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divendres, 30 de setembre del 2016

Elogio de Josep Borrell



Me parecen muy particularmente interesantes las declaraciones que ayer realizó Josep Borrell en Antena3TV sobre la crisis en el PSOE, por dos razones. La primera por venir de quien vienen; la segunda, porque sólo unos pocos medios le han dado cobertura, lo cual nos lleva al (vergonzoso) papel que, en general, están desempeñando los medios de comunicación en relación con esta crisis.

Como digo, se trata de unas declaraciones que, aunque simples y elementales, no tienen desperdicio, por su rigor, por su objetividad analítica y por su capacidad de discriminar entre dicho análisis y su posicionamiento con respecto a los bandos en liza. Algo a lo que no estamos, desgraciadamente, muy acostumbrados a asistir. Siempre he pensado que un partido y un país que se permiten prescindir de un talento como el de Borrell, delatan con ello su mediocre naturaleza constitutiva. Tampoco mereció mayor difusión el debate que sostuvo con Oriol Junqueras en la cadena catalana 8tv –ni en Cataluña, ni en el resto de España-, en el cual le dio un auténtico repaso al líder de ERC, sometiéndole a una auténtica sesión de rigor conceptual que difícilmente olvidará, si es que se enteró de algo. Fue la solidez imponiéndose a la liquidez. Pero vayamos a sus recientes declaraciones.

Borrell conoce como nadie la capacidad conspirativa de los barones y el aparato del PSOE, no en vano lo vivió en carne propia, viéndose sometido a un auténtico mobbing por parte de los que no le perdonaban haber sido el primer candidato a la presidencia del gobierno elegido directamente en primarias por la militancia del partido, hasta que, hastiado, acabó por dimitir. Sabe, pues, muy bien de lo que está hablando.

Confiesa Borrell que es partidario de la abstención y de evitar unas terceras elecciones, y que su voto en el comité federal hubiera ido en esta dirección. Esto lo situaría, de entrada, en el bando de los golpistas. Pero va a ser que no. Porque, nos recuerda, hubo una decisión del Comité Federal en la cual se acordó –por unanimidad- votar «no» a la investidura de Rajoy, tanto en la primera como en la segunda sesión. Y Pedro Sánchez lo que ha hecho es cumplir este acuerdo. Manifiesta también que los acuerdos están para algo, a la vez que confiesa su extrañeza por el hecho de que ninguno de los «críticos» planteara la menor objeción durante esta reunión, y a los dos días airearan públicamente sus discrepancias.

Asegura, además, que los estatutos le dan la razón al secretario general. Sus afirmaciones más categóricas son que el secretario general no ha de ser el hombre de paja de ningún poder territorial y que quiere un partido fuerte, no una confederación de partidos regionales. Lanza también una puya  hacia unos dirigentes endogámicos que, nos dice, carecen del menor background intelectual y profesional. También afirma que hay que hablar con Podemos porque, dice, están ahí. Toda una declaración de principios que, sin duda alguna, caerán en saco roto.

Lo más interesante es sin duda una actitud que, desgraciadamente, brilla por su ausencia en el elenco político: la capacidad, desde la discrepancia, de distinguir entre las propias opiniones y los acuerdos colegiados. Porque hay algo que debería, como mínimo, llamarnos la atención: la realidad se interpreta de acuerdo con los intereses del bando en que se milita. Los partidarios de Sánchez coinciden en su interpretación de la legalidad estatutaria para mantenerse en el puesto de mando. A su vez, los golpistas apelan a estos mismos estatutos cuya aplicación dicen haber forzado mediante las dimisiones.
No así Borrell. Políticamente parece situarse en el bando de la abstención –algo que, por otro lado, los golpistas no se atreven a proclamar abiertamente y lo insinúan sólo entre líneas o con la boca pequeña-. Su interpretación de los estatutos, en cambio, lo sitúa en el bando de Sánchez y rechaza el modelo golpista. La verdad, no creo que Borrell tenga una gran opinión de Pedro Sánchez. Por esto, precisamente, su actitud le engrandece. Y es que, simplemente, no vale todo.

dimarts, 30 d’octubre del 2012

DE PASCAL A ORIOL JUNQUERAS, PASANDO POR FICHTE



Lo decía Josep Borrell hoy -en un artículo que no puedo reproducir porque la edición digital es de pago- a propósito del debate sobre el independentismo y aludiendo a Cataluña y a Escocia: "Ya vale de decir las cosas como no son y de considerar amenazas explícitas como son". O lo que es lo mismo, basta ya de mentiras capciosas.

Para muestra un botón. En el mismo rotativo donde aparece el artículo -edición papel- pueden verse dos noticias contradictorias que hablan sobre lo mismo. En la primera, el máximo dirigente de ERC, Oriol Junqueras, asegura que sin el déficit fiscal, la Generalitat tendría el superávit más alto de Occidente. Por cierto, luego añade que sus postulados económicos son parecidos a los de Angela Merkel. ¿Y se dice de izquierdas? ¿Sabe este tío lo que está diciendo?. En fin, mejor dejar este tema para otra entrega. En la segunda noticia, el último fichaje del PSC afirma que la independencia de Cataluña traería 15 años de bache ecónomico. Quince, eso es ni catorce ni dieciséis, sino quince. Muy bien, entendido. Parece obvio que uno de los dos está mintiendo conscientemente, porque tanta discrepancia es imposible.

O quizás no. Quiero decir que acaso el que mienta no sea consciente del carácter mendaz de sus afirmaciones. En cualquier caso, si luego las previsiones no se cumplieren, siempre hubiere algo o alguien a quien cargarle el mochuelo. Eso no es problema. Como en aquella película del inspector Clousseau, que no quiere que la chica sea la asesina, y siempre encuentra algún argumento cogido con pinzas para exculparla ante sus superiores cada vez que aparece ella junto a un cadáver recién asesinado.

La voluntad (¿O los sentimientos?) frente a la razón. Decía Pascal que el corazón conoce razones que la razón ignora, y son las que mandan, hemos de suponer. Fichte, por su parte, considera la voluntad como génesis –la libertad de la voluntad- y el conocimiento –la razón- no es sino un momento necesario del despliege de esta voluntad, en la cual reside la decisión. ¿Para qué el conocimiento entonces? ¿Para qué la razón? Simplemente, para que podamos decidir libremente. O pensarnos que es así, que añadiría un psicoanalista.

No seguiré con Fichte, simplemente diré que la versión posmoderma -ergo, ramplona- de este planteamiento es que lo que yo quiero es lo que he de conseguir porque puedo construir la realidad a mi antojo, porque tan "verdad" es mi construcción como la del "otro", y la realidad que está allí estorbando en el supuesto de que lo que yo quiera no se le ajuste –no le esté adecuado, diría el viejo Aristóteles-, pues la tergiverso y punto ¿Acaso permitiré que unos asquerosos datos empíricos den al traste con mis voliciones? Ni hablar. Además, tanto unos como otros, están convencidos de que lo que dicen es, en cada caso, lo que sus respectivas parroquias quieren oir. Es como decidir qué es verdad por referendum.

¿Y lo que dice Borrel de “las cosas como son”? ¿Qué significa desde estos planteamientos? Nada, residuos de racionalismo insolente y antisentimental, presuntuoso y demodé; propio de trasnochados que no saben que la razón crea monstruos. Por lo visto, la sinrazón no los crea.
Y así nos va. Que Dios nos pille confesados.