dilluns, 12 de gener de 2015

MOROS Y CRISTIANOS: ELPROBLEMA Y SU DOBLE NEGACIÓN (II)



Es posible que la supeditación religiosa sirviera inicialmente para vincular unos territorios tan extensos y heterogéneos como los que llegó a controlar el Califato de Damasco. Y esto será precisamente lo que se mantendrá todavía mil quinientos años después. Como estructura política, en cambio, tendrá una vida más bien efímera. Los Omeyas cederán el paso a los Abásidas, y el Califato de Damasco al de Bagdad. Y muy pronto empezará la fragmentación del inmenso imperio en cien pedazos. No serán tampoco nada ajenas a ello las  invasiones mongolas, pero eso es otra historia. Lo cierto es que como estructura política unitaria, el imperio islámico no cuajará –los reinos de taifas hispánicos son sólo una muestra en maqueta de ello-, pero sí que se mantendrá el vínculo religioso como estructurador y ordenador de la vida social. Y todos y cada uno de los distintos profetas o líderes político-religiosos que irán surgiendo, desde Saladino hasta el Mahdi del Sudán, reivindicarán la condición de príncipe de los creyentes y su descendencia directa del Profeta como fuente de legitimidad, aun desde los ámbitos geográficos más periféricos o regionales, pero con la aspiración, como imperativo hipotético, a implantar un orden islámico universal que, en su primera fase, debería alcanzar a todos los territorios musulmanes que estuvieron en su momento bajo el Califato de Damasco. ¿Le suena alguien esto en relación a hoy en día?

La fragmentación política, como no podía ser de otra manera en el contexto que estamos describiendo, irá también de la mano de las herejías que el iluminado de turno reivindicará como el auténtico mensaje del Profeta. Y es verdad también que la diáspora herética se inicia en el Islam muy pronto, con la generación siguiente a la de Mahoma. Pero siempre se dará la pretensión de globalidad como referente. También en los sucesores políticos de los árabes a la cabeza del mahometanismo: los turcos otomanos.
A algunos les parecerá tal vez que todo esto son sólo evocaciones históricas sin conexión con la realidad actual, a la cual nos ceñiremos en su momento. Y que la situación actual viene causada por razones y factores mucho más próximos e inmediatos, como los que acostumbran a esgrimirse desde el multiculturalismo y la autoculpabilización europea hoy tan en boga. No se podrá convencer ciertamente a quien no esté dispuesto a convencerse, ni se pretende. Pero hay constantes en la historia que deberían darnos algo que pensar y que nos pueden ayudar a entender el presente.
 
No deberíamos olvidar, por ejemplo, que la presión musulmana sobre Europa fue por ambos lados. Siete siglos después de Poitiers, los turcos liquidaban lo que quedaba del Imperio Bizantino y acabaron ocupando todo el cuadrante sudeste europeo. Y sólo trescientos años después, hace apenas dos siglos y medio, Viena, situada en el corazón del continente, todavía estaba asediada por los turcos. Podríamos tomar el atajo, plantarnos directamente en nuestro tiempo, y empezar con el estado islámico de Bosnia-Herzegovina, por ejemplo, o con Al-quaeda o el EI y los atentados recientes bajo la bendición de la Yihad… pero cada cosa a su tiempo. Antes todavía nos queda un cierto camino por recorrer.
(Continuará)

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