendías una mala explicación, y sin que se construyera nada en tal caso. Y hasta pensaba que si, a veces, no lo entendía o le costaba entenderlo, era porque no tenía las luces necesarias para ello.

También pensaba uno, en su petulante holgazanería, que podía ahorrarse tener que descubrir por su propia cuenta el teorema de Pitágoras o el principio de Arquímedes, dado que Pitágoras o Arquímedes lo habían hecho unos milenios antes, y que la transmisión de estos conocimientos a las siguientes generaciones, y su progresiva acumulación había permitido llegar a un estado de cosas que, ahora caigo en la cuenta, hacían pensar que el conocimiento era transmisible ¡qué error! ¡Qué gran error!

Y hasta estaba convencido de que, por más que uno construya su propia realidad, el elemento que sigue a una serie como 1, 2, 3, 4, 5… lógicamente hablando y en términos de didáctica y transmisión de saber, es el 6; por más que sepamos que puede ser cualquiera y que si un individuo responde 218, el interés por cómo «construyó» tal respuesta quedaba fuera del ámbito pedagógico o docente… Porque para llegar a entender que puede ser cualquiera había que acceder a unos niveles de conocimiento jerárquicamente superiores que suponían el de saber contar.

En fin. Ahí tienen ustedes, mis queridos lectores, esta confesión, que a modo de penitencia por mis pasados errores, me siento impelido a publicar en estas páginas; las mismas páginas desde las cuales a saber cuántos de ustedes, en su buena fe, habrán caído también en el mismo error por mi culpa. En resumen, convertido a la fe, se me han acabado las dudas.

Siguen apareciendo, eso sí, ciertos resabios residuales de viejos pecados académicos como resultado de la frivolidad que les era implícita. Como aquel chiste en que uno le decía al otro “los sabios siempre están dudando, en cambio, los tontos siempre están seguros” “¿Estás seguro?” le pregunta el contertulio, “Sí, completamente”, concluye.  Y una última duda que les confieso. Ante el aplomo y seguridad que el catedrático en pedagogía exhibió al afirmar que el conocimiento no se transmite, no puedo dejar de preguntarme si dicho conocimiento estaba implícito en la información que se me transmitió, o si yo mismo llegué a él con mis propias luces. ¿Será la mayéutica socrática?


9 comentaris:

  1. Mi más sincera enhorabuena por su conversión a la verdad. Ello nos hace albergar la esperanza de que también a nosotros nos llegue el momento de la luz constructivista, más todos los gozos y fruiciones posteriores que advinieren. Alabado sea el constructo epistemológico personal. Seguro que usted ahora se siente más feliz, mientras los demás le envidiamos su camino de perfección. Ore pro nobis.

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  2. Xavier, estaba esperando como agua de mayo tu relato. Y no me ha defraudado: fantástico. Si además soy testigo virtual de tan extraordinaria conversión, ¿qué más puedo pedir? Supongo que eres consciente de que, como converso, eres ahora mucho más peligroso... (si cabe). Un abrazo

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    1. La palabra pedagógica es La Verdad. Esto es lo único que hay que saber... Perdón, lo único que hay que creer.

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  3. Vaya, Xavier, te echaremos de menos los rezagados que quedamos en la caverna. Yo, por si acaso, seguiré pasando por tu blog, a ver si tú también nos echas de menos y regresas a la oscuridad de la caverna. No es fácil vivir entre "iluminados", te lo digo yo.

    Saludos. Pilar.

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    1. Sí es fácil, sí, vivir entre iluminados... si estás cerca de la luz. Además, es mucho más cómodo. No te haces preguntas, luego no hay respuestas. Para ser exactos, en otros tiempos hubiera dicho que no hay ni conocimiento. Pero eso era antes; ahora, en cambio... Disculpa, es la hora de la pastilla.

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  4. Buenas. Hace un tiempo leí un ensayo titulado "The schools we need and why we don't have them", de E. D. Hirsch. Muy interesante en mi opinión. Me gustó tanto que hasta traduje una parte que hacía referencia al constructivismo. En cuanto a su reciente conversión, espero que sea transitoria y no acabe como esta otra.... Un saludo.

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    1. Por cierto, muy bueno el texto traducido. De no haberme convertido al constructivismo, claro... Ahora quizás sea demasiado tarde.
      Un saludo.

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